Las Delicias: treinta años después del último cartucho
“La verdadera tragedia continúa tres décadas más tarde en el abandono de los sobrevivientes, en la deuda moral del Estado con quienes combatieron y en el progresivo olvido.”
“La verdadera tragedia continúa tres décadas más tarde en el abandono de los sobrevivientes, en la deuda moral del Estado con quienes combatieron y en el progresivo olvido.”
Hay tragedias que ocurren una sola vez. Y hay tragedias que se repiten todos los días.
La toma de la base militar de Las Delicias, en Putumayo, ocurrió entre el 30 y el 31 de agosto de 1996. Duró apenas unas horas. Sin embargo, para decenas de familias colombianas, para los soldados que regresaron del cautiverio y para quienes nunca volvieron a casa, aquella noche todavía no termina.
Treinta años después, Colombia sigue hablando de procesos de paz, de justicia transicional, de reconciliación y de memoria. Pero cuando se mira hacia Las Delicias, resulta imposible no preguntarse si hemos construido una memoria completa o una memoria parcial; una memoria que recuerda algunos dolores y olvida otros.
Porque, en medio de los debates políticos, de los acuerdos, de las interpretaciones históricas y de las narrativas oficiales, permanecen allí, silenciosos, los nombres de veintisiete soldados asesinados y de sesenta militares secuestrados por las FARC tras uno de los ataques más devastadores perpetrados contra el Ejército Nacional.
Y también permanece una pregunta incómoda: ¿quién recuerda hoy a quienes resistieron hasta el último cartucho?
La tragedia de Las Delicias no terminó con el fin del combate ni con la liberación de los secuestrados 288 días después. La verdadera tragedia continúa tres décadas más tarde en el abandono de los sobrevivientes, en la deuda moral del Estado con quienes combatieron y en el progresivo olvido de unos hombres que, más allá de cualquier consideración política, cumplieron con su deber hasta las últimas consecuencias.
La noche en que la República dejó solos a sus hombres
Las Delicias representa uno de los momentos más dolorosos de la historia reciente de Colombia porque expuso simultáneamente dos realidades devastadoras.
La primera fue la brutalidad del conflicto.
Cerca de quinientos guerrilleros de las FARC atacaron una base defendida por poco más de un centenar de militares. El resultado fue devastador: veintisiete soldados muertos, decenas de heridos y sesenta uniformados secuestrados. La operación había sido planeada durante meses mediante infiltraciones y acciones de inteligencia previa. No fue un hecho improvisado. Se trató, en rigor, de una acción terrorista cuidadosamente diseñada para golpear al Estado colombiano donde parecía más vulnerable.
La segunda realidad fue aún más dolorosa: la fragilidad institucional de la época.
Las Delicias no cayó únicamente por la fuerza de los atacantes. Cayó también porque Colombia tenía enormes zonas del territorio donde la presencia estatal era precaria, donde las comunicaciones eran deficientes, donde los refuerzos tardaban horas imposibles y donde quienes portaban el uniforme de la República quedaban, con frecuencia, librados a su propia suerte.
Aquella noche no solo fue atacada una base militar. Fue atacada la capacidad misma del Estado para proteger a sus hombres.
Y cuando los refuerzos no llegaron a tiempo, cuando las comunicaciones fallaron, cuando el apoyo resultó insuficiente, muchos de esos soldados comprendieron que estaban solos.
Completamente solos.
En medio de aquella oscuridad emerge la figura de un hombre cuyo nombre debería ocupar un lugar permanente en la memoria nacional: el Capitán Orlando Mazo Gamboa.
Mientras el fuego consumía la base y la situación se tornaba desesperada, continuó recorriendo las trincheras, reorganizando a sus hombres, distribuyendo munición, alentando la resistencia y liderando personalmente la defensa. Los testimonios reconstruidos durante años coinciden en presentarlo como un oficial que no abandonó a sus soldados ni un solo instante. Continuó combatiendo hasta quedar herido y, aun entonces, siguió intentando sostener la resistencia.
Existen hombres que ejercen el mando.
Y existen hombres que inspiran; el Capitán Mazo pertenecía a los segundos.
Quizá por eso su historia sigue conmoviendo tres décadas después.
Cuando terminó el combate, comenzó otra guerra
Pero las Delicias no terminó con la caída de la base.
Para sesenta soldados comenzó entonces otra batalla: la del cautiverio.
Durante 288 días caminaron por la selva, soportaron enfermedades, incertidumbres y la angustia de no saber si volverían a ver a sus familias. El libro De las Delicias al infierno: 288 días en poder de las Farc, del periodista José Fernando Hoyos, documentó ese tránsito desde el combate hasta el sufrimiento silencioso del secuestro.
Sin embargo, quizá la pregunta más dolorosa sea otra.
¿Qué ocurrió después?
Treinta años más tarde, varios sobrevivientes continúan reclamando atención integral, apoyo psicológico y reconocimiento efectivo como víctimas del conflicto. Organizaciones de víctimas han insistido ante la JEP en que muchos de ellos cargan todavía con secuelas del cautiverio y de la guerra sin haber recibido la atención suficiente por parte del Estado.
Y, entonces, emerge una paradoja imposible de ignorar.
Mientras Colombia ha dedicado años de esfuerzos institucionales, jurídicos y políticos a procesar la historia de las FARC, muchos de los hombres que padecieron directamente aquella barbarie continúan luchando por ser escuchados.
No se trata de negar procesos de paz ni de desconocer esfuerzos de reconciliación.
Se trata de recordar que la paz también tiene obligaciones con las víctimas.
Todas las víctimas.
Incluso aquellas que vestían uniforme.
Porque pertenecer a la Fuerza Pública jamás puede significar perder la condición de víctima cuando se ha sufrido secuestro, tortura psicológica, violencia o abandono.
La memoria nacional corre, a veces, el riesgo de convertirse en una selección interesada de recuerdos. Se exaltan unas historias y se silencian otras. Se nombran unos sufrimientos y se relegan otros.
Las Delicias nos obliga a rechazar esa tentación.
Nos obliga a mirar de frente el dolor de unas madres que esperaron durante meses el regreso de sus hijos. Nos obliga a recordar a quienes murieron defendiendo la bandera que juraron proteger. Y nos obliga a escuchar a quienes sobrevivieron para cargar durante treinta años con heridas que nadie ve.
La última trinchera es la Memoria
Treinta años después, el verdadero homenaje a Las Delicias no consiste únicamente en depositar una ofrenda floral o en realizar una ceremonia protocolaria.
Consiste en negarnos al olvido.
Consiste en reconocer que aquellos soldados no fueron una cifra dentro de un informe ni una nota al pie de página en la historia del conflicto.
Eran hijos.
Eran padres.
Eran hermanos.
Eran colombianos.
Y fueron enviados a defender una nación que no siempre estuvo a la altura del sacrificio que les exigió.
Las Delicias debe permanecer en la memoria de Colombia no como el recuerdo de una derrota militar, sino como el símbolo del valor de quienes resistieron cuando todo parecía perdido.
Porque los héroes no son inmortales.
La memoria sí puede serlo.
Y mientras exista una voz dispuesta a contar su historia, mientras exista una familia que pronuncie sus nombres y mientras exista un país capaz de reconocer su sacrificio, los hombres de Las Delicias jamás habrán sido derrotados.
Jamás habrán sido olvidados.
Dedicatoria del autor
A los soldados de Las Delicias:
a quienes murieron cumpliendo con su deber,
a quienes regresaron del cautiverio cargando heridas visibles e invisibles,
y a las familias que nunca dejaron de esperar.
Que el país no permita que sus nombres se pierdan en el ruido de la historia.
Porque recordar también es una forma de justicia.
Fotografía que acompaña al texto: adaptación digital del original, tomada por el Subteniente Manuel Antonio Ayala Traslaviña - album familia Gomez Ospina
Ríos es Politólogo Internacionalista de la Universidad Militar Nueva Granada, Profesional en Ciencias Militares de la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova, y Administrador de Empresas; magister en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra- Colombia, en 'Estrategia y Geopolítica'. Es analista político, docente y columnista en el periódico El Quindiano (Armenia, Colombia) y en El Ojo Digital. Es Oficial en Retiro del Ejército Nacional de Colombia.