Descentralización y geopolítica: el mensaje de Estado que Colombia envía desde Santiago de Cali
“La histórica posesión presidencial en la capital del Valle del Cauca trasciende el protocolo. Simboliza la recuperación territorial, el fortalecimiento institucional en las regiones y el reconocimiento estratégico del Pacífico colombiano como escenario decisivo para el futuro del país.”
En política, los símbolos importan porque anticipan prioridades. La posesión presidencial de Abelardo De La Espriella en Cali, y no en Bogotá, es mucho más que una novedad protocolaria: es una declaración de principios sobre cómo el nuevo gobierno pretende relacionarse con el territorio nacional. Por primera vez, el acto de transmisión del poder abandona el centro político tradicional y se instala en una región que concentra algunos de los mayores desafíos y, a la vez, de las mayores oportunidades estratégicas de Colombia.
La elección ocurre en un contexto marcado por el crimen organizado, atentados en el suroccidente y disputas por corredores del narcotráfico. Precisamente por ello, adquiere dimensión geopolítica. Los Estados no envían sus mensajes más importantes desde donde todo funciona, sino desde los territorios donde resulta indispensable reafirmar presencia, legitimidad y capacidad institucional. Cali, el Valle del Cauca y el Pacífico colombiano son hoy uno de esos espacios decisivos.
No se trata solo de una ceremonia. Se pone a prueba una visión de país que traslada el centro de gravedad hacia las regiones, reconoce el valor estratégico del Pacífico y reivindica que la seguridad, el desarrollo y la integración territorial comienzan cuando el Estado está presente donde más se le necesita.
Durante décadas, el centralismo concentró decisiones en Bogotá mientras los mayores desafíos estratégicos ocurrían en las periferias. El Pacífico, el Catatumbo, la Amazonía o el Cauca han sido escenarios de disputa frente a economías ilegales y grupos armados. Resulta paradójico que las regiones que más aportan a la seguridad, al comercio exterior y a la conectividad internacional hayan permanecido alejadas del centro de las grandes decisiones. La posesión en Cali reivindica el papel de las regiones y se presenta como inicio de una política de descentralización e institucionalidad fuera de la capital.
Cali no es solo la tercera ciudad del país: es el principal nodo urbano del Pacífico, puerta de entrada a Buenaventura (por donde circula buena parte del comercio exterior) y punto de conexión entre Valle del Cauca, Cauca y Nariño, territorios donde convergen conflictos asociados al narcotráfico y a corredores estratégicos. El Estado no lleva la ceremonia a una región tranquila; la desplaza a uno de los territorios donde la presencia institucional enfrenta mayores retos.
Quienes cuestionan la decisión por la situación de seguridad podrían, desde una perspectiva geopolítica, sostener exactamente lo contrario. Los Estados fortalecen su legitimidad cuando manifiestan presencia donde existen desafíos reales a la autoridad. Las autoridades han desplegado más de 11.000 integrantes de la Fuerza Pública, esquemas extraordinarios de seguridad y coordinación hospitalaria entre Valle, Cauca, Cali y Buenaventura. Las alertas sobre posibles acciones terroristas recuerdan las amenazas, pero la respuesta institucional no ha sido replegarse: ha sido avanzar.
En el siglo XXI, mientras el eje económico mundial se desplaza hacia Asia-Pacífico, el litoral colombiano se convierte en plataforma clave para la inserción internacional. Hablar del Valle del Cauca, Buenaventura y la región Pacífica es hablar de comercio global, conectividad y competitividad. Que la posesión reúna delegaciones internacionales en Cali convierte a la ciudad, durante unas horas, en vitrina política, económica y diplomática de Colombia.
Las regiones no necesitan más discursos sobre su importancia; necesitan decisiones concretas que las sitúen en el centro de la agenda. La descentralización se mide por símbolos, inversiones, presencia institucional y capacidad de ejecución. Una ceremonia no resolverá de inmediato los problemas históricos del Pacífico asociados al narcotráfico y la violencia; el simbolismo por sí solo no basta. Pero tampoco debe subestimarse: los símbolos construyen narrativas y las narrativas orientan prioridades.
La historia de los Estados se escribe en las decisiones que desafían inercias. Durante más de dos siglos Colombia construyó una institucionalidad centralizada mientras sus desafíos estratégicos se desarrollaban lejos de los centros de decisión. Hoy, por primera vez, el país político se desplaza hacia uno de los territorios donde se juega una parte fundamental de su futuro. Como advertía Halford Mackinder, la capacidad de un Estado para proyectar poder depende de su habilidad para integrar sus espacios estratégicos. En Colombia, esos cuadrantes ya no están solo en el altiplano andino, sino también en el Pacífico, sus puertos y corredores logísticos.
El 7 de agosto no solo cambiará un gobierno: pondrá a prueba una idea de Estado. La verdadera trascendencia no se medirá por la magnitud de la ceremonia, sino por la capacidad de convertir este símbolo en una agenda permanente de inversiones, seguridad, infraestructura y oportunidades para el Pacífico. Cali no puede ser el escenario de un día histórico y, al mismo tiempo, el recuerdo de una oportunidad perdida. Las ciudades capitales administran el presente; las regiones estratégicas definen el futuro. Colombia, por primera vez en su historia republicana, ha decidido enviar ese mensaje desde Santiago de Cali.
Ríos es Politólogo Internacionalista de la Universidad Militar Nueva Granada, Profesional en Ciencias Militares de la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova, y Administrador de Empresas; magister en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra- Colombia, en 'Estrategia y Geopolítica'. Es analista político, docente y columnista en el periódico El Quindiano (Armenia, Colombia) y en El Ojo Digital. Es Oficial en Retiro del Ejército Nacional de Colombia.