NARCOTRAFICO Y ADICCIONES: JUAN A. YARIA

Hacia una sociedad sin sujetos

Las drogas se presentan hoy bajo el formato moderno de 'doma social'.
12 de Agosto de 2017
El tabaco es de derecha; la marihuana, de izquierda.

Julio María Sanguinetti (ex presidente de la República Oriental del Uruguay)

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Las drogas se presentan hoy bajo el formato moderno de 'doma social'. Debido a ello, notables líderes del mundo, desde John Fitzgerald Kennedy hasta los del viejo orden comunista, hacían de la lucha preventiva una bandera. En tal sentido, viene a criterio tener presente la epopeya ordenada por los chinos, en oportunidad de las dos Guerras del Opio. Sin embargo, hoy los tiempos han cambiado. Las guerras solían ganarse con drogas; ahora, la paz sirve para que el narcotráfico coseche y consolide voluntades.

Drogas, cerebroLa disociación es una manera de desconocernos y de no conocer la realidad. Lo que duele o no nos gusta, no forma ya parte de nuestro campo visual, psicológico e intelectual. Nuestra comprensión sobre el otro y sobre la realidad se estrechan. La disociación es un rasgo con potencialidad para ser nuestra sombra, obnubilando el conocimiento de nuestra realidad. Y lo cierto es que no reconocemos una parte de la vida. La escisión y la negación nos persiguen; de esta manera, nos transformamos en enanos en lo que hace a conocimiento e interpretación profunda de la realidad. En la vida y en las sociedades, a veces funcionamos disociadamente. Vemos una porción del escenario, ignorando otras. Lo cual sintetiza una suerte de miopías de cara a la cultura y a la cotidianeidad. La marihuana, por ejemplo, se ha convertido hoy en un triunfo -dado su consumo masivo y el firme acompañamiento del marketing político, unido éste a una vasta red de comercialización que se esmera en desconocer toda evidencia científica. Sin más, se trata de un formato postmoderno de colonización social, que viene de la mano de un discurso tentador y cuya meta es ocultar el vacío que experimentan nuestras sociedades.


La invasión del espacio social

En nuestra comunidad terapéutica, dos familiares directos me relatan que la marihuana presidía sus encuentros sociales. Uno de ellos me compartía que, en ocasión de celebrarse una fiesta hogareña con jóvenes -la mayoría ya casados-, el dueño de casa forzaba a aquellos que fumaban cigarrillos con nicotina a ir al balcón. Los que fumaban marihuana podían permanecer adentro.

Pero este tipo de escenarios no solo tiene lugar en ámbitos estrictamente sociales, sino que también se registra en espacios profesionales y científicos. Numerosos profesionales defienden, desde un inexplicable fanatismo, el uso de marihuana, mientras se desentienden de los datos cada vez más claros que emergen de investigaciones relativas no solo a los efectos tóxicos de la sustancia, sino también adictivos. No obstante ello, el consumo de cannabis ha logrado imponerse como referente progresista. Razón por la cual el ex mandatario uruguayo Sanguinetti la emprende contra la nueva izquierda, por promocionar ese consumo.

De tal suerte que hemos de referirnos hoy a tres cuestiones fundamentales: la población que consume marihuana tiene más posibilidades de consumir otras drogas; en este caso, Uruguay se exhibe como un experimento social digno de análisis, conforme en esa nación no solo se ha disparado el consumo de marihuana, sino también el consumo de cocaína. A la postre, el cerebro humano no puede ya resistir pruebas tóxicas, y se registra una neuroadaptación ante el empleo de drogas: la marihuana oficia de 'abrepuertas' para otras sustancias todavía más peligrosas. Ese 'abrepuertas' favorece la adaptación de los receptores cerebrales a otros productos por vía de la manipulación artificial de la dopamina. Aquí reside, básicamente, el accionar del THC (tetrahidrocanabinol).

Vastos espectros de profesionales y consumidores obvian que la marihuana no solamente es tóxica, sino que modifica -por vía de la alucinación- el espacio perceptivo; adicionalmente, resulta adictiva. Máxime en la época actual, a partir de la extendida investigación que busca modificar genéticamente las dosis de alucinógenos en determinadas plantas. Los individuos que presentan mayor riesgo son aquellos que llevan consigo un historial familiar de enfermedad mental, y aquellos que han padecido abuso físico o sexual. Algunos legisladores de la República Argentina y del Uruguay, por ejemplo, olvidan que el 9% de los consumidores está llamado a desarrollar una adicción a esta sustancia (así lo certifica un estudio de NIDA, instituto estadounidense dedicado al examen de narcóticos y estupefacientes). En otros apartados, NIDA también explicita que el riesgo de potenciación de adicción se incrementa en un 17% (una de cada 6 personas) entre aquellos que comenzaron a consumir marihuana en la adolescencia y la pubertad, y que ese índice se eleva al 25% en quienes consumen a diario. Esta realidad es de fácil comprobación en las ciudades argentinas. 

Los varones adolescentes que recurren a la marihuana con regularidad comportan un riesgo superior a la media de experimentar síntomas psicóticos subclínicos persistentes, en particular paranoia y alucinaciones, aún después de dejar de usar la droga. En la población adolescente, por ejemplo, la esquizofrenia tiene una incidencia del 1% en la población general; en estudios multicéntricos encabezados por el psiquiatra argentino Doctor Juan C. Negrete (Universidad McGill, Canada), el índice se eleva hasta alcanzar el 8%.


Estilos de vida negados

La ideología de la Nueva izquierda -que pregona el consumo de marihuana- niega contundentemente la realidad de todo estudio que certifique daños al cerebro humano. Desde la década del noventa, los estudios relativos a daños funcionales y estructurales producidos por la marihuana y otras drogas adquiere particular relevancia. La alteración del sistema de motivaciones y del placer ha sido descripta por los científicos como de un verdadero 'secuestro'. De ahí la hipomotivación que surge de la cronicidad en el consumo. Por cierto, asistimos hoy al auge de la Generación Y (fruto de la tecnología), en donde no se concibe un mundo sin Internet y de acercamiento tecnológico, pero que se caracteriza fundamentalmente por un déficit extremo de encuentros e intimidad, así como de déficit de funcionalidad parental. En el medio, emerge también la Generación Q (por Química), que supo ganar empuje a partir del vacío legado por sentimientos profundos de soledad -acompañada esta generación por altísimas cuotas de permisividad, y receptora aquélla del mensaje de un gigantesco espectro del marketing político y cultural. A la postre, en la Argentina pocos conciben hoy salidas de fin de semana sin que medie el consumo de sustancias. Escenario que, a mediano y largo plazo, remata con: a) alteraciones psiquiátricas (ataques de pánico, excitaciones); b) psicosis tóxicas (delirios tóxicos, alucinaciones); c.) traumas (accidentes); d) trastornos cardíacos, renales, respiratorios, etcétera. Todo lo cual exhibe un impacto catastrófico sobre el sistema sanitario en su conjunto.

Progresivamente, los consumidores queman su sistema nervioso: el cerebro acusa alteraciones circunstanciales que luego se consolidan como permanentes, dada la recurrente invasión de tóxicos. Valdrá la pena recordar que ciertos estilos de vida retrasan el envejecimiento de las neuronas y del sistema nervioso en su totalidad, pero grandes porciones de la sociedad hoy olvidan promover la no-adicción, la actividad física, la ingesta de alimentos a base de frutas, verduras y hortalizas, la búsqueda de relaciones tan sólidas como sanas, administrar correctamente el estrés, y respetar mínimamente nuestros círculos circadianos (esto es, dormir de noche y vivir de día). En definitiva, asistimos a una moda que promociona el olvido de la vida en su profundidad y significación.

La sociedad sin sujetos comporta el potencial para devorarnos, al ritmo de la tentación resumida en vértigo y espectáculo. Nos transformamos en una sociedad de jóvenes-viejos, precozmente envejecidos cerebralmente.

 
Sobre Juan Alberto Yaría

Juan Alberto Yaría es Doctor en Psicología, y Director General en GRADIVA, comunidad terapéutica profesional en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Los artículos del autor en El Ojo Digital, compilados en éste link.