INTERNACIONALES: JAMES PHILLIPS

De cómo las manifestaciones en el Líbano lograron expulsar al primer ministro

Lo que el pasado 17 de octubre diera inicio en la forma de una serie de manifestaciones espontáneas...

31 de Octubre de 2019

 

Lo que el pasado 17 de octubre diera inicio en la forma de una serie de manifestaciones espontáneas que buscaban oponerse a una política de altos impuestos, terminaría escalando hasta convertirse en las protestas más significativas registradas en el Líbano desde la 'Revolución del Cedro' de 2005; las protestas de estos días han logrado forzar la renuncia del primer ministro Saad al-Hariri.

Renuncia de al-Hariri en Líbano, Manifestaciones contra impuestosSin embargo, es improbable que la decisión de Hariri ponga fin a las manifestaciones, las cuales empujaron a un cuarto de los cuatro millones de ciudadanos del país a las calles, a efectos de exigir la renuncia de funcionarios de la Administración, y una salida de la élite política, junto con un nuevo sistema de gobierno.

Las populosas movilizaciones antigubernamentales dieron forma a un amplio rechazo contra una oligarquía corrupta y aferrada al poder que ha fracasado a la hora de garantizar servicios básicos fundamentales como provisión de energía, agua potable, recolección de residuos, servicios de salud efectivos y transporte público.

Más aún, la llegada de más de 950 mil refugiados sirios hacia Líbano tensionó los ya de por sí defectuosos servicios proporcionados por la gestión.

El sistema de poder regenteado por esas élites obsequió recompensas a aliados políticos, entre ellas, el nombramiento en puestos de gobierno -los cuales esos espectros de la dirigencia supieron utilizar para dilapidar recursos estatales.

En ese contexto, el sector energético estatal recibe un aproximado de US$ 2 mil millones en subsidios cada año pero, al mismo tiempo, se exhibe incapaz de proporcionar electricidad para domicilios con rigor diario. El grueso del país experimenta cortes de energía, todos los días.

Por su parte, la industria de telecomunicaciones -controlada por el Estado- cobra elevadísimos precios a sus clientes. Los llamados locales en el Líbano son cinco veces más onerosos que en Jordania, y veinte más que en Egipto. Tras lo cual no sorprende que la imposición de nuevos impuestos y tributos contra aplicaciones para enviar mensajes de texto fogonearon la amplificación de las protestas por parte de los sufridos ciudadanos.


Corrupción y defraudación de fondos públicos

Las denuncias sobre corruptela motorizaron muchas de las manifestaciones antigobierno en Argelia, Egipto y Sudán; pero sus correlatos en el Líbano en mucho se parecieron a las registradas recientemente en Irak.

A lo largo del mes pasado, decenas de miles de jóvenes iraquíes escenificaron masivas protestas contra el elevado desempleo, la corrupción y los servicios públicos proporcionados por el Estado. Como en el Líbano, las manifestaciones asumieron un tinte anti-iraní, conforme ciertas facciones políticas respaldadas por Irán se opusieron a las exigencias planteadas por la ciudadanía, y se inclinaron hacia el ataque físico contra quienes se manifestaban.

Como resultado, se registró turbulencia popular contra la influencia iraní. Pero, a diferencia de Irak, el Líbano cuenta con una escasa riqueza petrolera que eventualmente podría emplearse para financiar reformas en el ámbito estatal. 

El Líbano, mientras tanto, hace frente a gigantescos desafíos en el plano doméstico. Su economía y rutas comerciales se han visto paralizadas a partir de la recurrente guerra en la vecina Siria. Amén del alto índice de desempleo y el paupérrimo crecimiento económico -proyectado en un magro 2% para 2019-, la deuda nacional del Líbano se ha disparado a US$ 86 mil millones, lo cual representa más de un 150% de su PBI -uno de los ratios de endeudamiento más elevados en todo el globo.

Sólo los servicios de deuda se llevan un 45% de los ingresos del Estado, lo cual ha propiciado que el gobierno rastreara nuevas fuentes de ingresos, por la vía de impuestos.

Las manifestaciones han demostrado un componente mayormente secular, tomando parte de aquéllas ingredientes cristianos, chiítas y sunitas que hacían flamear la bandera del Líbano, mientras que entonaban eslóganes antigobierno, como por ejemplo, el que rezaba 'Todos, significa Todos' -emprendiéndola contra las élites políticas que fogonearon la tensión sectaria para propio beneficio.

La protesta ciudadana se extendió hacia el norte del país, a Beirut, e incluso a zonas bajo control de Hezbolá, incluyendo a Tiro y Nabatieh. Sorprendentemente, los manifestantes en el sur del Líbano entonaron consignas anti-Hezbolá, aún cuando el líder de esa organización, Hassan Nasrallah, advirtió contra los pedidos que pedían la renuncia de la élite estatal.

Nasrallah declaró que los manifestantes debían 'permitir que este gobierno continúe, pero con un nuevo espíritu y con un nuevo modelo de trabajo (...), para que aprenda las lecciones compartidas por las dos jornadas de turbulencia social'.

Asimismo, los simpatizantes de Hezbolá intentaron poner fin a las manifestaciones. En un video publicado en redes sociales y que se volviera viral, el ejército libanés fue grabado obstruyendo el paso de motociclistas que portaban banderas de Hezbolá y de Amal, partido de extracción chiíta, impidiendo que ingresaran a los cuadrantes en donde las manifestaciones se desarrollaban en Beirut.

Sin embargo, ese esfuerzo preventivo duró poco, conforme miembros de Hezbolá y Amal decidieron luego atacar a los manifestantes en Beirut. El Líbano sigue hoy pendiendo de un delgado hilo, y rápidamente podría descender en una espiral de violencia política si las tensiones no registran pronto un final. 


Sin salida aparente

En lo que consignó un intento por calmar a los manifestantes, Hariri anunció una serie de reformas el pasado 21 de octubre, prometiendo reducir los salarios de los funcionarios gubernamentales, reformas al sistema energético y el recorte de instituciones estatales obsoletas -como es el caso del Ministerio de Información.

No obstante ello, los manifestantes rechazaron las concesiones hechas por Hariri, por considerarlas tardías, y el primer ministro se vio obligado a dejar su puesto.

El presidente libanés Michel Aoun, alineado con Hezbolá, podría decidir no aceptar la renuncia de Hariri, tal como lo hiciera durante noviembre de 2017, oportunidad en la que el funcionario renunció bajo presiones de Arabia Saudita.

Pero, de ser aceptada, la salida de Hariri podría reactivar las negociaciones en torno de la designación de un nuevo primer ministro y de una reconfiguración de la coalición de gobierno. Aunque se duda frente a que cualquier acuerdo negociado por las autoridades libanesas, que han perdido la aprobación de la ciudadanía, satisfaga a los ciudadanos en manifestación. La ciudadanía en su conjunto entiende que el gobierno deberá ser dejado en manos de tecnócratas no sujetos a sectarismos políticos, dado que la dirigencia actual es considerada esencialmente corrupta.

Con todo, la ola de protestas a lo largo de Oriente Medio subraya la recurrente desconexión entre las élites políticas y la ciudadanía cuyos intereses se supone debe defender.

Como en el grueso del mundo árabe, la juventud libanesa cuenta con mejor educación y se muestra más exigente que la generación de sus padres: el 40% de aquellos que cuentan menos de 25 años de edad han alcanzado los más altos niveles educativos del sistema en el país, pero la tasa de desempleo se exhibe por encima del 37% para aquellos ciudadanos que tienen 35 años de edad o más.

Al reconocer el efecto paralizante del sectarismo, los jóvenes manifestantes en Oriente Medio han rechazado esa agenda caduca, haciéndose eco de exigencias similares: oportunidad económica, purga de la corrupción, y reconfiguración extendida de los sistemas políticos. El propio interés de las élites y la inexistente rendición de cuentas de los partidos políticos -en palabras de quienes se manifiestan- han fracasado una y otra vez a la hora de hacer frente a la genuina demanda ciudadana.



Artículo original, en inglés, aquí

 

Sobre James Phillips

Analista senior en el Centro Douglas y Sarah Allison para Estudios de Política Exterior en la Fundación Heritage. Ha desarrollado numerosos trabajos sobre asuntos relativos al Medio Oriente y sobre terrorismo internacional desde 1978. Es columnista en medios televisivos norteamericanos y ha testificado en comités del congreso estadounidense en relación a temáticas de seguridad internacional.