Carlos Casado: 'terrateniente' que cotiza en Bolsa, pero que demora su despegue
Existen acciones que llaman la atención por lo que hacen todos los días. Y hay otras que lo hacen por lo que tienen guardado en el balance. Carlos Casado S.A., cotizante en BYMA bajo el ticker CADO, pertenece claramente al segundo grupo.
Existen acciones que llaman la atención por lo que hacen todos los días. Y hay otras que lo hacen por lo que tienen guardado en el balance. Carlos Casado S.A., cotizante en BYMA bajo el ticker CADO, pertenece claramente al segundo grupo.
La compañía tiene una historia nacida en otro siglo. Fue fundada en 1883 por Carlos Casado del Alisal y llegó a construir un verdadero emporio en el Chaco paraguayo, con explotación forestal, producción de tanino, puerto y ferrocarril. Con el paso de las décadas, aquel gigantesco complejo industrial desapareció, pero quedó algo que sigue siendo el principal atractivo de la empresa: la tierra.
Y mucha tierra.
La cuestión que se plantea hoy para el inversor es bastante sencilla: ¿cuánto vale realmente todo ese patrimonio si la compañía no consigue transformarlo en una rentabilidad atractiva?
Una empresa con un activo difícil de ignorar
Carlos Casado llegó a controlar, históricamente, unas 300.000 hectáreas en el Chaco paraguayo. La propia compañía menciona alrededor de 320.000 hectáreas en determinados momentos de su historia, mientras que documentos de la etapa en la que el Grupo San José ingresó en la empresa hablaban de aproximadamente 310.000 hectáreas.
Pero aquí aparece la primera advertencia para cualquier inversor: no se puede multiplicar alegremente esa superficie por el precio de una hectárea y concluir que CADO vale centenares de millones de dólares.
El Chaco paraguayo no es la Pampa Húmeda. Hay tierras con diferentes grados de productividad, monte, limitaciones de infraestructura, problemas de agua, distancias enormes y costos para transformar superficies improductivas en campos productivos. Además, las cuestiones ambientales tienen cada vez más importancia.
Por eso, tener una enorme superficie de tierra no equivale automáticamente a tener una enorme máquina de generar dinero.
Y ese es, precisamente, el problema de CADO.
Mucha tierra, pero poca bajo explotación
La compañía desarrolla actualmente actividades agrícolas y ganaderas, pero la superficie explotada productivamente es relativamente pequeña en relación con el enorme patrimonio territorial que históricamente controló.
En ejercicios recientes, la superficie sembrada estuvo en el orden de las 6.000 hectáreas. El rodeo ganadero, en cambio, viene creciendo de forma sostenida: según el último informe disponible, alcanzó las 11.559 cabezas, un 7,1% más que un año atrás.
Para una empresa de semejante dimensión territorial, las cifras dejan una pregunta inevitable: ¿qué está haciendo el resto de la tierra?
La respuesta no es necesariamente que esté de adorno. Una parte puede tener valor patrimonial, otra puede estar destinada a conservación, otra puede requerir inversiones antes de ser productiva y otra puede sencillamente no ser económicamente conveniente para explotar hoy.
Pero desde el punto de vista del accionista el problema es exactamente el mismo.
Una hectárea que vale dinero pero no genera flujo de fondos es un activo inmovilizado.
Y el mercado suele ser bastante impaciente con los activos improductivos.
El gran contraste con Cresud
La comparación con Cresud resulta inevitable, especialmente porque ambas compañías tienen una historia vinculada a la explotación agropecuaria paraguaya.
Cresud consiguió construir a lo largo de los años una plataforma agropecuaria de una escala mucho mayor y, sobre todo, logró que el mercado la percibiera como una empresa capaz de desarrollar, comprar, vender y poner en producción activos rurales.
CADO, en cambio, tiene una historia bursátil mucho más frustrante.
El dilema de comprar CADO y esperar
Aquí reside, probablemente, el principal argumento en contra de la acción.
A comienzos de 2024 CADO rondaba los $520. En septiembre de 2025, durante la fuerte corrección de los activos argentinos, llegó a la zona de $430. Después recuperó terreno con fuerza: llegó a superar los $590 entre enero y marzo de 2026, pero desde entonces retrocedió y hoy (19 de agosto de 2026) cotiza en torno a $532, con una caída del orden del 3,7% en el último mes y cerca del 5% en lo que va del año.
Es decir, tomando aquellos $520 de comienzos de 2024, el inversor que compró entonces prácticamente no obtuvo rendimiento nominal en pesos en dos años y medio.
Y en términos reales, perdió muchísimo poder adquisitivo.
Esto es fundamental porque una acción no debe analizarse solamente preguntando si está barata. También hay que preguntarse cuánto tiempo puede permanecer barata.
CADO puede tener tierras valiosas, un balance razonable y una valuación cercana al valor libro. Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, la acción puede seguir lateral durante años.
Ese es el clásico riesgo de la llamada "trampa de valor".
El cuadro técnico actual no ayuda demasiado a cambiar esa lectura: las medias móviles de 21 y 42 ruedas están en zona de venta, el MACD también invita a desprenderse, y el precio cotiza por debajo de su media móvil de 200 ruedas.
Los guarismos del último balance
Acá está lo más importante para actualizar la tesis: cómo le fue a la compañía en su informe más reciente.
Carlos Casado cierra ejercicio en junio, así que el semestre julio-diciembre 2025 (primera mitad del ejercicio 2025/26) es la referencia más fresca disponible:
Resultado del semestre: ganancia de aproximadamente $1.884 millones, muy por encima de los apenas $16,3 millones del mismo semestre del ejercicio anterior. El salto se explica casi enteramente por una diferencia de cambio favorable de unos $1.860 millones, no por una mejora genuina del negocio operativo.
Resultado integral total: positivo en $5.625 millones, contra un resultado integral negativo de $3.090 millones un año atrás, explicado por diferencia de conversión (el efecto de convertir los activos en Paraguay, en guaraníes, a pesos).
Resultado bruto: $2.431 millones, un 11,4% menor al del mismo semestre del ejercicio anterior. Es decir, el negocio "de base" viene rindiendo algo peor, aunque el resultado final se vea inflado por cuestiones cambiarias y contables.
Por segmento: la hacienda fue el motor positivo, con un resultado de +$2.629 millones. La agricultura (trigo y maíz) dejó pérdidas de -$198 millones. Esto confirma lo que ya se venía observando: la ganadería es hoy el negocio más sólido de la compañía, mientras que la agricultura sigue golpeada.
Liquidez corriente: mejoró de 0,59 a 0,83, una señal positiva aunque todavía por debajo de 1.
Valor libro (VL): $527 por acción al momento del informe.
Ganancia por acción (BPA): $15,3 en el semestre.
PER promediado: alrededor de 25,5 veces.
Mirando indicadores de los últimos doce meses (TTM), el cuadro es parecido: el P/E ronda las 26,5 veces, el precio sobre valor libro está en 1,10 veces, el margen neto es de 32% (fuertemente influido por el efecto cambiario ya mencionado), el ROE se ubica en 4,96% y el ROA en apenas 1,08% — este último número es el que mejor ilustra el problema de fondo: sobre semejante base de activos (las famosas ~300.000 hectáreas), la compañía genera un retorno muy magro.
Lo que confirma el balance:
La ganadería sigue siendo el negocio que mejor viene funcionando, y el stock de hacienda continúa creciendo (+7,1% interanual).
La agricultura sigue siendo un lastre.
La "ganancia" que muestra el estado de resultados está fuertemente maquillada por el efecto de la diferencia de cambio y la conversión de los activos paraguayos a pesos, no por una mejora en la generación de caja del negocio real. El resultado bruto, que es la foto más limpia del negocio operativo, cayó 11,4%.
El ROA de apenas 1,08% es la prueba numérica de la tesis central del artículo: la compañía tiene un patrimonio territorial enorme que no está siendo transformado en rentabilidad.
Lo que mejora, aunque de forma modesta:
La liquidez corriente mejoró bastante (de 0,59 a 0,83), lo cual reduce algo el riesgo financiero de corto plazo.
El crecimiento del rodeo ganadero es consistente con la idea de que la empresa está, lentamente, poniendo más patrimonio a producir.
En síntesis: el último balance no cambia la tesis de fondo. Confirma que CADO sigue siendo una historia de activos importantes con una rentabilidad sobre esos activos todavía muy baja, y que buena parte de la "ganancia" que aparece en los números contables no es caja genuina sino efecto cambiario.
El balance parece atractivo, pero hay que mirar más allá
A precios cercanos a $532, CADO cotiza aproximadamente a 1,01 veces su valor libro (tomando el VL de $527 informado en el último balance). Es decir, el mercado prácticamente no le está pagando premio alguno sobre el patrimonio contable de la compañía.
Desde ese punto de vista, no parece una acción cara.
El problema, como ya se vio en el balance, es que buena parte de la ganancia contable no se traduce en caja disponible para los accionistas. El resultado estuvo, una vez más, fuertemente afectado por diferencias de cambio y conversión.
En otras palabras, el número que aparece como "ganancia neta" no necesariamente representa lo que CADO podría repartir como dividendo.
Para un inversor de largo plazo, la diferencia es enorme.
Ganancia contable es una cosa. Caja es otra.
La deuda no parece representar un inconveniente
Hay algo que juega a favor de CADO: el inversor no se sitúa frente a una empresa asfixiada por pasivos.
El ratio deuda/patrimonio ronda el 20%, una cifra relativamente moderada. La compañía tampoco presenta el perfil de una empresa extremadamente apalancada que dependa permanentemente de refinanciarse para sobrevivir.
Se trata de una ventaja. Pero tampoco alcanza.
Una empresa puede tener poca deuda y, al mismo tiempo, ser una mala inversión si utiliza poco eficientemente su capital. El ROA de 1,08% de los últimos doce meses es justamente el síntoma de esa ineficiencia.
El interrogante de CADO no es tanto "¿va a quebrar?" como "¿cuánto retorno consigue generar sobre todo lo que posee?".
¿Cuánto vale realmente la tierra?
Esta es la pregunta del millón.
Si hipotéticamente una compañía controlara unas 300.000 hectáreas y el valor económico promedio de esas tierras fuera de US$300 por hectárea, estaríamos hablando de US$90 millones.
A US$500 por hectárea, serían US$150 millones.
A US$750, serían US$225 millones.
La capitalización bursátil de CADO, tomando una acción alrededor de $532 y el dólar blue actual, se ubica en el orden de los US$40-45 millones.
La diferencia sigue siendo de magnitud.
Pero ese cálculo es solamente una ilustración. No significa que toda la superficie pueda venderse a esos precios, que toda pertenezca actualmente a CADO, que sea productiva o que pueda liquidarse inmediatamente.
También habría que descontar deuda, impuestos, costos de venta, restricciones, inversiones necesarias y cualquier otra contingencia.
La verdadera pregunta es cuánto de ese supuesto valor patrimonial es realizable.
El problema del accionista minoritario
La estructura accionaria también merece atención.
Tecnoartel S.A. posee aproximadamente 46,67% del capital. Diego Eduardo León, un 14,35%, mientras que San José Construction Group posee alrededor del 5,21%.
La presencia de León resulta particularmente interesante porque no es un inversor financiero cualquiera. Es miembro de la familia vinculada históricamente con Carlos Casado y fue durante años una figura importante dentro de la compañía. En períodos anteriores llegó a tener una participación superior a la actual y ocupó cargos relevantes.
Esto significa que detrás de CADO existe una historia societaria mucho más compleja que la de una simple empresa con miles de accionistas dispersos.
Para el minoritario puede ser positivo que existan accionistas con intereses importantes en el patrimonio de la compañía.
Pero también significa que la capacidad de los pequeños inversores para modificar la estrategia es prácticamente nula.
¿Y las asambleas?
CADO tampoco abandonó completamente la posibilidad de contacto físico con sus accionistas.
Las últimas asambleas fueron convocadas bajo modalidad a distancia, pero contemplando la posibilidad de participación presencial en la sede social de la empresa, en la avenida Leandro N. Alem 855, en la Ciudad de Buenos Aires, cumpliendo previamente con los requisitos de registración.
Eso tiene cierta gracia en una compañía como CADO.
Un inversor puede comprar una pequeña cantidad de acciones, convertirse formalmente en accionista y eventualmente participar de una asamblea donde se discute el destino de una empresa que posee un patrimonio territorial extraordinario en el Chaco paraguayo.
Con 100 acciones, por ejemplo, el peso político sería prácticamente simbólico. Pero la experiencia de ser accionista de una compañía de estas características tiene un atractivo particular.
Entonces, ¿CADO está barata?
La respuesta depende de qué se entienda por "barata".
Por valor libro, parece razonable (cotiza casi en línea con su VL de $527).
Por patrimonio territorial potencial, puede parecer muy barata.
Por generación de caja y por retorno sobre activos, no tanto: el último balance confirmó un ROA de apenas 1,08%.
Por evolución bursátil de los últimos años, directamente resulta poco atractiva, y el último mes y medio sumó una corrección adicional desde los máximos de marzo.
Y, al considerarse el costo de oportunidad, la prospectiva se torna más complicada.
El inversor que compró CADO en 2024 no solamente tuvo que soportar una cotización prácticamente lateral. También dejó de utilizar ese dinero en otras acciones, bonos, instrumentos de renta fija o incluso empresas agropecuarias que tuvieron una evolución mejor.
Ese costo no aparece en ningún balance de CADO, pero existe.
¿Qué debería suceder para que la acción despegue?
CADO necesita un catalizador.
Podría ser una expansión fuerte de la superficie productiva, un aumento importante del rodeo ganadero (que, de hecho, ya viene creciendo), una mejora sustancial de la agricultura, la venta de tierras a valores atractivos o una política de dividendos más generosa.
De igual modo, podría producirse una combinación de aquellos factores.
Por ejemplo, si la compañía vendiera parte de sus tierras improductivas, utilizara el dinero para reducir deuda, invertir en las áreas más rentables, recomprar acciones o distribuir dividendos, el mercado podría empezar a mirar el patrimonio de otra manera.
En cambio, si simplemente conserva cientos de miles de hectáreas mientras mantiene una explotación relativamente pequeña —y sigue mostrando un ROA de apenas 1%—, probablemente CADO siga siendo una empresa con "mucho campo" y poco crecimiento bursátil.
Por eso CADO no parece una inversión obvia para alguien que busca simplemente comprar una acción y esperar que el mercado haga el trabajo.
Es más bien una apuesta a que la compañía, en algún momento, consiga demostrar que el enorme patrimonio que posee puede transformarse en valor económico para sus accionistas.
La conclusión: un activo interesante, pero un accionista paciente
A unos $532 por acción, CADO no parece una ganga evidente.
Tampoco parece una empresa involucrada en problemas imposibles de atender.
Está en una zona intermedia: tiene activos interesantes, una ganadería que crece y una valuación patrimonial relativamente razonable (cotiza casi a valor libro), pero el último balance confirmó que todavía no está generando suficiente entusiasmo ni suficiente flujo de fondos genuino como para que el mercado le otorgue una prima significativa. El ROA de 1,08% de los últimos doce meses es, probablemente, el número que mejor resume el problema.
En tal virtud, la tesis más atractiva no debería aproximarse a la sentencia "CADO está barata porque tiene tierras".
La tesis sería otra, diferente:
CADO podría estar barata, si esas tierras pueden transformarse en producción, ventas, dividendos o valor patrimonial realizable.
Hasta que ello no ocurra, el riesgo es conocido: comprar la acción, mirar el balance y descubrir unos años después que el mercado sigue diciendo exactamente lo mismo que decía al momento de comprarla.
Para quien busque una inversión agresiva y de crecimiento, CADO tiene poco atractivo en los niveles actuales. No obstante, quien quiera una pequeña posición patrimonial y esté dispuesto a esperar un eventual desbloqueo de valor, en cambio, puede tener sentido.
Y esa es probablemente la mejor manera de entender a Carlos Casado: no como una acción que ya demostró su potencial, sino como una opción sobre lo que podría llegar a hacer con un patrimonio territorial que, de momento al menos, el mercado se niega a valorar demasiado por encima del libro.
Es Licenciado en Periodismo y Licenciado en Ciencia Política. Columnista de El Ojo Digital especializado en temas económicos y financieros, y aficionado a la investigación relativa a fraudes y estafas en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, Argentina. Sus artículos son publicados regularmente en http://www.elojodigital.com/categoria/tags/eric-nesich. Su correo electrónico para consultas es eric.nesich@gmail.com.