MUNDO: MATIAS E. RUIZ

Escudo de las Américas: Trump, los cárteles y la nueva arquitectura de seguridad hemisférica sin Brasil ni México

Quince gobiernos, el de la Argentina entre ellos, se comprometieron en Nueva York a tratar a 24 organizaciones criminales como amenaza común, con congelamiento de activos, restricciones de visados y cargos penales.

Jueves, 24 de Septiembre de 2026
Donald Trump, Shield of the Americas, Escudo de las Américas, Seguridad internacional, Matías E. Ruiz


Quince gobiernos, el de la Argentina entre ellos, se comprometieron en Nueva York a tratar a 24 organizaciones criminales como amenaza común, con congelamiento de activos, restricciones de visados y cargos penales. Nueve días antes, Washington había levantado la calificación de Venezuela como país que "falla de manera demostrable" en el combate antidrogas —por primera vez desde 2005—, tras rubricar con Caracas un acuerdo petrolero de horizonte centenario. Certificación, listas terroristas y concesiones energéticas ya operan como piezas de un mismo tablero.


El 22 de septiembre de 2026, en los márgenes de la 81a. Asamblea General de Naciones Unidas, Donald Trump reunió a jefes de Estado y cancilleres del Escudo de las Américas (Shield of the Americas), la coalición hemisférica contra el crimen organizado que Washington lanzara en marzo. El presidente estadounidense solicitó a sus socios designar formalmente a los "narcoterroristas" como amenaza común a la estabilidad, y aplicar sanciones severas contra 24 organizaciones que su administración ya cataloga como terroristas; comparó a los cárteles con el Estado Islámico y prometió emplear contra ellos un poderío militar sin parangón. Horas después, los quince gobiernos firmantes —los Estados Unidos, la Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú y Trinidad y Tobago— difundieron una declaración conjunta que anticipa congelamientos de activos, restricciones de visado y persecución penal contra integrantes y facilitadores de esos grupos.

La escena admite dos lecturas. La protocolar registra una fotografía familiar entre gobiernos afines. La estratégica exige reconstruir la secuencia de las tres semanas previas: el 2 de septiembre, Washington y Caracas firmaron el mayor acuerdo petrolero de la era post-Maduro; el 11, la Casa Blanca retiró a Venezuela de la categoría de países que incumplen sus compromisos antidrogas; el 22, la coalición formalizó su primera acción práctica. Instrumentos que Washington administró durante décadas por carriles burocráticos separados —la evaluación antinarcóticos anual, la designación de terroristas y la política energética— convergen hoy en un único sistema de incentivos. 
 

Del Doral a Nueva York: génesis y anatomía de la coalición

El Escudo nació el 7 de marzo de 2026 en el complejo Trump National Doral, dos días después de una declaración conjunta de seguridad suscripta en la sede del Comando Sur (SOUTHCOM). Su diseño es bicéfalo: el Escudo funciona como foro político de jefes de Estado, mientras que la Coalición Anticártel de las Américas (A3C) opera como brazo ejecutivo con sede en el propio SOUTHCOM, bajo la presidencia de Pete Hegseth y con Kristi Noem como enviada especial. La doctrina fundacional quedó sintetizada por Trump en Doral: los cárteles solo pueden ser derrotados desatando el poder de las fuerzas armadas, las estadounidenses y las de cada socio.

La membresía se amplió al ritmo de la alternancia política sudamericana: Colombia se incorporó en agosto, tras el cambio de gobierno en Bogotá, y Perú el 10 de septiembre. Washington exhibe como validación del modelo la cooperación con Ecuador —incluido un ataque conjunto contra la disidencia de las FARC conocida como Comandos de la Frontera—, la captura de Nicolás Maduro en enero y el apoyo de inteligencia que precedió a la neutralización de Nemesio Oseguera Cervantes en Jalisco, en febrero.

La nómina de 24 organizaciones es deliberadamente heterogénea: pandillas centroamericanas (MS-13, Barrio 18), estructuras venezolanas (Tren de Aragua, el denominado Cártel de los Soles), los principales cárteles mexicanos (Sinaloa, Jalisco Nueva Generación, del Golfo, del Noreste, de Juárez, entre otros), las facciones brasileñas Primeiro Comando da Capital (PCC) y Comando Vermelho (CV), grupos armados colombianos (Clan del Golfo, ELN, disidencias de las FARC), bandas ecuatorianas (Los Lobos, Los Choneros, Los Tiguerones, Chone Killers), coaliciones haitianas (Viv Ansanm, Gran Grif) y el remanente de Sendero Luminoso. El denominador común es jurídico antes que operacional: todas figuran en las listas estadounidenses de FTO o SDGT.

Conviene precisar el alcance del compromiso. La declaración no genera obligaciones automáticas: cada Estado deberá incorporar las designaciones mediante sus propios procedimientos, que en Colombia requieren una ley del Congreso. Su densidad efectiva proviene del andamiaje sancionatorio estadounidense —la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) y el tipo penal de apoyo material a organizaciones terroristas—, cuyo alcance se proyecta sobre toda entidad que opere en dólares. En su forma, la coalición es multilateral; en su sustancia, un sistema radial (hub-and-spoke) en el que cada socio negocia bilateralmente con el centro.
 

La certificación antidrogas como palanca: el precedente venezolano

La Ley de Autorización de Relaciones Exteriores de 2002 (FRAA) obliga al presidente estadounidense a identificar cada año los principales países de tránsito o producción de drogas —la Majors List— y a señalar aquellos que "fallaron de manera demostrable" en sus compromisos. Esa segunda calificación, la descertificación, habilita recortes de asistencia y el voto negativo estadounidense en los bancos multilaterales, salvo dispensa por interés nacional.

La Determinación Presidencial 2026-23, del 11 de septiembre, mantiene a Venezuela entre los 23 países de la lista —el propio texto aclara que la inclusión responde a factores geográficos y comerciales—, pero le retira la descertificación. La justificación invoca la cooperación con el gobierno interino de Delcy Rodríguez, incluida la eliminación del líder del Tren de Aragua, Héctor "Niño" Guerrero, y condiciona el trato futuro a un progreso "continuo y mensurable".

El dato que impide una lectura lineal es otro: Colombia y Bolivia —gobernadas por presidentes recientemente electos y alineados con Washington, y la primera ya miembro del Escudo— conservan la descertificación, junto con Afganistán y Birmania. La Casa Blanca elogió los cambios políticos en ambos países, anticipó que espera una intensificación de la erradicación de coca y difirió el alivio. El informe dirigió, además, críticas a México, Canadá, Brasil y Nicaragua. En paralelo, Washington reasignó 52 millones de dólares de Financiamiento Militar Extranjero (FMF) desde Europa y Oriente Medio hacia América Latina.

La evidencia matiza, por tanto, la hipótesis de un premio automático a la membresía. Lo que emerge es un régimen de prueba: la adhesión política abre un corredor hacia el alivio regulatorio, pero el tránsito se paga con entregables concretos —extradiciones, neutralización de objetivos de alto valor, acceso logístico, concesiones económicas—. Venezuela recorrió ese corredor en ocho meses porque ofreció el activo de mayor valor estratégico disponible en el hemisferio. En ese lapso, las métricas antinarcóticos convencionales (superficie cultivada, incautaciones, flujos de tránsito) difícilmente podían registrar cambios estructurales: la evaluación pasó a medir trayectoria política antes que desempeño verificable.
 

El barril de crudo como variable de seguridad

El 28 de agosto, Trump anunció el control mayoritario estadounidense sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas venezolanas —alrededor del 21% del total del país—. El 2 de septiembre, ante el secretario de Energía Chris Wright, Caracas firmó ocho acuerdos. El núcleo otorga a North American Blue Energy Partners (NABEP) —firma privada con sede en Barbados, controlada por el empresario venezolano Alejandro Betancourt— concesiones sobre 17 campos, con inversiones proyectadas de hasta 100.000 millones de dólares; Washington no adquiere la propiedad del subsuelo. Chevron comprometió 7.000 millones en la Faja del Orinoco para llevar su producción a 600.000 barriles diarios en cinco años, mientras que Eni y GE Vernova sumaron acuerdos propios.

Las versiones difieren en aspectos sustantivos. Washington habla de concesiones centenarias; Rodríguez sostiene que el acuerdo rige por 25 años, que Venezuela conserva la soberanía sobre el recurso y que el Estado percibirá unos 19 dólares por barril sobre un precio de referencia de 65, con ingresos cercanos a 209.000 millones en la primera fase. Wright fue explícito sobre la naturaleza del vínculo: los Estados Unidos disponen de considerable palanca sobre Caracas, porque controlan la comercialización de su crudo en el exterior.

El contexto global explica la urgencia. Con el suministro del Golfo comprometido por la crisis de Ormuz y la Reserva Estratégica de Petróleo estadounidense más de un 30% por debajo de su nivel de enero, los barriles del hemisferio occidental adquirieron un valor que excede lo comercial; la Casa Blanca habla de cadenas de suministro "defendibles" en el hemisferio. El Escudo funciona, así las cosas, también como perímetro de seguridad energética.

La secuencia acuerdo petrolero–certificación–cumbre no prueba una causalidad documentada, mas la contigüidad temporal y la mención expresa del gobierno interino en la determinación presidencial vuelven verosímil una condicionalidad cruzada. A ello se suma una paradoja reveladora: el Cártel de los Soles, estructura que Washington atribuye al aparato chavista, permanece en la lista de 24 mientras el gobierno sucesor —integrado por cuadros de ese aparato— recibe alivio. La designación subsiste como instrumento coercitivo latente sobre funcionarios que hoy cooperan. Para los inversores, la discrepancia entre 25 y 100 años anticipa un riesgo de revisión si un futuro gobierno surgido de elecciones impugna lo firmado por una administración interina.
 

La proyección del Garrote: fuerza letal, extraterritorialidad y la vía del TIAR

La contracara del incentivo es la coerción. Desde 2025, los ataques estadounidenses contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico oriental suman más de 223 muertos; expertos de Naciones Unidas sostienen que violan el derecho internacional y podrían constituir crímenes de lesa humanidad. En Nueva York, Trump advirtió que, si los socios no logran erradicar a los cárteles, Washington lo hará por ellos.

El argumento de Washington descansa en tres premisas: que la designación terrorista convierte a estas organizaciones en actores armados no estatales susceptibles de respuesta militar; que la mortalidad por opioides sintéticos configura una amenaza a la seguridad nacional; y que los resultados —Maduro, Guerrero, Oseguera Cervantes— validan el enfoque. Las objeciones son de otro orden. Brasilia sostiene que el PCC y el CV persiguen lucro y carecen de la motivación ideológica que define al terrorismo. La experiencia mexicana posterior a 2006 muestra que la decapitación de estructuras jerárquicas tiende a fragmentarlas en células más violentas y menos previsibles. Y el derecho internacional humanitario exige umbrales de organización e intensidad que no todas las organizaciones listadas satisfacen.

Un vector adicional merece seguimiento: según informes originados en la prensa estadounidense, la coalición evalúa recurrir al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) para adoptar colectivamente la lista. El precedente es exacto: el 23 de septiembre de 2019, también en Nueva York y en paralelo a la Asamblea General, los Estados parte acordaron identificar, procesar y congelar activos de personas vinculadas al gobierno de Maduro, y en diciembre aprobaron una nómina de 29 individuos. México abandonó el tratado a comienzos de siglo y varios miembros del fallido ALBA lo denunciaron en la década pasada, pero Brasil continúa siendo Estado parte. Una invocación colocaría a Brasilia ante una votación en el Órgano de Consulta con un dilema binario: convalidar un listado que rechaza o quedar formalmente aislada.
 

Brasil y México: las ausencias que trazan el perímetro

México no fue invitado a la cumbre fundacional. Claudia Sheinbaum restó relevancia a la omisión, recordó que la cooperación con Washington discurre por un grupo de trabajo bilateral y, en el desfile del 16 de septiembre, afirmó que su país no será colonia ni protectorado de nadie. La paradoja es operativa: ocho de las 24 organizaciones listadas son mexicanas, y la cooperación bilateral de inteligencia es probablemente la más densa del hemisferio. México coopera, pero rechaza el formato de coalición porque supondría subordinar su política de seguridad a un marco colectivo con mando estadounidense.

Con Brasil, el desencuentro es frontal. El 28 de mayo, el Departamento de Estado designó al PCC y al CV como terroristas globales especialmente designados; su clasificación como FTOs rige desde el 5 de junio. El gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva rechazó en una nota oficial el uso de medidas arbitrarias externas como pretexto contra la soberanía y la economía brasileñas; el canciller Mauro Vieira alertó al Parlamento sobre el riesgo de acciones extraterritoriales, mientras el asesor Celso Amorim reiteró la disposición a cooperar contra el lavado de dinero y el tráfico de armas. Ante la Asamblea General, Lula advirtió sobre "tentaciones hegemónicas renovadas". Incluso desde el Ministerio Público paulista, el fiscal Lincoln Gakiya, referente en la investigación del PCC, previno que la designación podría militarizar la respuesta y desplazar la coordinación desde el FBI y la DEA hacia la CIA.

Brasil y México concentran más de la mitad del producto y de la población latinoamericanos, y albergan las economías criminales más sofisticadas de la región. El Escudo alcanza, por tanto, la periferia de los sistemas criminales antes que sus núcleos. Esa periferia no es irrelevante: la retaguardia operativa del PCC se extiende sobre Paraguay y Bolivia —ambos miembros—, la Hidrovía Paraná-Paraguay y la Triple Frontera (TBA). La coalición puede ensayar un cerco periférico: presionar los centros de gravedad a través de sus plataformas logísticas en países socios y del sistema de compensación en dólares.

El factor decisivo es electoral. Brasil vota en octubre, con Flávio Bolsonaro como principal rival de Lula y la seguridad pública como eje de campaña. Una victoria opositora podría habilitar la incorporación brasileña y alterar la escala del proyecto; una reelección de Lula consolidaría un hemisferio bipolar, con un bloque alineado con Washington y un polo autonomista articulado en torno a Brasilia y Ciudad de México.
 

El Caso Argentino: compromisos, inteligencia financiera y soberanía jurídica

La Argentina integra el Escudo desde su fundación. El instrumento doméstico de implementación es el Registro Público de Personas y Entidades Vinculadas a Actos de Terrorismo y su Financiamiento (RePET), creado en 2019 en la órbita del Ministerio de Justicia. El país incorporó hasta ahora seis de las 24 organizaciones —Tren de Aragua, Cártel de los Soles, Los Lobos, Los Choneros, Cártel Jalisco Nueva Generación y Chone Killers— y restan 18, entre ellas la MS-13, el Cártel de Sinaloa, el ELN, el PCC y el CV. El Ejecutivo analiza completar la nómina y evalúa trasladar el registro a la Unidad de Información Financiera (UIF).

Las implicancias se ordenan en tres planos. En el de la inteligencia financiera, la inscripción activa obligaciones de monitoreo para los sujetos obligados y habilita el congelamiento administrativo de bienes. La eventual inclusión del PCC tendría efectos inmediatos sobre la relación con el principal socio comercial del país: las investigaciones brasileñas de 2025, en particular la Operação Carbono Oculto, documentaron la infiltración de la organización en la distribución de combustibles y en vehículos financieros y fintechs. Bancos, exportadores y plataformas de pago con contrapartes brasileñas enfrentarían mayores exigencias de debida diligencia y un riesgo concreto de de-risking.

En el plano de la soberanía jurídica, el RePET admite designaciones autónomas compatibles con la Resolución 1373 del Consejo de Seguridad, pero la práctica reciente revela dependencia de evaluaciones producidas en el exterior: la inscripción del Tren de Aragua se concretó sin registros de actividad de la banda en territorio argentino, sobre la base de informes reservados. Replicar sistemáticamente una lista confeccionada en Washington delega de hecho el diagnóstico de amenaza y expone las designaciones a impugnaciones por afectación del debido proceso. Los defensores de la alineación sostienen, con argumentos atendibles, que el país gana acceso a inteligencia, capacidades y financiamiento, y que la convergencia normativa fortalece su posición ante el GAFI.

En el plano diplomático y operativo, designar como terroristas a organizaciones que Brasilia se niega a calificar como tales introduce una fricción adicional en un Mercosur ya tensionado. Al mismo tiempo, la cooperación de la A3C podría reforzar la interdicción sobre la Hidrovía, los puertos del Gran Rosario y la Triple Frontera. El retorno para Buenos Aires no pasa por la certificación antidrogas —la Argentina no figura en la Majors List— sino por la continuidad del respaldo político y financiero estadounidense.


Conclusiones accionables

La evidencia reunida permite formular las siguientes conclusiones:

  1. Membresía necesaria, no suficiente. El hemisferio se reordena en torno a un bloque de seguridad cuyo criterio de pertenencia es el alineamiento político, pero los casos de Colombia y Bolivia demuestran que la adhesión inaugura un período de prueba. El alivio se concede contra entregables, y el de mayor cotización es energético. Los gobiernos que calibren su vínculo con Washington deberían evaluar qué activos pueden ofrecer, más que a qué foro sumarse.
  2. Una arquitectura de gobiernos, no de Estados. La coalición creció al ritmo de las alternancias en Bogotá, Lima y La Paz, y puede contraerse por idéntica vía. Su durabilidad equivale a la de las mayorías electorales que la sostienen; la elección brasileña de octubre es el indicador de mayor peso en el corto plazo.
  3. Periferia antes que núcleo. Sin Brasil ni México, el Escudo sanciona las plataformas logísticas de los grandes sistemas criminales, no sus centros de gravedad. Su eficacia dependerá de convertir a Paraguay, Bolivia, Ecuador y el Cono Sur en un cerco financiero y de interdicción, sin que la presión militar desencadene fragmentación criminal en los países socios.
  4. Para el sistema financiero argentino: anticipar la ampliación del RePET a la nómina completa, reforzar el screening de contrapartes brasileñas y paraguayas en sectores expuestos (combustibles, fintech, comercio exterior) y seguir la eventual migración del registro a la UIF, que aceleraría los congelamientos.
  5. Para la diplomacia argentina: abrir un canal técnico con Brasilia sobre lavado de activos y tráfico de armas —terreno que Brasil acepta explícitamente— para aislar la fricción de las designaciones del resto de la agenda del Mercosur, y fundamentar cada inscripción en el RePET con evidencia de producción propia que la blinde judicialmente.
  6. Indicadores a monitorear: una eventual invocación del TIAR; el trámite legislativo colombiano; los primeros congelamientos efectivos; la implementación de las concesiones venezolanas y la reacción de la oposición de ese país; y la evolución de los ataques contra embarcaciones bajo escrutinio de Naciones Unidas.


 Fuentes y referencias

  1. Casa Blanca / Departamento de Estado de los EE.UU. — Presidential Determination on Major Drug Transit or Major Illicit Drug Producing Countries for Fiscal Year 2027 (PD 2026-23). Federal Register, 18 de septiembre de 2026.
  2. Reuters / Al Jazeera — "Trump rallies Latin American allies against drug cartels". 23 de septiembre de 2026.
  3. FDD's Long War Journal — "White House, Caracas release details on historic US-Venezuela oil deal". 2 de septiembre de 2026.
  4. Congressional Research Service — "The Inter-American Treaty of Reciprocal Assistance and the Crisis in Venezuela" (IN11116). 11 de diciembre de 2019.

     
Matias E. Ruiz
Sobre Matias E. Ruiz

Es Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Publicidad. Es Editor y Director de El Ojo Digital desde 2005.