SOCIEDAD: POR GABRIEL MARTIN, PARA EL OJO DIGITAL

La Argentina violenta y la hora de la Tolerancia Cero. Homenaje a Ramón Valdezzani y mensaje a los policías del país

Apuntes sobre el intolerable repunte de la violencia que azota a la Argentina de los Kirchner, enmarcado en el reciente homicidio de Ramón Valdezzani, hombre de la Gendarmería Nacional y que desarrollaba tareas en Campo de Mayo. La necesidad de extremar las medidas contra la marginalidad, y una misiva para los uniformados de la nación.

21 de Julio de 2010
El reciente homicidio de Ramón Valdezzani -sargento ayudante de Gendarmería Nacional que se desempeñaba en Campo de Mayo, y que se encontraba de licencia médica- a manos de un delincuente traerá -con seguridad y conociendo el espíritu que impera en esa fuerza- una reacción importante. Esta respuesta tendrá lugar, en oposición a la delincuencia y muchos que viven de lo ajeno o son conocidos narcotraficantes. Ciertamente, estos personajes se lamentarán de haber "despertado" a esta porción de las fuerzas federales vestidas de verde que, al contrario de sus colegas de la Policía Federal o Bonaerense, se quedan petrificados ante la muerte de camaradas en manos de marginales, o bien solo los despiden "con honores" y alguna póstuma promoción. Federales y Bonaerenses parecen haberse "acostumbrado" a despedir, con rigor semanal, a algún miembro de la institución en que revistan, que cae bajo la inclemencia de las balas de la delincuencia y muchas veces ni siquiera estando en servicio. La mayoría de los hombres de las policías se queda sin hacer realmente nada, y cuando se consigue capturar al homicida u homicidas, estos o bien resultan ser menores de edad (y técnicamente inimputables), o bien hace su aparición algún juez o fiscal de corte garantista y les permiten esperar en sus hogares hasta llegada la instancia judicial. Castigo que -con mucha suerte- no superará una condena de tres o cuatro años, viéndose garantizada su libertad. La razón: en la letra de la Ley, el victimario "es inocente hasta que se demuestre lo contrario". Pero la mayoría de estos delincuentes reinciden en su accionar y retornan raudamente a las calles. Estas situaciones, de más está decir, desaniman al más "Patria" de los policías, que ven cómo su faena termina careciendo del menor sentido. Un pensamiento es común entre los hombres de las Fuerzas de Seguridad de todo el país: ¿Para qué hacerse matar? ¿Vale la pena hacerlo por un sueldo miserable que obliga a recurrir a los servicios adicionales en jornadas hasta de 20 horas diarias ininterrumpidas, entre horas de servicio y horas adicionales? ¿Hacer esto solo para redondear una suma de dinero que medianamente permita llegar a fin de mes, cubriendo los gastos de manutención de su familia en muchos casos? Ello a veces se logra, pero la mayor parte del tiempo se vuelve una misión imposible. Entonces, el uniformado se endeuda con las mutuales (que ahora los gobiernos provinciales pretenden manipular a su antojo), o bien recurren a compañeros prestamistas que viven en mejor situación. Las razones del endeudamiento generalizado de las fuerzas policiales del país coincide con una necesidad fundamental: los hijos lo demandan. Está la necesidad de cumplir con los gastos derivados de educación y otras erogaciones que hacen a manutención de la propia familia. Se trata, casi siempre, de la misma familia que vive con el corazón en la boca hasta que el hombre de la casa, padre o hijo (pues muchas veces la familia es de tradición policial) vuelven sanos y salvos a sus respectivos hogares. Esto es moneda corriente, y tiene rigor diario. Quien esto escribe es consciente de la existencia de aquellos que viven del "mangazo". Si no es la pizza, es la gaseosa, e incontables etcéteras. También puedo decir que conozco los casos de aquellos que cruzan ese delgado hilo que divide las zonas de los buenos policías con las de los malos. Los uniformados que se transforman en poliladrones o, peor aún, polinarcos. Pero también estoy en condiciones de afirmar que este mal elemento representa a porciones minoritarias, en cualquier fuerza que se trate. Vale la pena compartirle al lector que quien esto escribe no se anota en el rubro de ignorantes supinos consideran que las fuerzas policiales son todavía dirigidas por los Saint Jean, los Camps o los Harguindeguy. Y ciertamente no juzgo a todos a partir de la mala acción de un puñado de delincuentes que se vistieron de azul u otro color en forma temporaria pues, si fueran abogados, supervisores de supermercado o vendedores de maxikiosco, serían igualmente delincuentes. Aquel que ha nacido para ladrón, a la corta o a la larga caerá por esa misma condición. En rigor, lo imperdonable de la actitud de los buenos policías es que la muerte de un camarada o colega "les resbale", o que tomen esas violentas desapariciones como algo cotidiano e inevitable. Mas los muchachos "vestidos de verde", esos que conocemos pues son los custodios de frontera ("Centinela de la Patria") o de instalaciones muy particulares y específicas en la órbita del Estado Nacional, y que día a día libran una desigual batalla contra los narcotraficantes que intentan ingresar sustancias ilegales desde países vecinos, tienen códigos. Pues una cosa es morir en acción o en cumplimiento del deber, y otra muy distinta, ser ejecutado a sangre fría para que le sean sustraídas las pertenencias o porque le vino en gana a los delincuentes liquidarlo. Sé que, mientras Ud. lee estas líneas, en muchas guarniciones y dependencias de la fuerza, numerosos gendarmes estarán juramentándose para que la muerte de este hermano, compañero y camarada no sea vana, ni mucho menos olvidada. Importante es para mí recalcar que, a través de estas líneas, no persigo el fin de incitar a la violencia o la venganza. Realmente considero que, si acaso las Fuerzas de Seguridad retomaran la responsabilidad de una verdadera lucha contra la delincuencia, sin prestar atención a lo que digan los defensores de los "Derechos Humanos de los delincuentes" en sus diversas expresiones ("Madres", "Hijos", etc.), los índices de violencia irremediablemente bajarían. También contemplaríamos este escenario hoy soñado, si los fiscales y magistrados apoyaran sinceramente el accionar policial y unificaran -siempre dentro de la ley- las interpretaciones que ellos hacen de las mismas leyes. La violencia y la "inseguridad" no desaparecerían, pero sus índices ni por asomo serían los que conocemos hoy. Por último, si la dirigencia proveyera las armas, los pertrechos y entrenamiento, sumados a la logística y el apoyo político total a las Fuerzas de Seguridad, en poco tiempo podría atribuírseles idénticas expresiones de aprobación como las que se granjeó en su oportunidad Rudolph William Louis Giuliani, alcalde de Nueva York entre los años 1994-2002, cuyo mandato giró en torno a tres pilares fundamentales: la lucha contra el crimen, el desarrollo económico y la Educación. Bajo su administración, el crimen se redujo en general en un 65%, los asesinatos se vieron recortados en un 70% y la ciudad de New York -antigua y mundialmente conocida por sus peligrosas calles- fue declarada por el FBI como la ciudad más segura de Estados Unidos, durante el segundo mandato de aquel bien recordado intendente. El éxito se debió a la promulgación de la llamada Estrategia Policíaca Número Cinco (o "Tolerancia Cero"), la cual tuvo como fin "reclamar los espacios públicos de Nueva York". Un intento que el Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, supo llevar adelante en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, también reclamando los espacios públicos nuevamente para los ciudadanos. Lo hizo a partir de la implementación de la Policía Metropolitana (y el reclamo de la Superintendencia de Seguridad Metropolitana de la Policía Federal, con sus 52 comisarias en la ciudad, los 11.000 hombres que la componen y el presupuesto asignado correspondiente) pero debió sucumbir ante los reclamos de los "progresistas" que habían gobernado la Ciudad y no pocos albaceas del kirchnerismo, que aunaron esfuerzos para convertirse en una verdadera "máquina de impedir". A estos, por cierto no les importó que la inseguridad urbana llegara a los niveles que hoy conoce. Como tampoco le ha interesado a estos gobernantes "que supimos conseguir", convertir en ilegal el cortar calles, rutas, utilizar capuchas, portar "tumberas" y palos, romper cabinas telefónicas, vidrieras, automóviles, colectivos, pegarle a la autoridad o llenarlos de escupitajos por deporte, y que los delincuentes se rebelen ante ellos y mientan descaradamente, diciendo que son "reprimidos" y "golpeados" cuando lo cierto es que los uniformados solo se defienden de sus arremetidas. A nuestra dirigencia política, la problemática de la seguridad los ha desbordado -esto es innegable- y llevará su tiempo recomponerla. Pero, en algún momento, habrá que tomar al toro por las astas. De lo contrario, no estará lejos el día en que el Pueblo se harte definitivamente y comience a administrar la política de "Tolerancia Cero" en propia mano. Sin nadie que pueda impedirlo ni, mucho menos, criticarlo. Hemos visto, en los titulares de los periódicos de este martes 16 de febrero, el caso de un joyero que le birló el arma a uno de los asaltantes que iban a ejecutarlo, y disparó contra uno de ellos en defensa propia, terminando con su vida. No obstante ello, el comerciante fue demorado y llevado con las esposas puestas. Los vecinos y los curiosos lo aplaudían a rabiar, mientras era conducido al patrullero. Este es el tratamiento que se dispensa a las víctimas en nuestra sociedad actual. Tratamiento taxativamente obsequiado por los referentes de los "Derechos Humanos", quienes -nadie lo duda- defienden con abogados, dinero y exposición mediática a la delincuencia pura y dura. Es mi pensamiento que, más vale temprano que tarde, los profesionales en materia de seguridad en la República Argentina -llámese Policías Federales, Gendarmes Nacionales, personal de la Prefectura Naval y policías provinciales- comiencen a cumplir con sus deberes, a saber, Prevención, Investigación, Represión de delitos y encarcelamiento efectivo de los delincuentes. Entiendo que existe la posibilidad de que sean acusados de "brutalidad" y sandeces similares por los garantistas y pseudoprogresistas de siempre, pero no caben dudas de que, desde ahora, el 99% de la ciudadanía los apoyará. Aquellos que trabajamos honradamente necesitamos de vuestra profesionalidad para defendernos de una delincuencia impune, y porque necesitamos dejar de vivir en esta inseguridad que nos obliga a encerrarnos en nuestras propias casas. Considerando que, en incontables casos, no alcanza para sentirse seguro siquiera viviendo entre rejas, con seguridad privada o garitas. Ustedes fueron siempre quienes impusieron la Ley y el Orden. Necesitamos que vuelvan a las calles; necesitamos verlos de día y de noche patrullando y saber que nos están cuidando. Háganlo por las miles de víctimas de la inseguridad y por sus compañeros, camaradas, colegas y hermanos asesinados en cumplimiento del deber o ejecutados simplemente por ser "polis", gendarmes o "marineros de agua dulce". El Estado los preparó para brindarnos seguridad y ese Estado es la misma sociedad de la que ustedes y sus familias forman parte. Otra explicación, simplemente está alejada de la realidad. Más allá de los malos políticos, de los jueces y fiscales garantistas, de los falsos defensores y profetas derechohumanistas, existe un Pueblo que aguarda que se empiece hacer Justicia, y no tengan dudas que los sostendrá en su misión. Este Pueblo es hoy una mayoría silenciosa, pero mañana, bien podríamos ser los que "hagamos tronar el escarmiento". Por Gabriel Martin, para El Ojo Digital Sociedad. E-mail: gabriel (arroba) martin.net.ar.
Por Gabriel Martin, para El Ojo Digital Sociedad