Doctrina del Primer Golpe: Teherán anuncia lo que ya practicaba y suprime el valor de las pausas
El viernes 4 de septiembre, el vocero del Ejército iraní declaró en televisión estatal que la doctrina militar del país se ha desplazado hacia las operaciones preventivas. La declaración cierra un ciclo de dos semanas que comenzó con un ataque estadounidense sobre la isla de Larak...
El viernes 4 de septiembre, el vocero del Ejército iraní declaró en televisión estatal que la doctrina militar del país se ha desplazado hacia las operaciones preventivas. La declaración cierra un ciclo de dos semanas que comenzó con un ataque estadounidense sobre la isla de Larak, continuó con represalias iraníes contra bases en cuatro países del Golfo y derivó en una disputa pública sobre si dos petroleros fueron alcanzados por minas en el Estrecho de Ormuz.
La secuencia de las últimas dos semanas
El ciclo se reactivó el domingo 30 de agosto por la noche, cuando fuerzas estadounidenses atacaron objetivos de la IRGC en la isla de Larak, provincia de Hormozgán. El Comando Central estadounidense caracterizó la acción como respuesta a una amenaza inminente, alegando que efectivos iraníes preparaban el lanzamiento de cohetes portadores de minas marinas hacia el Estrecho de Ormuz. Las autoridades iraníes informaron inicialmente dos muertos; la cifra ascendió a tres tras el fallecimiento de un herido, según la agencia vinculada a esa fuerza.
El episodio constituyó el primer intercambio directo entre ambos países en aproximadamente un mes, y se produjo después de un período en el cual Washington había privilegiado la presión económica, el bloqueo naval y las sanciones adicionales, bajo la designación de una jornada económica decisiva contra los sostenes financieros de Teherán.
El 1 de septiembre, nuevos ataques estadounidenses alcanzaron objetivos costeros iraníes. El 2, fuerzas iraníes golpearon bases norteamericanas en Kuwait, Jordania, Baréin e Irak. Ese mismo día, la IRGC afirmó que dos petroleros habían impactado minas navales al intentar transitar el Estrecho, quedando inutilizados y con sus tripulaciones desembarcadas tras ignorar advertencias sobre una ruta ilegal. El Comando Central desmintió la versión de manera categórica, sosteniendo que ninguna embarcación había impactado minas y calificando la afirmación como un intento de intimidar al transporte comercial regional mediante acciones de desinformación.
El seguimiento del Critical Threats Project registró un elemento técnico relevante: los ataques iraníes en Kuwait y en los Emiratos no sucedieron de manera inmediata a golpes estadounidenses adicionales, lo que representa una desviación respecto del patrón de respuesta observado durante esta fase de la guerra.
El anuncio doctrinario y su contenido efectivo
El viernes 4, el vocero del Ejército iraní, general de brigada Mohammad Akraminia, declaró en televisión estatal que su país ha modificado su doctrina militar hacia las operaciones preventivas, proceso que describió como gradual y que situó en curso desde la guerra de doce días de junio de 2025. Sostuvo que las fuerzas iraníes respondieron al último ataque estadounidense en minutos, y no en horas.
Añadió dos precisiones de contenido operativo. La primera: los sistemas de defensa aérea estadounidenses desplegados en la región habrían sufrido daños, circunstancia que facilitaría alcanzar objetivos israelíes. La segunda, formulada como advertencia: ante un ataque israelí, la respuesta sería más rápida y más contundente que en oportunidades anteriores. Caracterizó, además, al primer ministro israelí como ocupado en su calendario electoral, y a sus declaraciones, como orientadas al consumo interno.
Conviene establecer qué es novedoso en ese anuncio y qué no lo es. La práctica precede a la declaración: el mismo vocero había señalado el 26 de agosto que una de las doctrinas más recientes de fijación de blancos comprende ataques preventivos contra activos militares estadounidenses, y citó como ejemplo la ofensiva sorpresiva ejecutada el 28 de julio contra fuerzas norteamericanas en Jordania, producida tras una pausa de cuatro días observada por ambas partes. El análisis del momento estimó que el régimen probablemente calculó que infligir bajas o daños durante una interrupción podía degradar la voluntad estadounidense de sostener el conflicto.
Lo genuinamente nuevo es la supresión de la ambigüedad. Teherán siempre estuvo en condiciones materiales de golpear primero; declararlo públicamente modifica las premisas de planeamiento del adversario, sin agregar una sola capacidad.
Lo que se destruye: la función desescalatoria de la pausa
Aquí residiría la consecuencia más grave del anuncio, y la cobertura la ha tratado como una cuestión meramente retórica.
Durante los seis meses de conflicto, ambas partes desarrollaron un mecanismo tácito de administración de la intensidad basado en la pausa. Una interrupción de los ataques operaba simultáneamente como señal de disposición negociadora, como período de reconstitución logística y como oportunidad para que la mediación regional trabajara. Su valor descansaba en una premisa compartida: durante la pausa, no se golpea.
La doctrina preventiva anunciada elimina esa premisa. Si el adversario puede atacar en cualquier momento, y explícitamente considera que hacerlo durante una interrupción incrementa el rendimiento del golpe, entonces toda pausa deja de constituir un respiro, pasando a constituir una ventana de vulnerabilidad. La consecuencia práctica es que ninguna de las dos partes podrá ya reducir su postura sin asumir riesgo, lo que instala un piso permanente de alerta y encarece de modo considerable cualquier intento de desescalada.
El efecto de segundo orden concierne a la mediación. Los canales de Doha, Islamabad y Muscat operaban en los intervalos. Suprimida la confiabilidad del intervalo, el mediador pierde el espacio temporal donde ejercía su función. La declaración del viernes perjudica a la arquitectura diplomática con mayor eficacia que cualquier ataque cinético de las últimas semanas.
La guerra informativa sobre Ormuz
La disputa sobre el estado físico del Estrecho merece registro propio, porque su naturaleza es estratégica antes que anecdótica.
Las posiciones son incompatibles, y ambas provienen de fuentes oficiales. El presidente estadounidense afirmó disponer de un control casi total sobre el paso, sostuvo que la economía iraní se derrumba y describió al adversario como agotando lo inevitable, agregando que no procura forzarlo a la mesa de negociación. Del lado iraní, el secretario del Consejo de Discernimiento insistió en que el Estrecho permanece cerrado y advirtió que, de sumarse los países vecinos a la guerra económica, ninguna gota de petróleo saldría del Golfo Pérsico. Sobre los dos petroleros, la IRGC afirma haberlos inutilizado, y el Comando Central niega el hecho.
La consecuencia analítica excede a la determinación de cuál versión es exacta. Cuando dos beligerantes disputan públicamente el estado físico de una vía por la que transita alrededor de la quinta parte del comercio petrolero mundial, el mercado deja de fijar precios sobre hechos y comienza a fijarlos sobre incertidumbre. Y la incertidumbre resulta más onerosa que cualquiera de las dos afirmaciones tomada por verdadera: un estrecho cerrado permite planificar rutas alternativas, y un estrecho abierto permite transitarlo, mientras un estrecho de estado indeterminado obliga a asegurar contra ambos escenarios simultáneamente.
Corresponde consignar además, con la cautela que impone una fuente única, que una investigación del matutino Financial Times sostuvo que la Federación Rusa asiste de manera reservada en el desarrollo iraní de misiles crucero supersónicos avanzados, con capacidad de amenazar portaaviones y buques de guerra estadounidenses en la región. De verificarse, el dato alteraría la ecuación naval del teatro.
La ecuación de agotamiento y el error simétrico de cálculo
Seis meses de campaña permiten evaluar las premisas con las que cada parte ingresó al conflicto, y el resultado es desfavorable para ambas.
Washington proyectó una operación de cinco semanas. Transcurrido más de un semestre, dispone de capacidad para infligir daño y carece de capacidad para traducir esa presión en el fin de las hostilidades. La declaración del secretario del Tesoro, según la cual la aplicación de presión económica máxima vuelve improbable el reinicio de ataques de gran escala, revela una preferencia interna en pos de sustituir el instrumento cinético por el financiero. Teherán lee esa preferencia como indicio de fatiga, y de allí extrae el incentivo para elevar el costo cinético en lugar de reducirlo.
La apuesta iraní descansa en una premisa complementaria: que el desgaste doméstico estadounidense, en un año de elecciones de medio término, producirá el repliegue antes de que el colapso económico interno produzca la capitulación. La apuesta estadounidense descansa en la premisa inversa.
Ambas lecturas no pueden ser simultáneamente correctas, y nada impide que ambas resulten equivocadas. Esa es la definición precisa de una guerra de agotamiento (atrition warfare) sin punto de convergencia: dos actores que persisten porque cada uno estima que el tiempo trabaja a su favor, y cuya persistencia conjunta es lo que impide que el tiempo favorezca a alguno.
El vector que los analistas hacen a un lado
Una declaración de la semana pasada, formulada por el presidente del Parlamento iraní y jefe negociador, Mohammad Bagher Ghalibaf, merece atención superior a la que recibió. Sostuvo que países vecinos han remitido numerosos mensajes en torno a la confección de nuevos arreglos regionales de seguridad y cooperación económica, imputó a Washington haber puesto en riesgo la seguridad de todos sus aliados, y afirmó que un orden autóctono e independiente es lo que efectivamente entregará paz y seguridad.
Esa formulación describe una apuesta de largo alcance, la cual exige convertir la guerra en el catalizador de un reordenamiento de seguridad regional que excluya a los Estados Unidos. Y converge de manera notable con el proceso que este medio analizó semanas atrás a propósito del acuerdo de defensa conjunta suscripto en La Meca por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, cuya motivación documentada fue, precisamente, la erosión de la confianza en los mecanismos de garantía de seguridad estadounidenses.
Los Estados del Golfo reciben así, de manera simultánea, amenazas iraníes sobre sus instalaciones e invitaciones iraníes a construir una arquitectura alternativa. La combinación no es contradictoria: constituye la aplicación clásica de coerción y oferta sobre el mismo destinatario. Su eficacia dependerá de una variable que Teherán no controla y Washington sí: la percepción regional sobre la disposición estadounidense a permanecer.
Una conclusión asequible consignaría que el desenlace del conflicto se decidirá menos en el intercambio de misiles que en esa evaluación. Una campaña que se prolonga seis meses más allá de lo previsto, con el Estrecho en estado disputado y los aliados regionales explorando seguros alternativos, produce un resultado estratégico adverso con independencia del balance táctico de cada jornada. Y la doctrina anunciada el viernes, al eliminar el valor de las pausas, retira del tablero el único instrumento que permitía interrumpir esa deriva sin que ninguna de las partes reconociera derrota.