El Bastión de Ojotsk: por qué Moscú no devolverá las Kuriles -y por qué Tokio no puede cesar en su reclamo
El pasado 13 de agosto, el presidente ruso Vladímir Putin pisó por primera vez la isla de Iturup y recorrió una planta procesadora de pescado, un hospital y una escuela. Siete días más tarde, la Flota del Pacífico ejecutó su principal ejercicio operativo del año en las aguas circundantes...
Síntesis ejecutiva
El pasado 13 de agosto, el presidente ruso Vladímir Putin pisó por primera vez la isla de Iturup y recorrió una planta procesadora de pescado, un hospital y una escuela. Siete días más tarde, la Flota del Pacífico ejecutó su principal ejercicio operativo del año en las aguas circundantes, con la participación de más de trece mil efectivos y el lanzamiento de un vector Oniks desde la batería costera emplazada en esa misma isla. Tokio emitió una airada protesta; Moscú convocó a su embajador... para replicar a la protesta. La disputa que impidió la firma de un tratado de paz durante ochenta y un años regresó al centro de la agenda internacional.
Antecedentes: la anomalía jurídica de 1945
Las fuerzas soviéticas ocuparon el archipiélago en los días finales de la Segunda Guerra Mundial, con posterioridad a la capitulación japonesa. Sobre ese hecho consumado, se edificaron dos interpretaciones jurídicas irreconciliables que persisten intactas.
El Tratado de San Francisco de 1951 estableció que Japón renunciaba a todo derecho, título y reclamo sobre las islas Kuriles. Dos precisiones vuelven insuficiente esa renuncia como solución del conflicto. La primera: el instrumento no reconoció la soberanía soviética sobre el territorio, de modo que renunció a un título sin adjudicarlo. La segunda, y decisiva desde la posición japonesa: la Unión Soviética no suscribió aquel tratado, circunstancia que Tokio invoca para sostener que Moscú no puede ampararse en un instrumento del que no es parte. A ello, Japón añade que las cuatro islas meridionales que reclama —Iturup, Kunashir, Shikotan y el grupo Habomai, denominadas Etorofu, Kunashiri, Shikotan y Habomai en su nomenclatura— no integran las Kuriles en el sentido empleado por el tratado.
La Declaración Conjunta de 1956 puso fin al estado de guerra, y contempló la transferencia de Shikotan y del grupo Habomai una vez concluido un tratado de paz. Ese tratado jamás se firmó, y la fórmula de 1956 quedó como el único texto que ambas partes reconocen y que ninguna ha ejecutado.
La posición rusa se apoya en la formulación que el vicecanciller Mijaíl Galuzin transmitió al embajador nipón en agosto: estos territorios pasaron a su país como resultado de la Segunda Guerra Mundial, extremo consagrado en los acuerdos pertinentes de las potencias aliadas y en la Carta de las Naciones Unidas. La conclusión que extrae es que la soberanía y la jurisdicción rusas sobre las Kuriles meridionales resultan absolutamente inquebrantables.
Por qué el expediente recuperó centralidad
La reactivación mediática obedece a una secuencia concentrada en tres semanas, y su lectura exige atender al calendario.
El 13 de agosto, Putin visitó Iturup: se trató del primer presidente ruso en hacerlo y apenas el segundo dirigente del país tras el periplo de Dmitri Medvédev en 2010. La primer ministro japonesa, Sanae Takaichi, calificó la visita de absolutamente inaceptable e incompatible con la posición nacional; el canciller Toshimitsu Motegi consignó que los Territorios del Norte constituyen territorio inherente del Japón desde la perspectiva histórica y del derecho internacional. El 18 de agosto, la cancillería rusa convocó al embajador Akira Muto para refutar formalmente aquellas declaraciones.
El 20 de agosto, llegó la respuesta militar. La Flota del Pacífico ejecutó su principal ejercicio operativo y de adiestramiento del año, con más de trece mil efectivos, alrededor de sesenta buques de superficie y submarinos y unas treinta aeronaves, helicópteros y vehículos no tripulados desplegados sobre el mar del Japón, el mar de Ojotsk y el Pacífico noroccidental. El componente cinético incluyó dos misiles antinavío Vulkan lanzados desde el crucero Variag, un Granit desde el submarino nuclear Omsk y misiles Oniks disparados por la batería costera Bastión emplazada en Iturup, que alcanzaron un blanco situado a ciento sesenta millas náuticas.
La cronología de la visita merece registro propio: se produjo dos días antes del octogésimo primer aniversario de la capitulación japonesa, un día después de que Corea del Norte lanzara un misil hacia el mar del Japón y en la antesala de los ejercicios conjuntos entre Corea del Sur y los Estados Unidos de América. La superposición admite la lectura de una presión coordinada sobre el entorno estratégico japonés.
A ello se agregan dos factores explicativos que la cobertura suele omitir. El primero gana tracción en la política interna rusa: el episodio se inscribe en un registro patriótico-nacionalista dirigido al electorado ante la proximidad de elecciones legislativas. El segundo es de reconfiguración regional: el estrechamiento del eje que integran Moscú, Pekín y Pyongyang reduce el costo diplomático de presionar a Tokio, y la ejercitación naval conjunta ruso-china de 2026 operó en aguas próximas al archipiélago.
La ecuación rusa: la soberanía como forma jurídica de un bastión
Aquí, se torna lícito formular la tesis central del informe. En la perspectiva Moscú, el valor del archipiélago es primordialmente militar, y su naturaleza específica se comprende mal cuando se la describe en términos territoriales.
El mar de Ojotsk constituye el bastión donde patrullan los submarinos nucleares lanzamisiles balísticos de la Flota del Pacífico. Un bastión es un espacio marítimo cerrado y defendido donde una potencia mantiene su capacidad de segundo golpe a salvo de la detección y la persecución adversarias. Las Kuriles dan forma a la barrera natural que controla los accesos a ese espacio: quien domina el arco insular determina qué entra y qué sale del santuario.
La geografía suma un elemento decisivo. El estrecho que separa Kunashir de Iturup no se congela, lo que otorga a la flota con base en Vladivostok acceso al Pacífico durante todo el año. El estrecho de La Pérouse, en el extremo opuesto, constituye el punto de estrangulamiento de la ruta que une Vladivostok con las bases submarinas de Rybachi y Viliuchinsk, en la bahía de Avacha, en Kamchatka, y con las aguas abiertas del Pacífico Norte adyacentes a Alaska.
La militarización posterior a 2016 responde a esa lógica y resulta documentable. En 2017, se desplegó un batallón de misiles antinavío Bastión en Iturup y otro de sistemas Bal en Kunashir, seguidos de una intensa actividad de construcción que incluyó cuarteles para unos tres mil quinientos efectivos de la 18.ª División de Artillería y Ametralladoras. En diciembre de 2020, incorporóse una batería de defensa antiaérea S-300 en Iturup. Las autoridades japonesas advirtieron que el misil supersónico P-800 Oniks que dispara el sistema Bastión amenaza buena parte de Hokkaido, en tanto permite interceptar buques en amplios tramos de sus aguas costeras.
A la función de negación de área se suma la proyección ártica: el archipiélago opera como plataforma de salida hacia la Ruta Marítima del Norte y otorga capacidad de vigilancia sobre el tráfico que accede al Ártico, corredor cuya viabilidad comercial se amplía con el retroceso del hielo marino.
La ecuación japonesa: derecho, identidad y metal crítico
La posición de Tokio combina tres dimensiones de naturaleza distinta, y su fuerza relativa se ha desplazado con el tiempo.
La primera es jurídica y opera como doctrina de Estado: la calificación de territorio inherente sostiene que la soberanía japonesa nunca se extinguió válidamente, argumento que se apoya en la no adhesión soviética al tratado de 1951 y en la interpretación restrictiva del término empleado en aquel instrumento.
La segunda es -como en el caso ruso- de política interna, y ningún gobierno puede desatenderla. La cuestión posee un componente identitario consolidado durante ocho décadas, con antiguos residentes y sus descendientes organizados y una conmemoración anual instituida. Un primer ministro que abandonara formalmente el reclamo asumiría un costo político difícilmente reparable, circunstancia que reduce de manera drástica el margen de negociación japonés con independencia de la conveniencia estratégica.
La tercera es económica y, a nuestro juicio, la más subestimada. Además de sus recursos pesqueros, el volcán Kudriavy, en Iturup, alberga el único yacimiento de renio puro conocido del planeta. En el resto del mundo ese metal se obtiene como subproducto costoso de la minería de cobre y molibdeno pórfido; su producción anual global se cuenta en unas pocas decenas de toneladas y resulta indispensable para los álabes de turbina de motores aeronáuticos de alta prestación, incluidos los que equipan aviones de combate. Medios estatales rusos anunciaron en 2025 el inicio de la extracción de renio y otros metales raros en el archipiélago dentro de un plazo de veinticuatro meses.
El archipiélago alberga alrededor de veinte mil habitantes, cifra que conviene retener: la disputa involucra una población menor que la de una ciudad intermedia, y una densidad de intereses estratégicos difícilmente comparable.
Conclusiones operativas
Del análisis precedente, cabe extraer cuatro proposiciones que difieren de la caracterización corriente.
La primera concierne a la naturaleza del objeto en disputa. Japón solicita la restitución de un territorio; Rusia es requerida a ceder el control de un punto de estrangulamiento marítimo (chokepoint) que resguarda su capacidad de disuasión nuclear en el Pacífico. Se trata de órdenes de concesión radicalmente distintos, y toda negociación planteada en el lenguaje de la devolución de islas mensura erróneamente el precio. Esa asimetría explica el fracaso reiterado de las tratativas mejor que cualquier atribución de intransigencia.
La segunda explica por qué naufragó la fórmula de 1956, reactivada durante la última década. Shikotan y el grupo Habomai son precisamente las islas de menor valor estratégico del conjunto; Iturup y Kunashir, las que flanquean el estrecho que permanece libre de hielo. La insistencia japonesa en las cuatro islas equivale a la insistencia en las dos que Moscú no puede entregar sin comprometer el bastión. La incompatibilidad es geográfica antes que política, y ninguna mejora del clima bilateral la disuelve.
La tercera se refiere al momentum. Ninguno de los tres factores que reactivaron el expediente guarda relación con las islas: la política interna rusa en vísperas electorales, la reconfiguración del alineamiento en Asia nororiental y el rearme japonés bajo la conducción actual. La disputa funciona como instrumento disponible para señalizar en otros expedientes, condición que la vuelve recurrente y de baja probabilidad de resolución.
La cuarta es prospectiva y sugiere qué conviene monitorear. El indicador relevante no es el estatuto jurídico, que permanecerá congelado, y sí la naturaleza de los sistemas desplegados. Mientras las capacidades emplazadas correspondan a negación de área o area denial —artillería costera antinavío, defensa aérea de punto—, el archipiélago cumplimenta con la función defensiva que Moscú declara. La incorporación de sistemas cuyo alcance exceda ese requisito convertiría un litigio jurídico en una crisis de seguridad, y ése es el umbral que Tokio vigila.
Añadimos una observación sobre el factor de recursos, que a nuestro criterio ganará peso. El control monopólico de un yacimiento puro de un metal cuya producción mundial se cuenta por decenas de toneladas y resulta insustituible en la aeronáutica de alta prestación constituye una palanca de cadena de suministro cuyo valor aumenta, en la medida exacta en que ambos contendientes expanden sus industrias de defensa. Una disputa congelada durante ocho décadas por razones históricas incorpora, de esta manera, un componente de competencia por recursos críticos, y las competencias por recursos rara vez permanecen congeladas.
Para el lector latinoamericano, la relevancia opera en dos planos. El inmediato concierne a las cadenas de suministro de minerales estratégicos, terreno donde nuestra región aspira a posicionarse y donde cada monopolio adicional reconfigura precios y alineamientos.
El estructural concierne a la Ruta Marítima del Norte: su consolidación comercial alteraría los flujos que hoy transitan por los canales interoceánicos tradicionales, con efectos sobre la posición relativa de los puertos del hemisferio.
Es Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Publicidad. Es Editor y Director de El Ojo Digital desde 2005.