El gran juego de los espectadores armados: China y Rusia frente a 'Epic Fury'
Reposicionamiento estratégico, intereses divergentes y la reconfiguración del orden multipolar.
12 de Marzo de 2026
El espejismo del eje: convergencia táctica, divergencia estructural
La narrativa dominante en los análisis occidentales sobre el orden multipolar emergente tiende a tratar a la República Popular China y a la Federación Rusa como un bloque monolítico cuya cohesión estratégica se ha consolidado progresivamente desde la operación especial sancionada por el Kremlin en Ucrania, en febrero de 2022. Esa narrativa es, en el mejor de los casos, una simplificación útil; en el peor, una distorsión analítica que oscurece más de lo que ilumina.

La realidad que la Operación Epic Fury ha puesto en evidencia es más matizada y, desde la perspectiva de la teoría de las RRII, más interesante: Pekín y Moscú comparten un resentimiento estructural frente al orden liberal liderado por Washington -o, si se prefiere, la convicción de que el sistema internacional post-1991 fue diseñado para perpetuar la hegemonía estadounidense a expensas de las potencias revisionistas-, pero sus intereses materiales concretos en Oriente Medio no solo son diferentes, sino que, en varios vectores, son directamente contradictorios.
La convergencia sino-rusa es, en esencia, una alianza de conveniencia táctica construida sobre la base de un enemigo común. Cuando ese enemigo común entra en guerra con un tercer actor -en este caso, la República Islámica de Irán- la cohesión del eje se somete a una prueba que ninguna declaración conjunta puede superar: el test de los intereses reales.
China: el gran acreedor energético del conflicto
Para comprender el posicionamiento de Pekín frente a Epic Fury, deviene en lícito partir de una premisa que los análisis superficiales sistemáticamente subestiman: China no es un actor externo al conflicto energético del Golfo. Es su principal acreedor.
Las cifras son elocuentes. China importa aproximadamente el 43% de su crudo total desde Oriente Medio, con Arabia Saudita e Irán como proveedores cardinales. En el caso iraní, Pekín ha constituido, durante los últimos años, el único comprador de escala para el petróleo persa, operando un mecanismo de elusión de sanciones que le ha permitido adquirir crudo iraní con descuentos de entre 10 y 15 dólares por barril respecto al precio de mercado. Esa posición -la de comprador monopsónico de un vendedor sancionado- otorgaba a China una palanca de influencia sobre Teherán que ninguna otra potencia poseía.
Esa palanca, sin embargo, tiene un reverso que la guerra ha hecho visible: China es también el mayor importador de crudo saudí y emiratí. Sus intereses energéticos no son exclusivamente iraníes; son, en realidad, panregionales. Pekín necesita la estabilidad del Golfo como condición de posibilidad de su propio modelo de crecimiento. Un Estrecho de Ormuz clausurado no es, para China, un activo geopolítico explotable: es una amenaza existencial para su cadena de suministro energético.
Tal es el vector que explica el episodio más revelador del posicionamiento chino en el conflicto: la orden transmitida a Teherán -a través de canales diplomáticos que Reuters y fuentes del Wall Street Journal describieron como "directos y sin ambigüedad"- de cesar los ataques a las terminales de GNL de los Estados del Golfo. La orden no fue una recomendación. Fue, en el lenguaje diplomático de las relaciones sino-iraníes, un ultimátum implícito: Irán puede perder la guerra con los Estados Unidos de América, pero no puede hacerlo destruyendo la infraestructura energética de la que depende el crecimiento chino.
Esa intervención -discreta, no declarada, pero operacionalmente efectiva- constituye uno de los episodios más significativos del conflicto desde la perspectiva del análisis de poder. Revela que Pekín ha ejercido, en la práctica, una función de contención sobre la escalada iraní que ninguna potencia occidental habría podido ejercer, y que lo ha hecho sin adoptar ninguna posición pública que pudiera interpretarse como respaldo a Washington o a Tel Aviv.
La doctrina de la 'neutralidad activa': Pekín como gestor de la ambigüedad estratégica
El posicionamiento chino en Epic Fury puede definirse con precisión conceptual como una doctrina de neutralidad activa: una postura que rechaza formalmente cualquier alineamiento con alguno de los beligerantes, pero que opera (siempre a través de canales paralelos, presión económica y señalización -signaling- diplomática selectiva) para gestionar activamente los resultados del conflicto en función de sus propios intereses.
El posicionamiento chino en Epic Fury puede definirse con precisión conceptual como una doctrina de neutralidad activa: una postura que rechaza formalmente cualquier alineamiento con alguno de los beligerantes, pero que opera (siempre a través de canales paralelos, presión económica y señalización -signaling- diplomática selectiva) para gestionar activamente los resultados del conflicto en función de sus propios intereses.
Esta doctrina nada tiene de novedosa. Es, en realidad, la misma que Pekín aplicó durante la primera fase de la invasión rusa de Ucrania: condena retórica de la violación de la soberanía territorial, abstención en las votaciones de condena en el Consejo de Seguridad ONU, continuación del comercio bilateral con Moscú a niveles récord, y presión privada sobre Vladimirovich Putin para evitar el empleo de armas nucleares tácticas cuando la escalada amenazaba con desestabilizar el orden económico global.
En el caso de Epic Fury, el protocolo es análogo, aunque los vectores de interés son distintos. La República Popular tiene en juego, simultáneamente:
a) Su dependencia energética del Golfo, que ningún nivel de solidaridad con Teherán puede comprometer. El modelo de crecimiento chino -todavía fuertemente dependiente de la industria pesada y la manufactura de exportación- demanda un flujo de hidrocarburos que la clausura efectiva de Ormuz amenaza directamente.
a) Su dependencia energética del Golfo, que ningún nivel de solidaridad con Teherán puede comprometer. El modelo de crecimiento chino -todavía fuertemente dependiente de la industria pesada y la manufactura de exportación- demanda un flujo de hidrocarburos que la clausura efectiva de Ormuz amenaza directamente.
b) Su proyecto de infraestructura global, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Las terminales portuarias, los corredores ferroviarios y los nodos logísticos que China ha desarrollado en Pakistán, el Golfo y el Mediterráneo oriental son activos que se deprecian en un entorno de conflicto prolongado. La estabilidad regional no es para Pekín un valor abstracto: es una condición material para la rentabilidad de su mayor proyecto de proyección de poder exterior.
c) Su posicionamiento como potencia mediadora alternativa, que el acuerdo de normalización diplomática entre Irán y Arabia Saudita de marzo de 2023 -modelado por Pekín, no por Washington- había consagrado. Ese capital diplomático se erosiona si China es percibida como facilitadora del comportamiento iraní más destructivo.
d) Su relación con los mercados financieros globales, profundamente elásticos y sensibles a los movimientos del crudo. China es el mayor tenedor extranjero de bonos del Tesoro estadounidense y su economía -en un momento de fragilidad doméstica, con el sector inmobiliario todavía en proceso de desapalancamiento- no puede absorber un shock de crudo de la magnitud que produciría un cierre prolongado de Ormuz.
La resultante de estos cuatro vectores es una posición que, desde el exterior, puede parecer inconsistente o ambigua, pero que comporta una lógica interna de hierro: China apoya a Irán en la medida en que ese apoyo no comprometa ninguno de sus intereses materiales fundamentales, y ejerce presión sobre Teherán en el preciso momento en que la conducta iraní amenaza con hacerlo.
Rusia: el rentista del caos
Mientras tanto, el posicionamiento ruso ante Epic Fury obedece a una lógica radicalmente diferente, que puede describirse con un concepto tomado de la economía política: Rusia es el rentista estructural del caos energético global.
Rusia: el rentista del caos
Mientras tanto, el posicionamiento ruso ante Epic Fury obedece a una lógica radicalmente diferente, que puede describirse con un concepto tomado de la economía política: Rusia es el rentista estructural del caos energético global.
A diferencia de China, Moscú no es un importador de hidrocarburos: es su mayor exportador. Cada dólar que se suma al precio del Brent es, para las finanzas rusas, un ingreso fiscal adicional que financia directamente la economía de guerra en Ucrania. El pico intradiario de 119,50 USD del 9 de marzo -previo a que el Brent moderara hacia el entorno de los 100–103 dólares- representó para Rusia un ingreso adicional estimado en varios centenares de millones de dólares diarios respecto a los valores preconflicto.
En este sentido, la guerra en Oriente Medio es, para Moscú, funcionalmente conveniente sin requerir ninguna acción operacional directa. Rusia no necesita apoyar a Irán, ni sabotear a los Estados Unidos, ni intervenir en ningún teatro. Le basta con observar. El conflicto hace el trabajo por ella.
Esta posición de rentista pasivo tiene, sin embargo, dimensiones activas que merecen análisis. Rusia ha realizado, desde el inicio de Epic Fury, tres movimientos de señalización estratégica que no pueden clasificarse como mera neutralidad:
Primero, el posicionamiento retórico ante Naciones Unidas. La condena rusa al ataque estadounidense-israelí sobre Irán fue formulada en términos que, sin llegar a constituir respaldo operacional a Teherán, construyen un relato de legitimación para la resistencia iraní, y de ilegitimidad para la acción occidental. Ese relato alimenta la narrativa de los actores del Sur Global que observan el conflicto con profunda desconfianza hacia Washington.
Segundo, la gestión informativa. Los medios estatales rusos -Sputnik y otros- han dado cobertura sistemática y detallada a los éxitos tácticos iraníes: los ataques a infraestructura de defensa estadounidense en el Golfo, el hundimiento de la fragata IRIS Dena como caso de estudio sobre vulnerabilidades navales en el Cuadrante Indico, los daños en las bases de al-Udeid y al-Dhafra. Esta cobertura no es periodismo: es operación de influencia informativa (information warfare) orientada a erosionar la percepción de invulnerabilidad de las capacidades militares estadounidenses. Y, cuando la comprobable rigurosidad del Teatro de Operaciones amplifica las malas nuevas para la coalición americano-israelí, el ecosistema informativo del Kremlin ni siquiera necesita recurrir al sesgo.
Tercero, y más significativo, la señalización hacia Europa. El conflicto en Oriente Medio ha producido, a modo de secuela secundaria, una tensión entre Washington y varios aliados europeos sobre la autorización de uso de bases. España negó bases y la réplica llegó en la forma de amenazas comerciales por parte de Trump; Francia las autorizó y fue implícitamente amenazada por Irán. Rusia observa esa fragmentación de la cohesión atlántica con el interés propio de quien sabe que la unidad de OTAN en Ucrania depende, en parte, de la ausencia de otros frentes que generen disensión intraaliada.
La paradoja nuclear: cuando el aliado se convierte en el problema
La sub-narrativa que mejor ilustra las tensiones internas del eje sino-ruso es, paradójicamente, la cuestión nuclear iraní. Tanto Pekín como Moscú han apoyado históricamente el derecho iraní a un programa nuclear civil, en tanto han obstaculizado en el Consejo de Seguridad las resoluciones de sanciones más severas. Pero ninguno de los dos actores tiene interés en una Irán nuclear operacional -en su variante militar, por cierto.
La sub-narrativa que mejor ilustra las tensiones internas del eje sino-ruso es, paradójicamente, la cuestión nuclear iraní. Tanto Pekín como Moscú han apoyado históricamente el derecho iraní a un programa nuclear civil, en tanto han obstaculizado en el Consejo de Seguridad las resoluciones de sanciones más severas. Pero ninguno de los dos actores tiene interés en una Irán nuclear operacional -en su variante militar, por cierto.
Las razones son simétricas, pero cuaja la distinción:
Para China, una Irán con capacidad nuclear operacional desestabiliza el Golfo de una manera que ningún beneficio energético puede compensar. Más grave aún: podría desencadenar una reacción en cadena de proliferación regional -Arabia Saudita ha declarado explícitamente que adquiriría capacidad nuclear si Irán la desarrollara- que convertiría Oriente Medio en un sistema multipolar nuclear imposible de gestionar. China, tras invertir décadas en construir influencia en la región, precisamente aprovechando su posición de potencia no comprometida, no podría operar en ese entorno.
Para el Kremlin, el escenario es igualmente problemático. Moscú tiene su propio interés en el monopolio de facto de las potencias nucleares reconocidas por el Tratado de No Proliferación. Una Irán nuclear no solo genera proliferación regional: sienta un precedente que empoderaría a actores como Turquía o Corea del Sur para reconsiderar sus propias opciones nucleares. El orden de no proliferación, que Rusia ha cuestionado tácticamente en múltiples ocasiones, sigue siendo un marco que le conviene estructuralmente.
La paradoja resultante es la siguiente: China y Rusia han sido los principales habilitadores del programa nuclear iraní durante dos décadas, y son -en simultáneo- los actores con mayor interés en que ese programa no llegue a su conclusión lógica. Epic Fury ha convertido a esa paradoja en operacional: si la decapitación del liderazgo científico-militar iraní no fue completa (y los indicios sugieren que no lo fue), los mandos medios del CGRI que hoy tienen el control del programa nuclear no responden ni a Pekín ni a Moscú, sino a una lógica de supervivencia institucional que podría llevarlos precisamente al umbral que todos los actores quieren evitar.
El orden multipolar ante su primer test existencial
Epic Fury constituye, en rigor, el primer test existencial del orden multipolar que China y Rusia han proclamado como alternativa al unilateralismo occidental. Y los resultados preliminares son reveladores, en el plano analítico.
Epic Fury constituye, en rigor, el primer test existencial del orden multipolar que China y Rusia han proclamado como alternativa al unilateralismo occidental. Y los resultados preliminares son reveladores, en el plano analítico.
El orden multipolar, tal como Pekín y Moscú lo han conceptualizado, descansa sobre tres premisas que dan forma a una suerte de normativa: la soberanía estatal como principio absoluto, la no intervención en asuntos internos de terceros, y la resolución de conflictos a través de marcos multilaterales. Las tres premisas han sido simultáneamente violadas por la totalidad de los actores, incluyendo los propios promotores del multipolarismo.
China intervino activamente en las decisiones operacionales de Irán -un Estado soberano- a través de presión económica directa. Rusia aprovechó el conflicto para sus propios objetivos de infoguerra contra la cohesión atlántica. Irán, pretendido beneficiario de la solidaridad multipolar, descubrió que esa solidaridad tiene un precio de mercado preciso, y que sus aliados la retiran en el momento en que su conducta amenaza los intereses materiales de Pekín, o la posición rentista de Moscú.
Lo que Epic Fury ha revelado, en definitiva, es que el eje sino-ruso no es un orden alternativo en construcción: es una coalición de intereses negativos -unidos por lo que rechazan, no por lo que construyen-, y cuya cohesión se fragmenta precisamente en el momento en que sus intereses positivos divergen.
Esa fragmentación no significa que el multipolarismo sea una narrativa vacía. Significa algo más preciso y más relevante para el análisis: que el orden internacional emergente no será bipolar ni multipolar en el sentido clásico, sino una arquitectura de geometría variable, en la que los alineamientos se reconfiguran en función de cada asunto específico, y en la que potencias como China pueden actuar simultáneamente como aliadas tácticas de Rusia en el frente ucraniano, como árbitros en el conflicto del Golfo y como interlocutores pragmáticos de Washington en los mercados financieros globales. En sus ratos libres, Pekín y el Kremlin pueden incluso permitirse el contrabando de conveniencia de SIGINT hacia Teherán, para que sus fuerzas armadas den cuenta rápidamente de la locación de activos militares estadounidenses.
Ese mundo de geometría variable se exhibe bastante más intrincado y complejo que el mundo bipolar de la Guerra Fría. Es, asimismo, desde la perspectiva del riesgo sistémico, significativamente más inestable: en ausencia de bloques consolidados con red lines conocidas, la probabilidad de ocurrencia del error de cálculo estratégico -que desencadena una escalada no deseada por ninguno de los actores- se incrementa de manera no lineal.
Epic Fury ha demostrado que ese mundo de geometría variable ya no es una proyección académica. Es el presente.
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Con información de Reuters, Wall Street Journal, Foreign Affairs, Carnegie Endowment for International Peace, y fuentes diplomáticas. Análisis estratégico basado en doctrina de relaciones internacionales, inteligencia de fuente abierta y seguimiento en tiempo real del conflicto.
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@MatiasERuiz
Sobre Matias E. Ruiz
Es Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Publicidad. Es Editor y Director de El Ojo Digital desde 2005.