Groenlandia, la Penúltima Frontera
El interés de los Estados Unidos en Groenlandia ha experimentado un notorio resurgimiento...
22 de Enero de 2026
El interés de los Estados Unidos en Groenlandia ha experimentado un notorio resurgimiento bajo la segunda administración del presidente Donald Trump quien, tras su reelección en 2024, ha elevado el territorio a prioridad estratégica nacional.

Ya en diciembre de 2024, Trump declaró en su plataforma Truth Social que el control estadounidense sobre Groenlandia remitía a un imperativo 'absoluto', por razones vinculadas a la seguridad nacional, reviviendo una idea previamente planteada en 2019 durante su primer mandato. El renovado enfoque se intensificó durante enero de 2025, instancia en la que amenazó con imponer aranceles elevados a Dinamarca si bloqueaba la adquisición estadounidense, sin descartar el empleo de fuerza militar para asegurar el control total del territorio.
Aún cuando tales declaraciones generaron tensiones transatlánticas y ácidas críticas de parte de aliados europeos, el mandatario americano moderó su postura en los albores de 2026, al anunciar la confección de un ámbito de trabajo junto al ecosistema OTAN en torno a un futuro pacto sobre Groenlandia y el cuadrante ártico, renunciando a la imposición de aranceles y al uso de la fuerza. Este giro, probablemente influído por negociaciones en la ciudadela de Davos con el secretario general de OTAN, Mark Rutte, rubrica no solo el interés de Trump de cara a ampliar la influencia estadounidense en el Artico, sino también las preocupaciones asociadas a las rutas marítimas emergentes y a la competencia con potencias como la Federación Rusa y la República Popular China.
Amén de los recientes desarrollos, lo cierto es que, desde mediados del siglo XX, los Estados Unidos han desarrollado una significativa infraestructura militar en Groenlandia, aprovechando su posición geográfica entre América del Norte y Eurasia, a efectos de fortalecer su modelo de defensa ártico. Así las cosas, pocos medios de comunicación se han ocupado de validar la relevancia de la Base Espacial Pituffik -antaño bautizada como Base Aérea Thule-, situada en la costa noroeste del territorio y operada por la Fuerza Espacial estadounidense bajo el Acuerdo para la Defensa de Groenlandia de 1951. La instalación mencionada, que alberga una cifra aproximada de entre ciento cincuenta y doscientos activos, incluye radares avanzados, sistemas de comunicaciones y una terminal portuaria con acceso al océano Ártico, facilitando operaciones en entornos extremos.
Construida durante el tórrido circunloquio de la Guerra Fría con miras a contrarrestar amenazas que se presumía podrían provenir desde la ex URSS, Pituffik se ha beneficiado de inversiones en tiempos recientes; entre aquéllas, se listan un contrato de casi US$ 4 mil millones para tareas de mantenimiento (otorgado en 2022), y planes para destinar partidas de hasta US$ 25 millones para optimizar la operatividad en pistas de aterrizaje, construir nuevos sistemas de iluminación, y puentes sobre ríos y generadores.
Históricamente, los EE.UU. mantuvieron hasta diez mil tropas en múltiples bases durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, aunque la actividad se enfoca hoy mayormente en Pituffik. En efecto, el convenio de 1951 otorga acceso ilimitado para fines defensivos, destacándose la interdependencia aliada en un Artico ostensiblemente más disputado. Más allá de las lógicas consideraciones militares, Groenlandia ofrece a Washington un acceso crítico a recursos minerales estratégicos, cuya explotación podría mitigar dependencias de suministros controlados por rivales como la República Popular China. Por su parte, el derretimiento del hielo expone depósitos vastos, entre los que se computa los de las denominadas 'tierras raras' -en referencia al grupo de diecisiete elementos vitales para tecnologías electrónicas y militares, como ser baterías, turbinas eólicas y sistemas de misiles.
En rigor, Groenlandia contabiliza alrededor de 1,5 millones de toneladas de reservas probadas de tierras raras, con potencial para transformarse en la segunda fuente global -de confirmarse estimaciones que consignan existencias de hasta 36 millones de toneladas. Locaciones de importancia crítica como Kvanefjeld, con más de 11 millones de toneladas de recursos (que incluyen 370 mil toneladas de tierras raras pesadas), y Tanbreez, cuadrante rico en disprosio y neodimio, podrían cubrir más del 25% de la demanda internacional futura. Adicionalmente, Groenlandia lista reservorios comprobados de uranio, zinc, oro, litio, grafito, cobre, hierro, tungsteno y vanadio, esenciales para infraestructura vinculada a la defensa -y donde variopintos segmentos de ese output aún se mantienen bajo estricto secreto.
La República Popular China monopoliza hoy el 80-90% de la producción mundial de las tierras raras de referencia, realidad que contribuye a amplificar un concierto de vulnerabilidades marginales para la seguridad estadounidense; en tal virtud, Groenlandia representa una oportunidad para consolidar un sano proceso de diversificación en las cadenas de suministro.
Proyectos como Kvanefjeld han completado estudios de factibilidad, aunque los desafíos ambientales, logísticos y regulatorios se presentan como ineludibles. Por su parte, Tanbreez avanza hacia una planta piloto en 2026 con finalidad comercial prevista para 2028, alineándose con estrategias estadounidenses para contrarrestar el dominio chino en un proscenio de competencia ártica amplificada.
En lo que respecta al intrincado apartado de la defensa estratégica, Groenlandia deviene en crucial para el mantenimiento de sistemas de alerta temprana de misiles balísticos, funcionando como un 'escudo ártico' contra amenazas externas, de lo que surge que el colorido término 'Golden Dome' esgrimido por Trump poco tendría de novedoso.
La locación del territorio sobre el Círculo Polar Artico permite monitorear trayectorias polares de misiles intercontinentales (ICBMs) y submarinos, ofreciendo minutos vitales para respuestas defensivas. El radar desplegado en Pituffik, engranaje esencial en el Sistema de Alerta Temprana de Misiles Balísticos desde 1960 (y que se anotara múltiples upgrades en 1987), es operado por el 12º Escuadrón de Alerta Espacial, con cobertura de 240 grados a criterio de facilitar la detección de lanzamientos en tiempo real. La instalación integra el procesamiento de datos junto a NORAD, con el objeto de clasificar amenazas y proceder con la faena táctica del guiado de vectores para intercepción. Durante la Guerra Fría, albergó sitios nucleares secretos como el Proyecto Iceworm, aunque episodios como el accidente de un bombardero estratégico B-52, acontecido en 1968, resaltaron la magnitud de los riesgos. Ahora mismo, monitorea satélites y rutas como el Paso del Noroeste, que podrían reducir distancias entre Asia y Europa en un 40%.
Las propuestas e insinuaciones en torno al 'Golden Dome', en tanto se respaldan en la ignorancia popular y de la prensa sobre el áspero territorio, apuntan, en rigor, a la ampliación de un modelo antimisiles con énfasis en un combo apalancado en disuasión nuclear y supremacía espacial.
En el epílogo, el interés aparente de la República Popular China en Groenlandia agrega una nueva dimensión de complejidad geopolítica, por cuanto Pekín supo delinear al detalle su estrategia ártica en el Libro Blanco de 2018. En aquel meduloso y abarcativo trabajo, el gigante asiático declaró su condición de 'Estado cercano al Artico', y promocionó los beneficios de la 'Ruta de la Seda Polar' -llamada a garantizar acceso a recursos, rutas marítimas y actividades de investigación científica. Por supuesto, China ha buscado invertir en minería e infraestructura, de la mano de compañías de la talla de Shenghe Resources, que exhibe una participación accionaria del 6,5% en Kvanefjeld (como ya se dijo, un remarcable depósito de tierras raras). Sin embargo, el proyecto ha destacado por su inactividad desde la prohibición que autoridades de Groenlandia interpusieron contra el uranio, en 2021.
Más allá de las apasionadas alocuciones, los intentos de 'terceros interesados' en erigir terminales aéreas, navales y satelitales han sido bloqueados efectivamente por preocupaciones de seguridad compartidas, con Copenague y Washington maniobrando en acción mancomunada.
Como nota aparte, la República Popular China también evalúa a Groenlandia como una valiosa oportunidad para enriquecer su atribulada seguridad alimentaria, y para la diversificación de su suministro de minerales. No representará sorpresa, entonces, que Pekín fuera responsable del 11% del PBI groenlandés en inversiones, entre 2012 y 2017. Naturalmente, Pekín ha repudiado las recurrentes acusaciones en torno a la 'amenaza china', poniendo énfasis en la reciprocidad de los beneficios y la no interferencia. No obstante la fortaleza de la desmentida -que sería poca-, si China se esmerase en optimizar su supremacía en el escenario rarometalífero global, sus aspiraciones en Groenlandia se anotarán grandes chances de ser -irónicamente- congeladas.
Con información de, entre otras, Al Jazeera, BBC, NBC News, The Guardian, The Arctic Institute, Wood Mackenzie y CSIS

Ya en diciembre de 2024, Trump declaró en su plataforma Truth Social que el control estadounidense sobre Groenlandia remitía a un imperativo 'absoluto', por razones vinculadas a la seguridad nacional, reviviendo una idea previamente planteada en 2019 durante su primer mandato. El renovado enfoque se intensificó durante enero de 2025, instancia en la que amenazó con imponer aranceles elevados a Dinamarca si bloqueaba la adquisición estadounidense, sin descartar el empleo de fuerza militar para asegurar el control total del territorio.
Aún cuando tales declaraciones generaron tensiones transatlánticas y ácidas críticas de parte de aliados europeos, el mandatario americano moderó su postura en los albores de 2026, al anunciar la confección de un ámbito de trabajo junto al ecosistema OTAN en torno a un futuro pacto sobre Groenlandia y el cuadrante ártico, renunciando a la imposición de aranceles y al uso de la fuerza. Este giro, probablemente influído por negociaciones en la ciudadela de Davos con el secretario general de OTAN, Mark Rutte, rubrica no solo el interés de Trump de cara a ampliar la influencia estadounidense en el Artico, sino también las preocupaciones asociadas a las rutas marítimas emergentes y a la competencia con potencias como la Federación Rusa y la República Popular China.
Amén de los recientes desarrollos, lo cierto es que, desde mediados del siglo XX, los Estados Unidos han desarrollado una significativa infraestructura militar en Groenlandia, aprovechando su posición geográfica entre América del Norte y Eurasia, a efectos de fortalecer su modelo de defensa ártico. Así las cosas, pocos medios de comunicación se han ocupado de validar la relevancia de la Base Espacial Pituffik -antaño bautizada como Base Aérea Thule-, situada en la costa noroeste del territorio y operada por la Fuerza Espacial estadounidense bajo el Acuerdo para la Defensa de Groenlandia de 1951. La instalación mencionada, que alberga una cifra aproximada de entre ciento cincuenta y doscientos activos, incluye radares avanzados, sistemas de comunicaciones y una terminal portuaria con acceso al océano Ártico, facilitando operaciones en entornos extremos.
Construida durante el tórrido circunloquio de la Guerra Fría con miras a contrarrestar amenazas que se presumía podrían provenir desde la ex URSS, Pituffik se ha beneficiado de inversiones en tiempos recientes; entre aquéllas, se listan un contrato de casi US$ 4 mil millones para tareas de mantenimiento (otorgado en 2022), y planes para destinar partidas de hasta US$ 25 millones para optimizar la operatividad en pistas de aterrizaje, construir nuevos sistemas de iluminación, y puentes sobre ríos y generadores.
Históricamente, los EE.UU. mantuvieron hasta diez mil tropas en múltiples bases durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, aunque la actividad se enfoca hoy mayormente en Pituffik. En efecto, el convenio de 1951 otorga acceso ilimitado para fines defensivos, destacándose la interdependencia aliada en un Artico ostensiblemente más disputado. Más allá de las lógicas consideraciones militares, Groenlandia ofrece a Washington un acceso crítico a recursos minerales estratégicos, cuya explotación podría mitigar dependencias de suministros controlados por rivales como la República Popular China. Por su parte, el derretimiento del hielo expone depósitos vastos, entre los que se computa los de las denominadas 'tierras raras' -en referencia al grupo de diecisiete elementos vitales para tecnologías electrónicas y militares, como ser baterías, turbinas eólicas y sistemas de misiles.
En rigor, Groenlandia contabiliza alrededor de 1,5 millones de toneladas de reservas probadas de tierras raras, con potencial para transformarse en la segunda fuente global -de confirmarse estimaciones que consignan existencias de hasta 36 millones de toneladas. Locaciones de importancia crítica como Kvanefjeld, con más de 11 millones de toneladas de recursos (que incluyen 370 mil toneladas de tierras raras pesadas), y Tanbreez, cuadrante rico en disprosio y neodimio, podrían cubrir más del 25% de la demanda internacional futura. Adicionalmente, Groenlandia lista reservorios comprobados de uranio, zinc, oro, litio, grafito, cobre, hierro, tungsteno y vanadio, esenciales para infraestructura vinculada a la defensa -y donde variopintos segmentos de ese output aún se mantienen bajo estricto secreto.
La República Popular China monopoliza hoy el 80-90% de la producción mundial de las tierras raras de referencia, realidad que contribuye a amplificar un concierto de vulnerabilidades marginales para la seguridad estadounidense; en tal virtud, Groenlandia representa una oportunidad para consolidar un sano proceso de diversificación en las cadenas de suministro.
Proyectos como Kvanefjeld han completado estudios de factibilidad, aunque los desafíos ambientales, logísticos y regulatorios se presentan como ineludibles. Por su parte, Tanbreez avanza hacia una planta piloto en 2026 con finalidad comercial prevista para 2028, alineándose con estrategias estadounidenses para contrarrestar el dominio chino en un proscenio de competencia ártica amplificada.
En lo que respecta al intrincado apartado de la defensa estratégica, Groenlandia deviene en crucial para el mantenimiento de sistemas de alerta temprana de misiles balísticos, funcionando como un 'escudo ártico' contra amenazas externas, de lo que surge que el colorido término 'Golden Dome' esgrimido por Trump poco tendría de novedoso.
La locación del territorio sobre el Círculo Polar Artico permite monitorear trayectorias polares de misiles intercontinentales (ICBMs) y submarinos, ofreciendo minutos vitales para respuestas defensivas. El radar desplegado en Pituffik, engranaje esencial en el Sistema de Alerta Temprana de Misiles Balísticos desde 1960 (y que se anotara múltiples upgrades en 1987), es operado por el 12º Escuadrón de Alerta Espacial, con cobertura de 240 grados a criterio de facilitar la detección de lanzamientos en tiempo real. La instalación integra el procesamiento de datos junto a NORAD, con el objeto de clasificar amenazas y proceder con la faena táctica del guiado de vectores para intercepción. Durante la Guerra Fría, albergó sitios nucleares secretos como el Proyecto Iceworm, aunque episodios como el accidente de un bombardero estratégico B-52, acontecido en 1968, resaltaron la magnitud de los riesgos. Ahora mismo, monitorea satélites y rutas como el Paso del Noroeste, que podrían reducir distancias entre Asia y Europa en un 40%.
Las propuestas e insinuaciones en torno al 'Golden Dome', en tanto se respaldan en la ignorancia popular y de la prensa sobre el áspero territorio, apuntan, en rigor, a la ampliación de un modelo antimisiles con énfasis en un combo apalancado en disuasión nuclear y supremacía espacial.
En el epílogo, el interés aparente de la República Popular China en Groenlandia agrega una nueva dimensión de complejidad geopolítica, por cuanto Pekín supo delinear al detalle su estrategia ártica en el Libro Blanco de 2018. En aquel meduloso y abarcativo trabajo, el gigante asiático declaró su condición de 'Estado cercano al Artico', y promocionó los beneficios de la 'Ruta de la Seda Polar' -llamada a garantizar acceso a recursos, rutas marítimas y actividades de investigación científica. Por supuesto, China ha buscado invertir en minería e infraestructura, de la mano de compañías de la talla de Shenghe Resources, que exhibe una participación accionaria del 6,5% en Kvanefjeld (como ya se dijo, un remarcable depósito de tierras raras). Sin embargo, el proyecto ha destacado por su inactividad desde la prohibición que autoridades de Groenlandia interpusieron contra el uranio, en 2021.
Más allá de las apasionadas alocuciones, los intentos de 'terceros interesados' en erigir terminales aéreas, navales y satelitales han sido bloqueados efectivamente por preocupaciones de seguridad compartidas, con Copenague y Washington maniobrando en acción mancomunada.
Como nota aparte, la República Popular China también evalúa a Groenlandia como una valiosa oportunidad para enriquecer su atribulada seguridad alimentaria, y para la diversificación de su suministro de minerales. No representará sorpresa, entonces, que Pekín fuera responsable del 11% del PBI groenlandés en inversiones, entre 2012 y 2017. Naturalmente, Pekín ha repudiado las recurrentes acusaciones en torno a la 'amenaza china', poniendo énfasis en la reciprocidad de los beneficios y la no interferencia. No obstante la fortaleza de la desmentida -que sería poca-, si China se esmerase en optimizar su supremacía en el escenario rarometalífero global, sus aspiraciones en Groenlandia se anotarán grandes chances de ser -irónicamente- congeladas.
Con información de, entre otras, Al Jazeera, BBC, NBC News, The Guardian, The Arctic Institute, Wood Mackenzie y CSIS
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@MatiasERuiz
Sobre Matias E. Ruiz
Es Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Publicidad. Es Editor y Director de El Ojo Digital desde 2005.