NARCOTRAFICO & ADICCIONES: DR. JUAN A. YARIA

Familias dislocadas

En su etimología, el concepto locus remite al lugar de control y orientación. De ahí, emerge la locura...

26 de Abril de 2018
El desapego de los vínculos anuncia una cultura del egoísmo que terminará por debilitar los lazos sociales y familiares.

Zygmunt Bauman, Sociedad Líquida

* * *
 
En su etimología, el concepto locus remite al lugar de control y orientación. De ahí, emerge la locura, como pérdida de esa indicación de situación en tiempo y espacio -así como también en el ampísimo mundo que hace a los valores.

Así, pues, la vida familiar nos proporciona un parámetro de situación en ese mar bravío que es el vivir dignamente, y con autenticidad -sede de ejemplos y modelos que duran toda la vida. De tal suerte que la familia 'dislocada' es aquella en la que ese sitio de control y de funciones críticas para transformarnos en humanos, se extravía. Se asiste al german de la confusión y la desorientación. Aquí reside la explicación para el surgimiento de menores desligados que ocupan las tapas de los diarios, por participar de crímens horrendos que terminan en los pasillos de una villa, o en una noche de golpizas.

Adicto, Soledad, DrogasA diario, aprendemos de los pacientes que asistimos. Recientemente, uno de ellos le compartía -a quien esto escribe-: -Compartí merca y mujeres con mi viejo. Se trata de un paciente adulto consumidor, que se refiere a un padre ya septuagenario.

Otros dos dolientes se apersonaron en nuestra clínica, hace unos pocos años: un hijo (Pablo), quien a su vez era padre de una beba hermosa; y Jorge, un padre-abuelo demolido por una pesada mochila de culpas, al conmemorar viejas épocas en donde su hijo era más amigo y socio en empresas que un referente de cierta legalidad. Ambos (Pablo y Jorge) ingresaron en tratamiento, a los efectos de intentar reparar sus historias -relatos que hoy, en lo que consigna un gigantesco avance, han reconocido y asumido.

A sus diecisiete años, Oscar se presentó ante nosotros, tras un interminable periplo por instituciones y comisarías. 'Mi abuelo murió por consumo; mi papá consume, y yo empecé a los doce años', afirma. Su escuela pertenecía a una barriada casi marginal del conurbano; los padres de Oscar lo defendían a viva voz ante sus profesores, a quienes acusaban de cometer equívocos y de atacarlo. Desde luego, el relato consignaba la buena voluntad del profesorado, aunque también las falencias normativas de la institución escolar, por cuanto muchos alumnos consumían incluso en el interior del edificio.

Tanto Pablo como Oscar nos relataron su pesar, como si dos condenados se tratase. Creían ambos que nada podían hacer ante esta suerte de genealogía de la derrota. Hoy día, esta realidad es palpable en todo centro de rehabilitación. A medida que, como profesionales, profundizamos en la patología de adolescentes agotados por la violencia y el consumo de drogas y/o alcohol, no deja de sorprender el grado de inermidad por el que transitan. Acaso se muestran en búsqueda de un límite que se ha mostrado ausente en ese ámbito inicial de crianza, que es la familia.


Familias que, a lo mucho, lo son nominalmente

Con rigor diario, asistimos a nuevas familias en donde los vínculos de palabra han desaparecido ya, y lo propio ha sucedido con los encuentros comunicacionales y afectivos que solían congregarlas. Están el padre, la madre, la heladera, el televisor, la computadora, etcéteras -pero el aparato de televisión o el teléfono móvil superan a todo vínculo humano. La soledad convoca a los integrantes del núcleo, que terminan extraviándose en infinitos chats de WhatsApp o de Instagram. ¿Dónde ha quedado el diálogo? Se asiste a personas que crecen en medio del vacío, pero del vacío a las drogas hay sólo un paso. Todos se muestran como pares pero, en cualquier familia, las asimetrías habrán de ser sanas. Ejemplo: el rol de padre no equivale a ser un 'par' del propio hijo, conforme se diluyen los límites generacionales.

M. Erickson -renombrado psicólogo de adolescentes- supo decir: 'Sin confrontación del adolescente con el adulto, no existe crecimiento sano'. Al no registrarse esa sana confrontación (asimetría sana), el sitio (locus) del adulto se transforma en otro vacío. A la postre, será la mismísima realidad la que habrá de operar como límite, sea en la forma de una sala de guardia, de una comisaría, de la muerte inútil y prematura, o del deterioro creciente.

El afecto materno y paterno no pueden reemplazarse; consignan bases de la identidad, así como la totalidad de la genealogía familiar que presiden un comienzo, y la fuerza de sostén de la familia ampliada. Aún en crisis, la familia sostiene a sus integrantes, y es un claro demarcador de identidad e inclusión social.


Sobre los intentos de abolir el vínculo familiar

El vínculo familiar rescata la humanización, oficiando de defensa frente al creciente tribalismo que hoy se ve a partir del desamparo económico, las miserias espirituales y la ausencia de reconocimientos que se observan por doquier en la educación de los menores con negligencias, descuidos, abandonos y abusos. Es digno de tenerse en cuenta que, tanto los totalitarismos comunistas como el nacionalsocialismo alemán hayan buscado suplantar a la organización familiar como el último recurso burgués-clerical de disciplinamiento social. En la caída del telón, no lograron su objetivo. Finalmente, ambos sistemas político-ideológico debieron modificar sus agendas.

Incluso desde movimientos críticos surgidos desde mayo de 1968 en Francia, algunos soñaron con la abolición de la familia. El llamado anti-edipismo sesentista, por ejemplo, abogaba por el exterminio de esta institución antigua. No obstante, sus promotores obviaron que la filiación solo emerge a través de una alianza en donde se transmiten leyes (como ser la prohibición del incesto) y, así, surgirá el hijo de... Ese hijo terminará buscando un destino por fuera de ese grupo, y se desarrollará autónomamente, conforme también lo explicitaba Levi Strauss en la década de 1960. La destrucción de la familia, sencillamente, no es factible, por cuanto constituye la verdadera columna vertebral de todo sistema social. Sin familias, no habrá organización social posible. Tradicional, recompuesta, mono-parental o en cualesquiera de sus formas, jamás deja de ser el elemento fundante del amor y la cultura y, desde siempre, la mejor vacuna ante la proliferación de males sociales. La familia, en definitiva, es la transición hacia la cultura; es el reino de la palabra, de la donación y del encuentro. Queda atrás el ombligo como base de la existencia, y hace su ingreso la existencia en la forma de revelación y amor.

En su libro, 'Familias en Desorden', Elizabeth Roudinesco -historiadora y psicoanalista francesa- subraya que la familia consigna el 'último refugio frente a la tribalización de la sociedad globalizada'. El gran tema que se avecina será ver qué sucederá, eventualmente, con la procreación médicamente asistida, con la cuestión de las madres sustitutas y con modelos de clonación que prescindan de la intervención humana. De igual manera, si la mujer controla totalmente el proceso reproductivo, será menester preguntarse qué sucedería con la figura paterna. ¿Asistiremos al nacimiento de la omnipotencia materna? ¿Sobrevivirá la familia a estos nuevos desórdenes? ¿Cuáles serán las consecuencias socioculturales motorizadas por semejante fenómeno?

La familia ha dejado de ser el lugar de la obediencia social o el último residuo burgués y clerical, conforme se creía en ciertas tribunas ideológicas de los siglos XIX y XX. Hoy, acaso sea el último lugar remanente de verdadera humanización. ¿Quizás a ello se deba el notorio incremento de distintas y variadas enfermedades mentales, al comenzar a afluír estos problemas de convivencialidad?

El maestro del psicoanálisis argentino, G. Maci, recuerda: 'Ante la caída del orden simbólico familiar, aparecen dobles protectores'. No hay acompañamiento simbólico en el desarrollo, lo cual parecería suplantarse por distintos padrinos de esquina, los 'transas' o los patovicas, o bien el relacionista público del prestigiado boliche del barrio. Aquellos 'dobles protectores', más que abrirnos caminos, parecen introducirnos en un obscuro túnel.

De ese túnel, emergerán los menores desligados, portadores de la soledad más absoluta. De ahí al suicidio, sólo hay un paso.

 
Sobre Juan Alberto Yaría

Juan Alberto Yaría es Doctor en Psicología, y Director General en GRADIVA, comunidad terapéutica profesional en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Los artículos del autor en El Ojo Digital, compilados en éste link.