El Banco Mundial advierte; Bielsa desacredita
Marcelo D. Ferrer trata en su artículo cuestiones relativas a la crisis estructural de la Argentina y sus relaciones con los organismos internacionales.
21 de Julio de 2010
No hace mucho poníamos en esta página el artículo "Ocho premisas de la encrucijada económica Argentina" (copiar y pegar el link http://www.marcelodferrer.com.ar/cartas25.htm en su navegador), que advertía cómo nuestro país (Argentina) se encaminaba a sumar un nuevo ciclo a su historial de crisis, reeditando, sólo que con mayor profundidad cada vez -al incorporarse la variable social- las penurias de 2001 y lustros anteriores. A esto, permítasenos sumar otro artículo de opinión: "¿La economía mundial rumbo a la desaceleración?" (copiar y pegar el link http://www.marcelodferrer.com.ar/cartas27.htm en su navegador) en el que, en disenso con otros analistas, advertimos de un freno en el crecimiento de la economía mundial. Ambas cuestiones: males estructurales de antigua data en nuestra economía doméstica; y freno en el devenir de la economía mundial, debieran tomarse en serio.
A menudo los economistas erramos, es cierto; hay cuestiones que se evaden o se incorporan extemporáneamente a nuestros análisis y se ponen al margen de los cálculos econométricos. Sin embargo, hay verdades que sólo los necios o quienes obedecen a otros intereses ajenos al bien común, no ven o no quieren ver.
En la economía Argentina hubieron dos hechos que motivaron este ciclo de crecimiento; el default y la devaluación. El primero de ellos comenzó a gestarse en 1996 y se consolidó con la ya antológica caída al abismo con la depresión de 2001, haciendo que nuestro producto bruto disminuyera varias decenas de puntos. Esta caída del producto bruto, debida a la transferencia de riqueza desde los particulares al estado nacional, no comenzó el día que Eduardo Duhalde firmó el acta de defunción de la convertibilidad; simplemente, ese día, se hizo "legal". Se inició bastante antes; cuando los estados nacional y provinciales, inmersos en estructurales déficit, comenzaron a emitir bonos de deuda de manera indiscriminada que jamás pagarían, o lo harían con insostenibles pérdidas para sus tenedores. La devaluación consolidó todavía más esa transferencia de recursos elevando la pobreza de nuestro país a guarismos sin precedentes. No hay estimaciones precisas aún del volumen de riqueza que de manos de los particulares -ciudadanos de nuestro país y extranjeros- pasaron al Estado Argentino. Sin temor a equivocarnos podríamos hablar de centenares de miles de millones de dólares.
En la superficie de la crisis que produjo esa terrible confiscación de riqueza, quedó intacta la infraestructura productiva. Lo que sucedió después (el resurgir) es más que mera economía; lo sucedido obedece también a las reglas de la física. Tras la caída monumental de todos los guarismos de la macro y micro economía, encontrándose indemne la infraestructura productiva, la economía sólo podía reaccionar de la manera que lo hizo. Era lógico además que el Estado saliera de esa crisis con superávit debido también a la misma transferencia de recursos y de riquezas.
Insistimos con algo que ya hemos señalado en otros artículos: esta etapa de crecimiento que se nos endilga de exitosa, no obedece a ninguna genialidad, se debe al no pago de las obligaciones por parte del Estado, a la confiscación de riquezas de los particulares, y a ese espíritu de los argentinos tan similar al del ave Fenix. No hubo reformas estructurales en el país de la última década que pudieran justificarla, sólo un dólar sobrevaluado que al poner al salario real en un mínimo histórico favorece la competitividad internacional; un plan de obras públicas de relenta ejecución; mejora en la recaudación tributaria por la aplicación de impuestos distorsivos (retenciones a la exportación, por ejemplo); y exitismo. Acabado que serán los efectos antes señalados, reeditaremos nuestra crisis cíclica con mayor profundidad cada vez.
Por eso, cuando el Banco Mundial advierte y los estudiosos de la economía lo hacen también, no deberían tomarse sus opiniones como políticas o con el mero afán espurio de degradar a las autoridades gubernamentales; deberían ser valoradas a tiempo -porque con tiempo suficiente se hacen- para mejor salud de la economía de todos.
Por supuesto, ese límite tan fungible de la racionalidad económica y las apetencias políticas, todo lo subvierte. En las profundas crisis, en lugar de ampliarse el debate sobre las acciones que cambiarán la vida a las personas, el Congreso Nacional delega sus facultades otorgando superpoderes a unos pocos.
La solución a las grandes crisis como la que padece nuestro país pasa por más y mejor institucionalidad; por más apego a las normas y procederes; por un debate más enriquecido y menos ideologizado en el Congreso Nacional. Mientras tanto, seguiremos expuestos a la improvisación.
(*) MARCELO D. FERRER reside en la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, República Argentina. Es Contador Público y Licenciado en Economía; Escritor, Poeta y Ensayista. Es miembro de diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario, muchas de las cuales ha presidido.
Lic. Marcelo D. Ferrer