INTERNACIONALES: CHRISTIAN RIOS M.

Respice polum sin romanticismo: Venezuela, soberanía y el realismo geopolítico que incomoda

El 3 de enero de 2026, el mundo amaneció con una escena que América Latina creía archivada en el polvoriento anaquel...

14 de Enero de 2026

 

El 3 de enero de 2026, el mundo amaneció con una escena que América Latina creía archivada en el polvoriento anaquel de la Guerra Fría: una operación militar en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro Moros y reabrió, de súbito, la caja negra de la geopolítica regional.

Naciones Unidas, Torturas en Venezuela, Nicolás Maduro, Estados Unidos, Derecho internacional
La novedad corrió más rápido que la prudencia jurídica y, como era previsible, la región se fracturó entre quienes celebran el hecho como el inicio de una transición y quienes lo condenan por remitir a un atropello imperial. Brasil habló de 'línea inaceptable' y de violación de soberanía; China lo leyó como ruptura del orden jurídico internacional; y España endureció su tono con una condena explícita.

Del otro lado del péndulo, sin embargo, emergieron respaldos sin ambigüedad: Javier Milei celebró la intervención como una victoria de la libertad sobre la tiranía; y Nayib Bukele reaccionó con ironía política, rescatando un viejo clip de Maduro (“El que se mete con Venezuela se seca, Bukele”), difundiendo luego la imagen oficial del traslado del líder chavista bajo custodia de agentes estadounidenses. Cuando la historia se cobra una frase, no suele pedir recibo: simplemente, lo imprime.
 
En rigor, el desarrollo invita a la redacción de un capítulo de realismo estratégico, no de filantropía democrática. Y ese realismo inaugura dos discusiones decisivas: a quién se presta atención cuando la región fracasa (respice similia vs. respice polum), y qué significado cobra la soberanía cuando un régimen convierte el Estado en maquinaria de sometimiento. En adelante cinco postulados para refrendar la tesis.


I. Cuando el respice similia se agota, el respice polum reemerge

Colombia ha oscilado históricamente entre dos brújulas de política exterior: respice polum (mirar al Norte) y respice similia (mirar a los semejantes). En Venezuela, durante años, se ensayó la vía de la segunda -en clave regional y multilateral- con disciplina: mediaciones, presión diplomática, sanciones graduales, rondas de negociación, “últimas oportunidades” que terminaban siendo penúltimas. El resultado fue cruento: el régimen aprendió a resistir, adaptarse y sobrevivir, como esos virus que, tras cada ronda de tratamiento, no se curan, sino que mutan: afinan sus mecanismos de evasión, endurecen su cápsula, y vuelven más eficiente su capacidad de replicarse en el miedo, la censura y la dependencia. No se debilitó con la presión; se volvió más resistente a ella.

Para comprender por qué el respice similia terminó como expediente agotado, basta una línea de tiempo: 2015, cierre fronterizo y episodios de expulsión/deportación que ya mostraban la preferencia del régimen por el garrote antes que el entendimiento; 2019, el ingreso de asistencia humanitaria desde Colombia fue obstaculizado, y el episodio mutó en símbolo de la diplomacia impactando de frente contra un muro político y económico; 2023–2024, el mundo insiste en rutas negociadas y garantías electorales mientras el régimen endurece controles; 2024, se acumulan señalamientos de manipulación electoral y se erosiona la credibilidad del camino institucional sin rectificación sustantiva; y, en paralelo, informes persistentes de represión, presos políticos y crisis humanitaria durante años. En síntesis: el respice similia no fracasó por falta de comunicados; fracasó porque no modificó el equilibrio real de poder interno.

Aquí aparece la tesis incómoda —y esencial—: el respice polum no vuelve por idealismo, vuelve por capacidad material. No se elige porque sea bueno, sino porque es el único actor con poder coercitivo creíble para alterar, de inmediato, la correlación de fuerzas y el cálculo de supervivencia de las élites gobernantes. Y conviene decirlo sin incienso moral: nadie ayuda por amor a la libertad en política internacional; ayuda porque le conviene. La solidaridad, en geopolítica, casi siempre viene con factura.

Desde una cosmovisión Kaplan/Kissinger, en el tablero internacional, las intenciones son notas al pie; lo que determina es la capacidad. Cuando el respice similia se agota —no por falta de discursos, sino por falta de poder para alterar incentivos— el sistema hace lo que siempre hace: busca al actor con músculo para cambiar la ecuación. Eso es el respice polum en su forma más desnuda: no una preferencia estética, sino una decisión de correlación de fuerzas. Celebrarlo como epopeya moral es ingenuo; condenarlo como pecado metafísico es igual de superficial. Lo correcto es mirar el mecanismo: una potencia interviene cuando el costo de no hacerlo supera el costo de hacerlo, y cuando la región -por división, limitaciones o cálculo- no puede imponer consecuencias creíbles. La pregunta, entonces, no es si “nos gusta” el árbitro, sino si, tras décadas de partido amañado, alguien estaba dispuesto a hacer valer la regla con un silbato que realmente se escuchara.


II. Soberanía: principio vital, pero no permiso para el cautiverio

El segundo eje es más espinoso: la soberanía. El derecho internacional la protege, y con razón: si se vuelve papel mojado, el mundo regresa a la ley del más fuerte sin siquiera fingir modales. Pero el problema inicia cuando la soberanía opera como escudo de una estructura que convierte a la población en rehén: persecución, cárcel, exilio, hambre institucionalizada, emergencia permanente.

En esta instancia, convendría insertar una verdad antigua y poco grata: a saber, el hecho de que algo sea legal no lo convierte en justo. El esclavismo fue legal durante siglos; tuvo códigos, tribunales, contratos y doctrinas que lo racionalizaban. La ley lo cobijó, pero la ley -cuando se divorcia de la dignidad humana-, se vuelve coartada. Si ayer la legalidad pudo vestir la esclavitud con toga, hoy puede vestir la opresión con soberanía. Confundir “norma” con “justicia” es una manera sofisticada de abdicar del juicio moral.

Y se asiste a un matiz decisivo: la soberanía no se radica en el aparato gubernamental ni en la sede del poder, sino en el pueblo como titular originario de la autoridad política. En la tradición del contrato social, la soberanía reside en el cuerpo político, no en el gobernante de turno. Jean-Jacques Rousseau supo formularlo con cristalina claridad: el soberano es el pueblo; el gobierno es un mandatario, no el propietario del Estado. Cuando el gobierno se vuelve usurpación —cuando deja de representar la voluntad general y se convierte en aparato de dominación -la soberanía no desaparece: es secuestrada. Y, si es abducida por vía de la violencia, el rescate moral (y político) recae sobre los ciudadanos: primero como resistencia cívica, luego como reconstrucción institucional. Contemplado sin poesía, la soberanía se defiende para proteger al pueblo; si se usa para aplastar al pueblo, deja de ser principio y se transforma en pretexto.

El dilema, entonces, no es “legalidad vs. ilegalidad” en abstracto. Es bastante más cruel: ¿es legítimo saltarse la legalidad para evitar la perpetuación del abuso? ¿o es éticamente aceptable invocar la legalidad para perpetuar indefinidamente un régimen autoritario y una crisis humanitaria? No existe una salida no contaminada. Quien prometa una solución moralmente pura, está ofreciendo una ficción normativa que la realidad política es declaradamente incapaz de sostener.


III. Naciones Unidas y derecho penal internacional: lo que “debería” no siempre “puede

El multilateralismo contiene una tragedia estructural :exige obediencia a normas cuya ejecución depende de consensos que el poder bloquea. Cuando el sistema se paraliza por vetos, agendas cruzadas o cinismos simétricos, el derecho se exhibe inamovible… e impotente. Y esa impotencia, en política internacional, dista de ser neutral: suele beneficiar al actor con mayor predisposición a la coerción y con un menor costo reputacional frente al empleo sistemático del abuso.

A. La inoperancia en la práctica: prevenir, detener, hacer justicia

Nacioness Unidas y el derecho penal internacional han allanado el camino para la producción de valiosos estándares, sí; pero su historial de prevención y ejecución está plagado de emblemáticos fracasos. Así las cosas, Ruanda legó una horrorosa lección: el sistema internacional es incapaz de prevenir genocidios. El correlato genocida de Srebrenica quedó como símbolo de la tragedia de una “zona segura” que lejos estuvo de serlo. Siria retornó otro reflejo de la patología: no basta con la evidencia de atrocidades si el Consejo de Seguridad se muestra como un alegre rehén de la política del veto.

Por su parte, la Corte Penal Internacional hace alarde de un desperfecto estructural que rara vez se admite en voz alta: puede emitir órdenes, pero carece de poder de policía (porque el sistema internacional es anárquico: no existe un soberano global legitimado para monopolizar la fuerza; crearla implicaría una coerción supranacional fácilmente capturable por potencias y, por tanto, más disputa y selectividad que justicia). Depende de la cooperación estatal para arrestos. Eso significa que, en demasiados casos, la justicia internacional llega tarde, llega incompleta o, peor, llega como documento solemne que no toca a los responsables. Cuando no hay captura, la justicia se parece demasiado a una carta bien redactada dirigida a un buzón que nadie abre.

B. Venezuela y el “tiempo muerto” multilateral

En Venezuela, organismos internacionales han documentado un compendio de patrones agravados: detenciones arbitrarias, tortura, persecución política, y ejecuciones extrajudiciales. La CPI mantiene bajo examen e investigación hechos ocurridos desde 2014. No obstante, el punto político -aquel que irrita- es éste: la documentación no detuvo el avance de la historia. Desde finales del siglo XX hasta hoy, han transcurrido más de veinticinco años de deterioro institucional y cierres progresivos, y la respuesta multilateral ha sido lenta, fragmentaria y, por sobre todo, insuficiente para cambiar la conducta del régimen.

Esto no significa que la Naciones Unidas avale el abuso; involucra una consideración más corrosiva: su arquitectura suele ser impotente para frenarlo cuando se enfrenta a soberanías atrincheradas, a patrocinadores poderosos y a la laberíntica aritmética del veto. En tal virtud, cuando se advierte que la intervención sienta un precedente peligroso, hay razón; aunque no puede soslayarse que la inacción prolongada sienta precedentes igual de perturbadores, enseña a los autoritarismos que el tiempo trabaja para ellos,y que la indignación internacional viene con fecha de vencimiento.


IV. Ventaja absoluta y comparativa: la economía como gramática del poder

En teoría económica, Adam Smith explica la ventaja absoluta: producir mejor (más eficiente) que el otro en ciertos bienes; Ricardo refina la idea con la ventaja comparativa: incluso si eres peor en todo, puedes ganar comerciando si te especializas donde eres “menos peor”. En el pizarrón, se plasma en un ejercicio de elegancia; en la geopolítica, su correlato es brutal.

Porque, en el concierto de las relaciones internacionales, especialmente bajo la óptica del realismo, los Estados no solo miran ganancias mutuas miran quién gana más, quién queda dependiente y quién controla el cuello de botella. La ventaja comparativa suena liberal; la ventaja absoluta suena a poder. Y, en los tiempos que corren, manda más lo segundo: energía, rutas marítimas, minerales críticos, sanciones financieras, control tecnológico. No hay romanticismos aquí; sólo estructura.

Venezuela agrega un ingrediente que convierte la economía en política exterior con esteroides: el petróleo. En un mundo donde seguridad energética y control de flujos importan tanto como los discursos, la lectura económica pesa. Por eso, cuando una potencia mueve fichas, rara vez lo hace solo por valores: lo hace porque identifica una ventaja absoluta (militar, financiera, tecnológica) y calcula que el rival -o la región- no tiene cómo compensarla. La ventaja comparativa sirve para comerciar; la ventaja absoluta impone condiciones. Y el realismo contemporáneo, por desgracia, suele preferir imponer y dominar.


V. Colombia ante el espejo: interés nacional, no catecismo

Este episodio obliga a Colombia a algo que suele escasear: pensamiento estratégico sin reflejos automáticos. Ni aplauso obediente, ni indignación de manual. Interés nacional significa, como mínimo evitar un vacío caótico, priorizar protección civil y corredor humanitario, exigir hoja de ruta verificable (elecciones, garantías, liberación de presos, reinstitucionalización), y rechazar cualquier intento de “administración” indefinida que cambie un sometimiento por otro con distinto acento.

Y hay un ángulo que Colombia no puede fingir que no existe: narcotráfico y conflicto transnacional. Venezuela no ha sido solo vecino; ha sido —en distintos momentos— retaguardia, corredor y refugio de economías ilícitas y actores armados. La presencia de estructuras como el ELN y disidencias en territorio venezolano, la disputa de rutas, la extorsión y el control de enclaves fronterizos han hecho que el conflicto colombiano deje de ser doméstico en sentido estricto. Además, la narrativa sobre el llamado Cartel de los Soles —más allá del debate político— expresa una realidad operativa: cuando segmentos del Estado se entrelazan con mercados ilegales, el problema deja de ser ideológico y pasa a ser criminal y regional.

Para Colombia, por tanto, Venezuela no es solo un debate jurídico; es un vector de riesgo estratégico: seguridad fronteriza, migración, criminalidad organizada, financiación de grupos armados y presiones diplomáticas simultáneas. Dicho con crudeza: si esto termina en fragmentación o en reacomodo caótico de redes ilícitas, Colombia paga costos inmediatos. Si termina en transición ordenada, Colombia tiene una oportunidad rara: que la frontera vuelva a ser frontera y no un pasillo de impunidad.


En el epílogo

Venezuela deja una lección amarga: cuando la diplomacia se agota y la norma se paraliza, el poder entra por la puerta que encuentre abierta. El respice polum reemerge como lo que siempre ha sido: cálculo. Sin embargo, el examen real nada tiene que ver con los aplausos ni con las condenas instintivas; en el quebranto, se evidenciará si la opinión pública internacional es capaz de sostener dos verdades a la vez: que la soberanía importa y el derecho internacional es un dique necesario, y que ningún dique puede convertirse en excusa para que un régimen mantenga a una población sometida... durante décadas.

Si el orden internacional quiere seguir llamándose “orden”, pues entonces habrá de protagonizar una profunda reforma. Una que sirva para replicar a la ocurrencia de tragedias prolongadas, sin delegar la solución a la improvisación armada de una potencia.

Si no lo hace, la realidad seguirá dictando sentencia... mientras la norma solo se atiene a la redacción de actas.


 
Sobre Christian Ríos M.

Ríos es Politólogo Internacionalista de la Universidad Militar Nueva Granada, Profesional en Ciencias Militares de la Escuela Militar de Cadetes General José María Córdova, y Administrador de Empresas; magister en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra- Colombia, en 'Estrategia y Geopolítica'. Es analista político, docente y columnista en el periódico El Quindiano (Armenia, Colombia) y en El Ojo Digital. Es Oficial en Retiro del Ejército Nacional de Colombia.