La fragilidad del modelo económico del oficialismo
El Lic. Marcelo D. Ferrer -columnista experto en temas económicos de El Ojo Digital-, da cuenta en forma detallada, del sencillismo y la fragilidad del modelo económico kirchnerista. He aquí los sólidos argumentos de su exposición.
21 de Julio de 2010
El programa económico actual, que algunos gustan llamar Modelo verbigracia noventista-, consiste simplificadamente, en:
un dólar alto o un peso subvaluado que es lo mismo-, con el fin de lograr más competitividad en los mercados internacionales una forma monetarista de damping-; y:
una alta imposición con tributos dañinos, inclusive- a efectos de estatizar la redistribución del ingreso y llevar adelante una política de desendeudamiento o acrecentamiento de las reservas nacionales.
Debemos agregar que el excedente de divisas -producto de las mayores exportaciones y las menores importaciones que la subvaluación de la moneda local induce- se vio beneficiado por un contexto internacional favorable para nuestros productos básicos de exportación comodities-, por las bajas tasas de interés internacionales; y por las menores exigencias de amortización y servicio de la deuda pública, como consecuencia del default.
La etapa virtuosa de este esquema, es decir: el aprovechamiento del diferencial de precios relativos que produce una gran devaluación -que a la vez genera una desmonetización de la economía-, ha llegado a su fin. Este hecho lo anuncia la reaparición de la inflación. El exceso de moneda frente a la cantidad de bienes en disposición, hace que la oferta y la demanda logren su equilibrio a través de los precios. En verdad, este esquema se hace un poco más complejo si agregamos a él otros componentes como la tasa de interés, la inversión, el salario, las expectativas y las finanzas públicas, por hacer una sencilla enumeración de otras variables.
Pero el alma de todo modelo, aún cuando en sus inicios difieran respecto de sus ventajas comparativas, será, principalmente, la inversión y la productividad de la mano de obra. Ambas cosas unidas y en equilibrio, hacen a cualquier actividad, y por ende, a la nación que la cobije, competitiva.
Sin embargo, aunque todo modelo tiende al equilibrio, este equilibrio no siempre se logra en las mejores condiciones de competitividad. Si las condiciones para alcanzar un mejor equilibrio dependen de una distorsión importante del tipo de cambio local, sabido es que ese equilibrio no será duradero -o cuando menos, previsible para el largo plazo-, hecho que afectará a su vez el crecimiento y la radicación de inversiones, o la expansión de las empresas ya radicadas. Hay, no obstante, al menos un modelo en ese contexto, que es la excepción: China. Pero China tiene un sistema de gobierno capaz de mantener inmóviles se cree que por largo tiempo- algunas variables que otros sistemas, no.
El qué hace elegible una región o una actividad por parte de la inversión, incluye, entre otras tantas variables, a la mano de obra. Más pormenorizadamente: su existencia, idoneidad y reentrenamiento; el nivel de conflictividad laboral y la racionalidad de las leyes del lugar; las cargas impositivas al empleo, los sistemas de salud y prevención, los sistemas de transporte, el contexto social, etc., etc., el salario; entre otros aspectos.
Productividad y salario
Como señalamos más arriba, hay todo un ramillete de condiciones que debe cumplir la mano de obra para lograr un grado aceptable de productividad, que junto a otras variables, harán competitiva una actividad, y elegible un lugar para la inversión.
Es claro que la subvaluación de la moneda local afecta el valor relativo de los salarios respecto de aquellos países que sostengan una paridad de cambio. Esto produce una ventaja comparativa, y por ende, una mejora en la competitividad. Pero es claro también que esa ventaja comparativa se ve afectada por una menor productividad de la mano de obra, que con el tiempo, tenderá a neutralizar por completo la mejora en la competitividad. El agravante luego de este proceso será una mayor conflictividad laboral, un desentrenamiento de la mano de obra y pérdida de calidad, sumado a otras cuestiones no menos importantes como la salud y un contexto social enrarecido.
Alcanzado este punto, los diferenciales de precios relativos para que la inversión haga elegible un territorio o una actividad, dependerá de nuevas distorsiones macroeconómicas, que irán progresivamente degradando el contexto económico general.
Un ejemplo global
Nombrábamos recién a China. La mayor competitividad China se debe en parte a la subvaluación del Yuan; pero básicamente a los magros salarios que suman diferenciales con el resto del mundo. Los obreros chinos no sólo poseen diferentes expectativas de progreso e ingreso, sino que, el régimen estricto bajo el cual se desenvuelven, los obliga a una sobre actuada productividad.
Esta ventaja comparativa china obliga a otras industrias radicadas en otros países a realizar un esfuerzo para competir. Aunque el proceso es lento aún, los países desarrollados están, progresivamente, deprimiendo peligrosamente sus estándares salariales, lo que afectará, en el futuro, la productividad de la mano de obra, lo que terminará por afectar la economía en general de esos países . (Ver: indicadores comparativos de incremento de la inflación base, respecto de incremento del salario para EEUU en el último bienio)
Volviendo a nuestro país (Argentina)
Hemos probado los argentinos -en reiteradas ocasiones- la sobrevaluación de nuestra moneda y la subvaluación de nuestra moneda; en ambas circunstancias nos fue mal. Pero sería una torpeza focalizar el error en a su vez, erradas políticas cambiarias. El error estuvo y está ahora mismo en nuestra inconstancia para fijar políticas duraderas y previsibles cuyo control requiera de pequeñísimos toques de timón. En querer conciliar competitividad laboral con leyes que regulan en demasía el mercado laboral. En utilizar al empleo como un medio de recaudar para rentas generales, sin invertir un céntimo en seguridad social y reentrenamiento. En definitiva: en creer que mágicamente, o por un sortilegio cambiario, nuestra suerte será, esta vez, diferente.
Lic. Marcelo D. Ferrer