POLÍTICA ARGENTINA: SERGIO J. NERGUIZIAN

Argentina: el golpe del General austero; ensayo de desarrollo autoritario

El asalto al poder había sido bautizado por sus promotores con el presuntuoso...

23 de Junio de 2017
'Si bien el General Onganía no había tomado parte alguna en la instrumentación del "Pacto sindical-militar", ni intervino en el derrocamiento de Illia, era el hombre indicado para asumir el gobierno, y así lo entendieron las Fuerzas Armadas y, especialmente, el Ejército, que controlaba la situación. A los 52 años, llegaba al poder Onganía. Un hombre adusto, de pocas palabras, quien transmitía severidad sin desplantes  y autoridad sin arrogancia (...) De espíritu profundamente religioso, era católico militante, adscripto a la corriente preconciliar, cuyo ritual practicaba sin concesiones'.

Felix H. Laiño; De Yrigoyen a Alfonsín

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El asalto al poder (2) había sido bautizado por sus promotores con el presuntuoso mote de 'Revolución Argentina', donde 'Argentina' -es de suponer- no indicaba el país donde tenía lugar la experiencia, sino la preocupación por señalar que la revolución no sería ni socialista ni comunista. Dos años antes, en ocasión de la V Conferencia de los Ejércitos Americanos (Academia Militar de West Point, agosto de 1964) el General había propuesto que las Fuerzas Armadas debían asumir la misión de 'colaborar en el desarrollo económico y social del país', al tiempo que reclamaba a los gobiernos que cooperaran con los militares 'en la grande acción de gobierno'. Una advertencia severa se desprendía en el cierre del sistema de ideas centrales que dominaban el discurso. Los civiles no debían retacear el rol que pedían los uniformados, ya que, 'al darles participación en el gran diálogo nacional que debe presidir la ejecución de la política general, evitarán el aislamiento reticente de las instituciones armadas'.

Para la misma época, Estados Unidos exporta a las ejércitos de la América Latina la denominada 'doctrina de la seguridad nacional' según la cual: a) el comunismo ha optado por la agresión interna, vía promoción de la subversión, en el contexto de un plan de alcance mundial; b) el subdesarrollo económico puede tornar inviable a la democracia representativa, y tornar utópico el sistema derivado del liberalismo político, y; c) la interrupción del régimen constitucional halla su justificación en el principio según el cual un valor puede ser sacrificado si es el precio de la supervivencia de otro superior en la escala axiológica.  

Juan Carlos OnganíaOnganía (foto; crédito: SegundoEnfoque.com) estima que la democracia en esta parte del mundo no tiene recursos ni talentos para enfrentar el nuevo peligro. Como comandante en Jefe del Ejército Argentino durante el gobierno radical, lo había afirmado sin eufemismos: 'A este enemigo tenaz, fluído, no lo persuadiremos ni lo retardaremos con el sonido de la retórica que tiene la confesión de los errores cometidos ni con la situación de medidas de enmienda en un utópico clima de convivencia pacífica' (3).

Un analista reconocido de las  las relaciones exteriores argentinas ha señalado que las Fuerzas Armadas de la región aceptaron la nueva opción amigo-enemigo, entendida como elección entre el 'estilo de vida occidental y cristiano y la subversión marxista': '(...) La Argentina se sumó a los países que aplicaron la doctrina de  seguridad y desarrollo, lo que, en política exterior, significó erigir el conflicto interno regional (el comunismo o la subversión) y a las ideologías en el principal cartabón para definir amigos y adversarios' (4).

En septiembre de 1965, al celebrarse el Día de la Industria, el presidente  de la organización empresaria dedica la mayor parte de su discurso a emitir señales de alarma ante el inminente flagelo comunista 'En lo que a nosotros concierne, estamos convencidos de que estas denuncias son sustancialmente exactas, y de que la amenaza comunista es tan concreta como perentoria'. Las lacras morales de nuestra sociedad son el mejor caldo de cultivo de la ideología marxista-leninista: 'La corrupción de la vida pública o privada, el descreimiento personal o colectivo, la pérdidia del sentido religioso de la existencia, el menosprecio de nuestras seculares tradiciones, son más peligrosos que la bomba soviética de cincuenta megatones para la suerte de nuestra civilización' (5). Cuando, nueve meses después, se produzca el golpe que terminará con la gestión radical tras menos de tres años de ejercicio, el argumento de la falta de reacción del gobierno y su parsimonia figurarán entre los motivos invocados para legitimar a la Revolución Argentina.

Desde el nacionalismo católico, si bien se brinda adhesión al golpe, se advierte que un vacío doctrinario puede derivar en el fracaso que el extremismo espera para abalanzarse sobre la sociedad: 'La revolución ha declarado la falencia del viejo orden institucional, pero no se ha pronunciado sobre las características del nuevo modelo institucional que se propone construir (...) éste vacío doctrinal puede resultar una peligrosa tentación para ciertas ideologías extremistas que podrían intentar una sectarización de este movimiento'.(6).

El General austero es un 'azul': integró el grupo de oficiales superiores que se identificaron con este color para ahogar las intentonas golpistas de 1962 y 1963 que el sector 'colorado' había liderado. Ahora, el militar otrora garante del orden constitucional es presidente de facto, y la Junta Revolucionaria que lo ha ungido dirije un 'Mensaje al Pueblo Argentino'. Las Fuerzas Armadas asumen la responsabilidad de sacar a la Nación de su marasmo, y la de llevar adelante un programa de modernización global: 'Hoy, como en todas las etapas decisivas de nuestra historia, las Fuerzas Armadas (...) asumen la responsabilidad irrenunciable de asegurar la unión nacional y posibilitar el bienestar general, incorporando al país los modernos elementos de la cultura, la ciencia y la técnica (...)'. El gobierno radical ha derivado en una democracia vacía de sentido, al agotarse en el mero respeto ritual de normas anacrónicas: '(...) Era indispensable eliminar la falacia de una legalidad formal y estéril, bajo cuyo amparo se ejecutó una política de división y enfrentamiento (...) Las Fuerzas Armadas, antes que sustituir un poder, vienen a ocupar un vacío de tal autoridad y conducción, antes de que decaiga para siempre la dignidad argentina'. (7)

Sectores civiles de variados intereses y filiación ideológica hacen su aporte de argumentación legitimadora de la Revolución. Se pone, invariablemente, de resalto que la interrupción del orden constitucional abre un ciclo nuevo en la historia nacional. Ya no se trata de reemplazar un programa económico por otro: se viven las vísperas de una reforma estructural de todo el sistema de gestión de gobierno, para un país al borde del colapso terminal. Cuando se cumpla el primer aniversario de la Revolución Argentina, un Onganía consolidado en el poder se lo recordará a sus colegas de armas: 'La Revolución no es un plan político, ni un calendario electoral; la Revolución no un plan petrolero ni un plan económico. La Revolución es mucho más que eso. La Revolución es un estado del espíritu; es la convicción absoluta de la necesidad de transformar el país; es la decisión irrevocable de transformarlo, sean cuales fueren las dificultades, los obstáculos, las resistencias y los desfallecimientos, si los hubiere'.

En aquel documento, al trazarse un inventario de los objetivos en el plano económico, se citan tres problemas que tienen hoy actualidad, medio siglo después de ser formulados: 'Sabemos que los impuestos argentinos están entre los más altos del mundo;que nuestro interés bancario es también alto;que nuestras cargas sociales son excesivas' (8). Un analista, luego llamado a protagonizar una larga y exitosa carrera como periodista televisivo, tras destacar que Onganía es un caudillo y su emergencia, un hecho excepcional, afirma que el golpe tiene al propio presidente depuesto como uno de sus responsables centrales: 'Al jurar la presidencia en octubre de 1963, Arturo Illia no comprendió el hondo fenómeno que acompañaba a su encumbramiento: que las Fuerzas Armadas, dándole el gobierno, retenían el Poder. El poder seguía allí, en torno a un hombre solitario y silencioso. Ese era un hecho que estaba más allá de las formas institucionales y de las ideas de los doctrinarios: un hecho mudo e irracional, inexplicable y milagroso. La Nación y el caudillo se buscan entre mil crisis, hasta que, para bien o para mal, celebran su misterioso matrimonio. En el camino, quedan los que no comprendieron: los Derqui y los Juárez Celman, los Castillo y los Illia' (9).

Desde el conservadurismo católico -en muchas de sus sutiles derivas-, siguieron con prudente entusiasmo la entronización del general de rostro severo y adusto, al que unos bigotes marciales dieron pábulo para una burla ácida en medio de  la censura imperante en todos los medios de comunicación (10): 'Aunque no ignorábamos que Onganía distaba de ser un modelo de estadista, sabíamos que su ideario básico hallábase impregnado de connotaciones nacionales (...) Su catolicismo militante le había hecho concebir un carácter providencial a su misión, cosa que, sin tener conciencia de ello, lo transportaba lejos de aquí y ahora a un remoto estadio teocrático donde el gobernante, asistido por la Divina Providencia, sacralizaba su carisma y sólo rendía cuenta de sus actos al Señor'. (11)

Tras las primeras horas, el golpe dispuso de un aparato de racionalización del acontecimiento, desde el nacionalismo y desde el liberalismo, por intereses distintos -aunque convergentes. Para los primeros, el exiliado general Perón se animará a afirmar que veía 'con simpatía a la Revolución' , ya que su irrupción constituía el único medio disponible 'para impedir una guerra civil'. Así se dijo que: 'Toda revolución tiene un costo social. Conmover las estructuras de una sociedad no es tarea menuda para que sea emprendida con cierta frivolidad. Quienes se resuelven por este medio de excepción deben estar plenamente convencidos de que no existe otra solución con posibilidades de ser eficiente (...) Las revoluciones son como las operaciones quirúrgicas, a las cuales se apela cuando están agotadas otras instancias menos riesgosas, o cuando el tiempo disponible no permite otra terapéutica progresiva'. (12)

El pensamiento liberal conservador representativo de  las ideas dominantes en el stablishment valora que con el general de rostro impasible se aventa el horror al vacío de poder: 'El absurdo de un gobierno sin poder quedó, por así decirlo, manifiesto y demostrado. Y, con la revolución, todo volvió a su quicio (...) La Argentina se encuentra consigo misma a través del principio de autoridad. El gobierno y el poder se reconcilian y la Nación recobra su destino. La Revolución se piensa como un mecanismo que se ha puesto en marcha para dinamizar la vida nacional. La etapa que se cierra era segura y sin riesgos: la vida tranquila y declinante de una Nación en retiro. La etapa que comienza está abierta al peligro y a la esperanza: es la vida de una gran Nación cuya vacación termina' (13).

El día de la asunción de la presidencia, Onganía descubrió con satisfacción que buena parte de los principales dirigentes sindicales se hallaban en el salón haciendo, como se estimaba, acto de presencia. No podía esperarse otra actitud que la complacencia con una Revolución que había terminado con un gobierno al que se lo consideraba ilegítimo, ya que había llegado al poder con el peronismo proscripto. Militares de segundo nivel en la jerarquía habían mantenido discretas reuniones con los líderes de la C.G.T., en las que se les había asegurado que Onganía estaba dispuesto a permitirles practicar el juego que conocían bien: presionar y negociar, mano férrea unas veces, dialogadas concesiones en otras. Dos hechos fuera de programa enturbiaron las buenas intenciones: los militares contienen un núcleo duro que cree que la Revolución debe ser severa en una primera etapa hasta afianzarse y a su vez, al interior de la organización de los trabajadores, no tarda en desatarse una serie de fragmentaciones asociadas a la manera de pararse frente al golpe. Así es que el gobierno pone en marcha un plan de racionalización de recursos humanos que en la práctica significa el cierre de ingenios azucareros y la modificación sustancial del régimen de trabajo portuario. La central obrera, ahora sin alternativas idóneas para evitar su colapso, decreta un 'plan de lucha'. La huelga dispuesta para el 1 de marzo de 1967 es declarada 'subversiva' por el gobierno: se ordena la intervención de casi todos los sindicatos de mayor peso, incluído el de los metalúrgicos que lidera Timoteo Vandor. El 9 de marzo, la C.G.T. da por terminado su conato de resistencia: Onganía tiene ahora el control.

El ex presidente Arturo Frondizi, derrocado por un golpe militar cuatro años antes, ofrece todo su apoyo a la 'Revolución Argentina'. A lo largo de varios meses de 1966, con el seudónimo de Dorrego, escribe en la revista Confirmado artículos 'destinados a definir la orientación del régimen surgido el 28 de junio'.  

La justificación de la interrupción del orden constitucional que construye el pensamiento conservador parece un credo común en todos los ámbitos de la política argentina. Un epígono del pensamiento entonces hegemónico lo resume con estilo: 'Un gran demócrata francés de renombre universal dijo alguna vez—a mi juicio, con razón—que, después de grandes convulsiones, el servicio mayor que se puede prestar a la causa de la libertad es admitir limitaciones a la misma que permitan ir restableciendo paulatinamente su imperio, y nosotros hemos pasado por perturbaciones suficientemente graves de nuestro sistema institucional, de nuestro modo de vida y de la psiquis colectiva, como para que la máxima nos resulte especialmente aplicable'. (14)

Illia y Onganía intentaron con métodos distintos resolver la cuestión peronista. Uno estimó que su indudable honestidad personal y el brillo de las virtudes republicanas de su partido opacarían al líder en el exilio. El otro, altivo oficial de caballería, imaginó que el discurso del sable podía forzar una rendición negociada que excluyera toda supervivencia del tirano prófugo. La noche del 28 de junio, el presidente radical, mientras iba en auto a comenzar pronto su etapa final en la digna pobreza, habrá supuesto que el dilema central argentino (es decir, el protagonismo del peronismo como sujeto social dominante) era insoluble.

Onganía lo comprendería casi tres años después, cuando una revuelta de estudiantes y obreros cordobeses, con la anuencia discreta de sus pares del arma, lo condenará al retiro. Austero y parco hasta el último día, medido y cauteloso, habrá esperado la muerte con serenidad marcial y sin aceptar la lección de la Historia.
 

Referencias

(1) Felix Laiño (1909-1999) fue durante un período notablemente extenso (1937-1984) Secretario General de Redacción del diario La Razón.
(2) Empleamos el término asalto por constituir el hecho un acceso violento al poder, es decir, por medios no autorizados por la Constitución Nacional.
(3) Diario La Nación, 1ero. de setiembre de 1965.
(4) Juan Archibaldo Lanús, De Chapultepec al Beagle. Política exterior argentina entre 1945 y 1980. Emecé, 1984; pag. 159.
(5) Diario La Nación. 3 de setiembre de 1965.
(6) Raúl Puigbo, Prólogo a 'La Revolución Argentina Análisis y Perspectiva'.
(7) Mensaje al País de la Junta Revolucionaria, 29 de junio de 1966.
(8) Discurso del Presidente ante las Fuerzas Armadas, 6 de julio de 1967.
(9) Mariano Grondona, en revista Primera Plana. del 30 de junio de 1966.     
 (10) La revista satírica Tía Vicenta publicó un número en cuya tapa se apreciaba una caricatura del presidente con cuerpo de morsa por la semejanza de los bigotes con los colmillos del animal. El atrevimiento le costó la clausura y desató una vorágine de prohibiciones entre las que descuella el levantamiento de la Opera Bomarzo del argentino Alberto Ginastera.
(11) Marcelo Sánchez Sorondo, Memorias.Conversaciones con Carlos Payá, Sudamericana,2001; pag. 173.
(12) Puigbo, ídem cita 6.
(13) Grondona, ídem cita 9.
(14) Federico Pinedo; La Argentina en un cono de Sombra, CDEL, 1968; pag. 244

 
Sobre Sergio Julio Nerguizian

De profesión Abogado, Sergio Julio Nerguizian oficia de colaborador en El Ojo Digital (Argentina) y otros medios del país. En su rol de columnista en la sección Política, explora la historia de las ideologías en la Argentina y el eventual fracaso de éstas. Sus columnas pueden accederse en éste link.