ECONOMIA INTERNACIONAL: MANUEL SUAREZ-MIER

La batalla por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)

Mis lectores me pidieron que ahondara en la batalla por aprobar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y, en aspectos innovadores de esas pláticas...

04 de Noviembre de 2013
Manuel Suárez-Mier es Profesor de Economía de American University en Washington, DC.
 
Mis lectores me pidieron que ahondara en la batalla por aprobar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y, en aspectos innovadores de esas pláticas -cruciales para llevar a buen término el proyecto y dotarlo de indudable legitimidad, como fueron las consultas con el sector privado mexicano “en el cuarto de junto”.
 
En las numerosas mesas en las que ocurrían las conversaciones para liberalizar el comercio y proteger inversiones y propiedad intelectual, se convocó a representantes de las industrias objeto de cada negociación para que asesoraran a nuestros negociadores, que al llegar a algún acuerdo con sus contrapartes de Estados Unidos y Canadá, interrumpían la sesión para conversar con ellos en privado las propuestas sobre la mesa.
 
De esa manera, se llevaban a cabo los ajustes necesarios en lo negociado pues, si bien los funcionarios que participaban de las conversaciones eran excelentes economistas y abogados, no conocían los detalles operativos y microeconómicos de las actividades bajo tratamiento tan bien como los dueños y directivos de las empresas productivas.
 
Este mecanismo de consulta funcionó notablemente bien bajo la coordinación del empresario azucarero —y hoy también refresquero— Juan Gallardo Thurlow quien presidió la COECE (Coordinadora de Organizaciones Empresariales de Comercio Exterior), que logró convocar a los principales empresarios mexicanos a participar.
 
En el aspecto jurídico, el sector privado mexicano también jugó un papel importante en asesorar a nuestros funcionarios negociadores, lúcido esfuerzo coordinado por el hoy Embajador de México ante EE.UU., Eduardo Medina Mora.
 
Los sectores privados y académicos de los tres países también contribuyeron en forma crucial a iluminar los argumentos y apoyar la causa del TLCAN en un esfuerzo espejo al que describí la semana pasada realizado por el Gobierno de México, publicando análisis y organizando eventos informativos en todo el territorio estadounidense.
 
Si bien el más ostensible objetivo del TLCAN fue abrir el comercio entre los tres países del área, el propósito de fondo era el de anclar en un basamento institucional y jurídico firme las reformas económicas emprendidas por el Gobierno de México a criterio de liberalizar y modernizar su economía luego de la crisis de la deuda de 1982.
 
Por su parte, los críticos del TLCAN en los Estados Unidos de América conformaban un grupo variopinto, objetando que su país negociara un acuerdo de libre comercio con México por las más diversas y contradictorias razones y desde muy dispersos ángulos políticos:
 
Los sindicatos -representados por su principal federación la AFL-CIO- se oponían, sustentando que sus agremiados perderían millones de puestos de trabajo que se trasladarían a México, en donde los salarios eran mucho menores. Esta tesis ignoraba que la productividad en promedio de nuestros trabajadores era, también, inferior.
 
La comunidad negra, representada por líderes como Jesse Jackson, se opuso por motivos ideológicos y con argumentos tan estruendosos como falaces, como ser, que "(...) el trabajador de los Estados Unidos de América no puede competir con jornaleros esclavizados".
 
En el otro extremo del espectro político, personajes de la extrema ultraderecha, como el senador republicano de Carolina del Norte Jesse Helms, impugnaban el TLCAN con el argumento que no se podía negociar "(...) con una dictadura de partido como la que gobernaba México desde hacía 65 años".
 
Grupos ecológicos altamente ideologizados se resistieron al Tratado, argumentando que la contaminación ambiental iba a crecer aún más rápido que la expansión del comercio, sin reparar en el hecho que un acuerdo permitiría adoptar códigos de conducta en esta materia que no serían posibles en su ausencia.
 
Quizás el opositor más peculiar en esta disímbola colección de enemigos del TLCAN fue el millonario texano Ross Perot, quien se propuso impedir el libre comercio con México como su misión en la vida. Su autofinanciada candidatura presidencial en 1991, en la que capturó 19% del voto, le costó la reelección a George Bush padre y le franqueó la ruta a la Casa Blanca a Bill Clinton. Perot objetaba el TLCAN por razones similares a las de los sindicatos, pero su campaña se desinfló luego de la paliza retórica que le infligió el Vicepresidente Al Gore en un debate televisado.
 
Los detractores del Tratado en Estados Unidos tenían feroces aliados mexicanos que temían, con razón, que su aprobación haría imposible revertir las reformas liberalizadores iniciadas al término de los regímenes populistas de Echeverría y López Portillo. Pero existían oponentes que creían que el Tratado era tímido y no planteaba integrarse a fondo, con transferencias para alentar el crecimiento de México, como en Europa.
 
En este último punto, cabe recordar el refrán popular que reza que “lo mejor es enemigo de lo bueno”, pues no habría existido TLCAN en esos términos.
 
 
Este artículo fue publicado originalmente en Excelsior (México) el 31 de octubre de 2013.
 
 
Manuel Suárez-Mier | The Cato Institute, sitio web en español