ECONOMIA: LAUTARO BONINO

Inédito desfase de expectativas

Se evidencia una paradoja de magnitud en la cobertura mediática argentina.

21 de Abril de 2026
 
Se evidencia una paradoja de magnitud en la cobertura mediática argentina. Cuanto mejores son los indicadores, más parece intensificarse la presión sobre el gobierno. El Caso Adorni, cualquier desliz comunicacional, cualquier foto incómoda, cualquier declaración fuera de registro, se convierten en epicentro de la agenda. Mientras tanto, los datos se acumulan en silencio, y narran una historia diferente.

Javier Milei y Toto Caputo
 
El gobierno de Javier Milei cerró dos años consecutivos de superávit fiscal primario y financiero. El ministro Luis Caputo lo subrayó sin ambigüedades: es la primera vez que esto sucede desde 2008, y la primera de la serie histórica —que arranca en 1993— en que se logra pagando la totalidad de los servicios de la deuda pública. No es un dato menor. La Argentina acumuló apenas ocho superávits fiscales en el último siglo. Que el gobierno haya encadenado dos seguidos, partiendo de un déficit financiero del 6,1% del PBI, constituye un hecho estructuralmente inédito en la historia económica reciente del país.
 
Los números del ajuste son conocidos y fueron discutidos hasta el hartazgo. Pero lo que muchos analistas omiten es que la economía argentina creció 4,4% en 2025, con un consumo privado que escaló 7,9%, mientras que las exportaciones se incrementaron en un 7,6%, y las inversiones avanzaron al 16,4%. El PBI a precios constantes alcanzó un máximo histórico en 2025, situándose en un 1,1% por encima del promedio de 2022. 
 
Las últimas proyecciones refuerzan ese panorama. El Relevamiento de Expectativas de Mercado del BCRA proyecta para 2026 un crecimiento del 3,3% real del PBI; el FMI, por su parte, espera que la inflación promedio se ubique en torno al 30% este año y proyecta que caerá a la mitad en 2027. 
 
La inflación bajó desde el 211% interanual que dejó Sergio Massa, hasta el 31,5% en 2025. Fue la más baja de los últimos ocho años, tanto en su medición general como en el núcleo, y se logró en un contexto de reacomodamiento de precios relativos, implementación de flotación cambiaria y una fuerte contracción en la demanda de dinero.
A efectos de dimensionar lo que ocurre en la Argentina, convendría abandonar el debate local y chequear la literatura comparada. ¿Qué consignan las evidencias? Que los planes de estabilización en economías con inflación alta llevan tiempo, y mucho más del que los analistas suelen conceder.
 
El caso israelí es el más citado. En 1985, con una inflación de 450% anual, Israel dispuso por ley la prohibición de emitir moneda, implementó recortes de gasto público, acordó topes salariales con los trabajadores, y aplicó un control inicial de precios. Sin embargo, el país demoró seis años en perforar el 1% mensual tomando la inflación promedio anualizada, y lo logró rcurriendo a un tipo de cambio prácticamente inmóvil. Alcanzar la inflación de entre 1% y 3% le llevó una década completa, a través de la independencia del Banco Central, metas creíbles y restricción fiscal sostenida. Con respaldo político sólido, sin oposición kirchnerista y con respaldo económico de los Estados Unidos. Una década. La Argentina solo contabiliza dos años de ese proceso.
 
Brasil ofrece otra lección. La inflación brasileña superó el 2.000% en 1993 y el Plan Real la llevó al 22% en 1995. El proceso de estabilización completo demandó varios años de ajuste, crisis cambiaria incluida, y el PBI se recuperó a una tasa promedio de 3,4% anual entre 1994 y 1998. Traducido: cuatro años de crecimiento moderado para consolidar lo que el plan había iniciado. 
 
Chile es quizás el mejor ejemplo para quienes se preguntan por qué la industria y la manufactura argentina aún no despegan. Las autoridades trasandinas tardaron tres años en llevar la inflación mensual de 13% en 1975 a 2% en 1978, y necesitaron de tres más para quebrar de manera sostenida el dígito mensual. El modelo chileno, hoy admirado como un éxito en la región, atravesó un período de profunda reconversión industrial, caída del empleo en sectores tradicionales y resistencia social encendida. Lo que vino después —el Chile de alta productividad, exportaciones sofisticadas e inserción global— demoró quince años en consolidarse. Y lo hizo, precisamente, porque el gobierno no cedió ante las presiones de corto plazo.
 
 
Los otros datos
 
En el frente externo los números son aún mejores. Las exportaciones argentinas hacia los Estados Unidos alcanzaron en 2025 un récord histórico de USD 8.338 millones, un crecimiento de casi 29% interanual y un nivel 25% superior al máximo previo registrado en 2022. El protagonista es el sector energético: las exportaciones de combustibles y energía registraron un incremento de más del 68% en la comparación interanual, explicando el 47% del total de las ventas a ese mercado. Y eso ocurrió antes de que se firmara el acuerdo comercial bilateral, que abre un horizonte exportador aún más amplio. Según estimaciones oficiales y sectoriales, el acuerdo con Estados Unidos podría sumar más de USD 1.000 millones extra a la balanza comercial, con el sector cárnico —que ya exportó US$ 3.700 millones en 2025— como uno de los principales beneficiados.
 
En paralelo, la reducción del riesgo país y la implementación del RIGI están configurando un escenario propicio para una nueva ola de inversiones en la Argentina. El año 2025 marcó el mayor número de fusiones y adquisiciones desde 2019 y el tercer mayor monto transado de la última década: 105 transacciones por US$ 7.165 millones. 
Todo ello se construyó sin los recursos políticos necesarios para gobernar. Sin mayoría legislativa en ninguna de las dos cámaras, sin gobernadores propios, sin intendentes, sin estructura sindical, sin universidades ni medios consolidados. Con un bloque opositor que intentó voltear cada veto presidencial, con un partido aliado (el PRO) que oscila entre el apoyo y la especulación permanente, con gobernadores que negocian caso a caso y no entregan lealtad irrestricta, y con una prensa mayoritariamente hostil que amplifica cada tropiezo y minimiza cada logro.
 
Ante esta situación, la pregunta que deberían hacerse los analistas no es si el gobierno cometió errores —los cometió— sino qué gobierno logró algo remotamente comparable sin un default, sin pesificación asimétrica, sin corralito, sin hiperinflación, sin un plan Bonex.
 
Las críticas en torno al retroceso del consumo en el sector industrial o las tensiones en el empleo formal tienen sustento parcial, pero adolecen de un problema conceptual básico: asumen que es posible salir de una economía cerrada, con inflación del 211%, 50% de informalidad laboral, cepo cambiario, reservas netas negativas, un Banco Central quebrado, un esquema de precios relativos completamente distorsionado, déficit fiscal del 4,4% del PBI y con aislamiento financiero internacional, sin que ningún sector sufra durante la transición. No existe en la historia económica contemporánea un solo ejemplo de estabilización exitosa que no haya implicado reacomodamientos sectoriales, caída de la actividad industrial en los primeros años y reconversión del tejido productivo. La industria manufacturera y la construcción acusan el peso del ajuste, pero esto no es un fracaso del modelo: es la mecánica inevitable de cualquier transición.
 
El desfasaje entre los números y la narrativa no es un fenómeno inocente. Tiene una lógica. Una parte de la prensa, la política y el círculo rojo construyó su capital simbólico sobre un pronóstico catastrofista. Admitir que el gobierno hizo algo bien implica revisar ese diagnóstico, y eso tiene un precio de credibilidad. El caso Adorni o cualquier escándalo de turno resulta, en ese contexto, conveniente: desplaza el foco del balance macroeconómico hacia el terreno de la gestión comunicacional, donde el gobierno exhibe sus debilidades más nítidas.
 
El ruido es real. El escándalo existe. Los problemas no resueltos también. Pero los números no mienten, y estos dicen que algo que nunca ocurrió en la Argentina está ocurriendo ahora. Será lícito, en consecuencia, abrazarse a un somero ejercicio de honestidad intelectual: ¿habrá esperado alguien los actuales resultados, a poco de arribar la presente Administración?


 
Sobre Lautaro Bonino


Lautaro Bonino es Licenciado en periodismo (UP) con posgrado en Economía y Ciencia Política (UCEMA).