POLITICA: MARIANO ROVATTI

Ruptura o continuidad

Cada vez que finaliza un ciclo político, el gran desafío para los líderes que pretenden conducir el período siguiente...

11 de Febrero de 2014
Cada vez que finaliza un ciclo político, el gran desafío para los líderes que pretenden conducir el período siguiente consiste en determinar el grado de ruptura o continuidad que se le ofrecerá a la sociedad. En naciones estables, con sistemas institucionales y económicos consolidados, generalmente las propuestas tienen más de continuidad que de ruptura. Esta última supo registrarse sólo en determinadas circunstancias. En la Argentina –sitio donde todo es distinto al resto del mundo-, el planteo ha sido variado, desde la restauración democrática.
 
En 1983, con la salida de la dictadura militar, Raúl Alfonsín interpretó mejor que nadie la necesidad y el deseo de ruptura con el régimen, la que abarcó el terreno político, económico y social. Denunció un presunto pacto sindical-militar que resultó clave para la construcción de su imagen de ruptura con el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Logró colocar al peronismo como un factor de continuidad del régimen, a pesar de haber sido ese movimiento el que más persecuciones y desapariciones padeció durante los años setenta. Pero la presencia de dirigentes de la ortodoxia gremial y la derecha peronista en el primer plano favorecieron el éxito del planteo alfonsinista. Si hubo un pacto, éste fue implícito, y si no lo hubo, Alfonsín logró hacérselo creer a la ciudadanía.
 
En 1989, Carlos Menem ofreció al país la continuidad del sistema democrático y la ruptura con el modelo económico-social del alfonsinismo, que terminó su gestión en medio del caos hiperinflacionario y con un estallido social. Su oponente, Eduardo Angeloz, encarnaba una continuidad con matices ante lo ofrecido por Alfonsín, pero su propuesta fue desestimada por las mayorías.
 
En 1995, el riojano ofrecía la continuidad total de su modelo, con posibilidades de profundizarlo, lo que fue bienvenido por una mayoría aún más holgada que la registrada seis años antes. José Octavio Bordón y Chacho Alvarez proponían un quiebre integral con el modelo menemista.
 
En 1999, hacia el fin del menemismo, ninguna de las fuerzas políticas ofrecía grado alguno de continuidad. El candidato peronista Eduardo Duhalde garantizaba esa continuidad desde lo político pero planteada desde cierto rupturismo en lo económico, en tanto la Alianza, con Fernando de la Rúa y Carlos Chacho Alvarez, proponían continuidad económica y un quiebre desde lo político. La sociedad optó por esta última alternativa: la gente de a pie valoraba la estabilidad y el aumento de la producción del menemismo, pero rechazaba sus altos grados de corrupción y de concentración del poder.
 
Apenas dos años después, la caída de De la Rúa generó un deseo de desapego generalizado, conforme el modelo económico se agotó y la Alianza no pudo garantizar cambio alguno en materia de corrupción. Peor aún, el escándalo de las coimas (sobornos) en el Senado significó una profundización de la matriz corrupta del menemismo.
 
De aquella crisis emergó Duhalde, quien materializó la ruptura propuesta dos años antes, decretando el fin de la convertibilidad y la pesificación asimétrica. En 2003, a partir de un proceso de reconversión de la economía conducida por Roberto Lavagna y la restauración de la autoridad presidencial, la sociedad demandó continuidad en todos los ámbitos: Néstor Kirchner y Daniel Scioli encarnaron esa posibilidad con la bendición del duhaldismo.
 
En 2007 y 2011, con diferentes matices, la sociedad insistió en ese deseo de continuidad. La bonanza económica estimulada por los precios internacionales de los commodities, la abundante ayuda social de tipo clientelar y la inconsistencia de las propuestas opositoras conformaron el marco para ello.
 
Hoy, la gran pregunta es: ¿qué demandará la sociedad ahora, con el fin del kirchnerismo a la vuelta de la esquina?
 
En las últimas elecciones de medio término, pareciera ser que la comunidad exigió a sus dirigentes una ruptura en la forma de hacer política, poniendo fin a las discordias y a las confrontaciones permanentes, aunque manteniendo -a grandez trazos- el modelo económico-social. Sergio Massa se convirtió en el dirigente que mejor captó ese sentimiento.
 
Pero los hechos nunca se quedan quietos, y la película transita aceleradamente hacia otro escenario: un proceso inflacionario que se acelera y descontrola, signos cada vez más frecuentes de descomposición del poder presidencial, conflictividad social en aumento, y evidencias crecientes de corrupción de los funcionarios, que se traducen en servicios públicos colapsados (energía eléctrica, combustibles, rutas, ferrocarriles, etc.). El panorama invita a considerar que el posicionamiento de 2013 no será el mismo que el del 2015, si acaso se cumplen los tiempos electorales previstos legalmente.
 
Frente a este escenario, y en lo que respecta a continuidades y rupturas respecto del actual modelo, ¿qué oferta son hoy para la sociedad cada uno de los referentes políticos? 
 
Daniel Scioli parece ofrecer el mayor grado de continuidad. Su esquema de poder sugerido es casi el mismo que el actual, variando sólo la cabeza. El Gobernador de la Provincia de Buenos Aires se ofrece como un heredero manso del kirchnerismo, modificando sólo el estilo de comunicación y dejando atrás la confrontación permanente. Asimismo, ofrece restaurar relaciones con el poder económico, cuyo trato con el oficialismo ha sido pendular. El sistema de apoyos que lo respalda se compone de exponentes probados en la política, pero con un mínimo grado de renovación.
 
Por su parte, Elisa Carrió se propone como un quiebre brutal no sólo frente al Gobierno Nacional sino contra todo aquello que huela a peronismo. Plantea un presunto pacto de impunidad del Partido Justicialista, metiendo en la misma bolsa a Cristina Fernández, a Daniel Scioli y a Sergio Massa. No obstante, la chaqueña no argumenta en detalle las razones por las cuales Scioli y Massa verían conveniente proteger o cubrir la Presidente: sólo sugiere que, al ser parte del mismo gobierno, todos se encuentran irremediablemente implicados en los mismos chanchuyos. Lilita intenta lograr el mismo efecto que generó la denuncia de Alfonsín en 1983. El tiempo determinará si cosecha idéntica credibilidad.
 
Desde su resucitado antiperonismo, Carrió parece convertirse en una pieza funcional al kirchnerismo, ofreciendo un grado de continuidad: la del modelo de confrontación e intolerancia que caracteriza al gobierno desde el 2008, al momento de estallar la crisis del campo. Carrió es la contracara de odio gorila que demanda el odio nacional y popular.
 
Hermes Binner, Julio Cobos y Ernesto Sanz ofrecen moderación o indefinición, según se analice. Claramente, proponen un quebranto con el estilo confrontativo y del sistema de corrupción del kirchnerismo, pero resulta una incógnita cuál es el modelo económico social que proponen. Quizás lo sea también para ellos mismos.
 
Mauricio Macri ofrece, desde su discurso, una separación frente a lo visto hasta aquí en todos los frentes: político, económico y social. Si la crisis entra en una espiral de agravamiento sin salida, será el candidato más favorecido. Al igual que Carrió, ofrece ruptura con el peronismo en su conjunto, pese a tener entre sus cuadros a numerosos dirigentes provenientes del PJ, que son además, sus operadores políticos más eficaces.
 
Pero el Jefe de Gobierno porteño ofrece una relativa continuidad desde el aspecto moral. Si bien aún no han estallado escándalos comparables con los que protagonizan funcionarios nacionales, ya han existido algunos hechos que merecen atención, como la exención de impuestos con la que se benefició al zar del juego Cristóbal López, empresario asociado al kirchnerismo. Macri debe corregir este tipo de situaciones si de lo que se trata es de no ofrecer flancos débiles que puedan afectar su credibilidad.
 
Por último, Sergio Massa propone abandonar el estilo de confrontación, con el modelo económico –es el único postulante que enarboló el tema de la inflación como prioritario y que tiene ya un equipo trabajando en ello-, con la inseguridad y el auge del narcotráfico. A través de los intendentes que lo apoyan, ofrece una camada de dirigentes sub 50, con aires de renovación, lo que marca un nivel de ruptura con la clase política en general. El posible punto débil de Massa es el grado de continuidad que pueda atribuírsele con la gestión kirchnerista, en especial a lo referido a los hechos de corrupción, tal como plantea Carrió. Si bien es cierto que la participación de Massa en el gobierno vio su final en 2009, no deja de ser certero que se propuso oportunamente como candidato testimonial junto a Néstor Kirchner y Daniel Scioli y que, en el 2011 fue reelecto intendente con la boleta del Frente para la Victoria. El intendente de Tigre deberá poner el acento en que tuvo que irse del justicialismo y fundar un nuevo partido, retomando uno de sus proyectos de campaña frente a la corrupción. Había propuesto llevar adelante una operación similar a la conducida por el fiscal Antonio Di Pietro en Italia en 1992 (mani pulite), para lo que sugería contratar al mismo Di Pietro para que lo asesorara. Hasta ahora, fue la única idea concreta de algún postulante en la materia, pero no fue vuelta a impulsar por Massa.
 
La situación pone en el tapete los alcances del rol del líder, esto es, anticiparse a la realidad y conformar planteos que aún no son comprendidos por la ciudadanía o, simplemente, captar los emergentes sociales y proponerle a la comunidad lo que ésta desea o cree necesitar.
 
En compañía de este dilema, también es menester tener en cuenta que la anticipación de la realidad sin hacerlo desde una posición de poder suele ser poco fecundo en cuanto a la transformación de aquélla. A raíz de esto, el líder necesita, ineludiblemente, acceder al poder con el objetivo de trascender. Llegada esa instancia, el timing de cada liderazgo expondrá qué porción habrá de usarse de anticipación y cuánto de oportunismo. Cuánto de ruptura y cuánto de continuidad en su oferta.
 
Más allá del análisis, solo es posible constatar hechos históricos, pero éstos son considerados e interpretados en conformidad con la ideología, las experiencias personales, los intereses de clase, y pautas culturales. Cuando las opiniones son tomadas como hechos irrefutables, el analista cae en la intolerancia y el fanatismo; se convierte, entonces, en presa fácil de relatos armados con los que intereses sectoriales concretos intentan imponerse.
 
Nuestra historia abunda en ejemplos.
 
 
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