SOCIEDAD - TEMAS DE LA HISTORIA: POR OSVALDO S. TOTOSS

La perseverancia del último gran profeta

Mahoma fue un profeta, pero jamás realizó milagro alguno. No era un místico; no sabía leer ni escribir, y no comenzó su misión hasta pasados los cuarenta años de edad. Cuando anunció que era un mensajero de la divinidad y que era su palabra la que anunciaba la nueva religión, fue burlado, ridiculizado y hasta tachado de loco.

21 de Julio de 2010
Los niños se ensañaban con Mahoma, arrojándole piedras o bien haciéndole zancadillas para hacerlo trastabillar y caer. Las mujeres, por su parte, le arrojaban lodo y cuando predicaba, falsos oyentes tocaban música para que no se pudiera oir su discurso. Fue desterrado de su ciudad natal, La Meca -de aquí que se dijera popularmente que "nadie es profeta en su tierra"-, e incluso sus seguidores fueron despojados de todos sus bienes personales, justo antes de ser enviados, junto con su profeta, al desierto. Al cabo de diez años de prédica, Mahoma no había obtenido gran cosa, salvo pobreza, el destierro y el ridículo. Pero, diez años más tarde se convirtió en dictador de Arabia, gobernador de La Meca y cabeza de una nueva religión mundial que estaba destinada a extenderse a través de Europa oriental, a través del Danubio y los Pirineos hasta finalmente extinguirse en su ímpetu. Este ímpetu se sostenía en un trípode : el poder de la oración, la eficacia de la palabra y el parentesco del hombre con Dios. Pero la carrera del profeta siempre estuvo carente de sentido. Mahoma había nacido -según la tradición, en el año 571- de una familia tradicional de La Meca, venida a menos y empobrecida. Su padre, quien conducía una caravana hacia Siria, falleció, dejándole muy pequeño, con cinco camellos, unos cuantos corderos, y una esclava como herencia. A los seis años perdió a su madre y fue adoptado por su abuelo en un principio; más tarde quedó bajo custodia de su tío. Huérfano y sin recursos, Mahoma se convirtió en pastor, un oficio menospreciado por aquellos tiempos. Así fue que se crió, obteniendo fuerza y salud de la leche de madres vicarias y nómades. A los veinticuatro años, entró en servicio de una rica viuda como jefe de sus caravanas. Viajó por todos los rincones del Oriente Medio, trabó relación con numerosos líderes tribales y comerciantes de las más diversas creencias, a la vez que atestiguó el declive del cristianismo, que comenzaba a dividirse en sectas. A los veintiocho años, Kadisha, la viuda para la cual desempeñaba tareas en la caravana, comenzó por tomarle cariño y contrajo nupcias con él. Pero el padre de Kadisha expresó de inmediato su desacuerdo : su hija no debía casarse con un pobre. "Grandes personajes la han pedido en matrimonio y no voy a darla a un huérfano pobre, sin ocupación", fueron los duros conceptos del progenitor de la viuda. Fue así como Kadisha preparó un festín y recomendó a Mahoma que pidiera la mano de ella a su padre, ni bien este estuviese borracho. Ni bien se produciese el consentimiento, Kadisha celebraría el matrimonio sin perder tiempo. Durante el banquete, Kadisha ordenó que se sirviera mucho vino a su padre, hasta que "pintó pedal". Cuando el tío de Mahoma realizó la demanda, el padre asintió inmediatamente, tras lo cual todos se dirigieron a sus aposentos para pasar la noche. Al despertar, el padre de Kadisha se encontró a sí mismo cubierto de perfumes, y al preguntar la causa, se le dijo : "Acabas de casar a tu hija". El furioso padre de la mujer amenazó con entablar pleito y obligar a Mahoma a rechazar a su hija pero ella respondió que tal actitud la deshonraría y que las gentes del lugar comenzarían a hablar mal de ella. Dijo Kadisha : "No necesito riquezas, sino un hombre que sea mi igual". Mahoma amó a Kadisha y luego de transcurridos doce años a partir de la unión, él vivió como un rico y respetado burgués, además de granjearse una reputación de águila para los negocios. Como muchos habitantes de La Meca, Mahoma tenía la costumbre de dirigirse a la cima de una montaña, situada a una hora de la ciudad. El profeta transitaba ese camino con los pies desnudos, y pisando rocas puntiagudas y abrasadoras; allí oraba, ayunaba y meditaba. A sus cuarenta años, regresó de la travesía y, al retornar a Kadisha, explicóle que el ángel Gabriel se había revelado ante él, anunciándole que sería el mensajero de Dios. El Corán -lectura-, palabra revelada por Dios, fue lo más aproximado a un verdadero milagro en la vida de Mahoma. Mahoma no era un poeta; no poseía el don de una palabra brillante. Empero, los versos del Corán, tales como eran revelados y recitados a los fieles, eran muy superiores a los versos que pudieran crear los habitantes de las tribus de la región. Para los árabes -pueblos harto sensibles frente a las artes y las letras-, fue un auténtico milagro. Para ellos, el don de las hermosas palabras era lo más grande que Dios podía concederle a un hombre. Por aquel tiempo, un poeta era considerado un ser cuasitodopoderoso. Por añadidura, el Corán sostenía que todos los hombres son iguales ante Dios -Alá- y que el mundo entero debía ser un estado demócrata -el Islam, cuya definición etimológica es "entrega incondicional"-. Fue precisamente esta herejía, combinada con el deseo de Mahoma, de destruir los 360 ídolos que se alzaban en el patio de la Caaba, lo que provocó su destierro. Los ídolos llevaban allí las tribus del desierto, y esto naturalmente significaba comercio. De esta manera, los comerciantes de La Meca -en su mayoría capitalistas a los cuales Mahoma había pertenecido- atacaron al profeta. El decidió retirarse entonces a Medina y así comienza la era arábiga, en el año 622. Allí comenzó a nacer el Islam -entrega incondicional a Alah o Alá, el único todopoderoso-, y del desierto surgió una verdadera llama que jamás se extinguiría, un ejército corporativo que luchaba como una unidad y que estaba dispuesto a dar su vida entera sin retroceder un solo paso. Su doctrina contiene elementos paganos, judíos y cristianos. Mahoma invitó a aquellos a que se uniesen a él, pues no estaba creando una nueva religión. Estaba llamando a todos aquellos que creían en un solo dios para que se uniesen en una sola fe. Si judíos y cristianos hubieran aceptado tal invitación, el Islam hubiese ya conquistado el mundo. Pero la propuesta fue rechazada; ni siquiera aceptaron la invitación a una guerra humanizada. Cuando los ejércitos del profeta hicieron su entrada en Jerusalén, ni un solo inocente perdió la vida por la espada de Alá. Cuando los cruzados hicieron su ingreso en la misma ciudad, siglos más tarde, o perdonaron la vida de un sólo musulmán, fuera hombre, mujer o niño. Pero los cristianos adoptaron una idea musulmana, un lugar de aprendizaje : la universidad. La perseverancia modifica el carácter de un hombre, al igual que el carbono cambia al quebradizo hierro en acero. Mahoma nos regala una maravillosa lección del valor de la perseverancia y de cómo esta cualidad puede cambiar el curso de la historia.
Por Osvaldo S. Totoss, para El Ojo Digital Sociedad - Temas de la Historia