POLITICA ARGENTINA: SERGIO J. NERGUIZIAN

Justicialismo; movimiento, ambigüedad ideológica y construcción de poder

Buena parte de los analistas que han abordado el fenómeno del peronismo, han optado por la renuncia

25 de Julio de 2017
Tenemos, sí, una ideología y una doctrina, dentro de la cual nos vamos desarrollando. Algunos están a la derecha de esa ideología y otros están a la izquierda, pero están en la ideología. Los de la derecha protestan, porque éstos de la izquierda están, y los de la izquierda protestan, porque están los de la derecha. Yo no sé cuál de los dos tiene razón, pero eso es una cosa que a mí no me interesa.

Juan Domingo Perón, en oportunidad de sostener una conversación con jóvenes, el 8 de setiembre de 1973 (1)
 
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Buena parte de los analistas que han abordado el fenómeno del peronismo, han optado por la renuncia a definirlo en términos de los estándares académicos corrientes. Alguno, ya desde el título de su estudio, nos previene acerca de las dificultades con que se ha topado (El Enigma del Peronismo; Hugo Chumbita). Otros, advierten con delicadeza acerca del objeto que los ha desvelado (La Naturaleza del Peronismo, de Fayt; o El Peronismo, Sus Causas; Puigross). En general, todos señalan que la raíz del problema parece situarse en la identidad ideológica del justicialismo o, acaso, en la ausencia de la misma identidad.

Agravanse aún más aquéllas dificultades a partir del hecho de que su histórico conductor poco hizo para delimitar con precisión el área de la postulación ideológica de su movimiento. Dos hipótesis pueden ensayarse provisoriamente: a) en la hora fundacional, la necesidad táctica de sumar adhesiones imponía cierta vaguedad deliberada;b) la construcción del justicialismo requirió del sistema de ensayo y error, hasta lograr cierta consolidación -por lo cual la identidad debió trabajarse con materiales lo suficientemente maleables: no parece haberse registrado instante inicial alguno en el que se vaciara una aleación de ideas en el molde institucional partidario. Por el contrario, el alfarero ingenió un proceso en el que creaba al objeto, mientras giraba el torno.

Juan Domingo PerónCon el fin de aproximarnos tangencialmente a la cuestión identitaria, traeremos a colación algunas reflexiones de Perón -contenidas en su Manual de Conducción Política.

El justicialismo es descripto como un movimiento que no repudia al sistema capitalista, en tanto no postula una alteración substancial de los métodos de producción y de distribución de riqueza. Alienta con énfasis el rol de un Estado interventor en las relaciones capital-trabajo, pero su vocación por la injerencia en este asunto tiene por límite al marxismo de cuño soviético: 'Por razones políticas, ideológicas, geográficas y estratégicas, nosotros no podemos entrar a favor del comunismo. De modo que, descartado eso, nosotros ya determinamos en dónde está nuestro centro de gravedad en la acción: en el frente occidental. Nosotros vamos a formar parte del frente occidental, y lo que se avecina, va a ser una lucha entre el frente occidental y el oriental. Como nosotros estamos en uno de ellos, tenemos determinado allí el gran espacio en donde vamos a actuar'.

Luego de apuntar que las experiencias socialistas en toda la Europa de la mitad de siglo concluyeron en rotundos fracasos y, más aún, crearon las condiciones para la instalación de gobiernos reaccionarios, la descalificación es inapelable: 'Lo mismo pasó con nuestro socialismo, que, afortunadamente, nunca llegó al gobierno, porque nos hubiera hecho fracasar. ¿Por qué son malos? No porque sean incapaces, sino porque han desarrollado toda la vida una doctrina negativa. Nunca dicen lo que hay que hacer. Dicen en cambio, lo que se ha hecho mal y lo que no se debe hacer; son hombres negativos'.

El peronismo gana en febrero de 1946 las elecciones nacionales, aglutinando un frente integrado por el Partido Laborista, un desprendimiento radical denominado Junta Renovadora, y alguna fuerza menor. También para los radicales hay un duro reproche: tras ridiculizarlos, señalando que al fraude sistemático solían oponerle un manifiesto 'y se quedaban tan tranquilos por cuatro años, y la masa también se conformaba', agrega:  '(...) Hay que hacer una cosa: hay que levantar al Pueblo. ¡Qué manifiesto, ni que ocho cuartos! Una orden: levantar al Pueblo. Frente al fraude, se reacciona de una sola manera. Hay que tener todo bien conectado y a la voz de "ahora", se levanta todo el mundo, le queman los comicios, le matan los fiscales... cualquier cosa. ¡Es la única manera de combatir el fraude; pero con manifiestos..!'.

Dos series de conceptos adquieren particular significación desde la hora inicial del justicialismo, y merituar el rol concreto que cumplieron podría señalar alguna pista en la cuestión identitaria: Movimiento/Partido y Revolución/Justicia Social.

La adopción temprana de la idea de movimiento pretende establecer al menos tres diferencias con el concepto de partido: a) El movimiento (siempre en la acepción que el peronismo defenderá históricamente) es policlasista. Esta cualidad, a su vez, ofrece aristas particulares, conforme se la debe entender en armonía con la afirmación sacralizada que reza que 'la clase obrera es la columna vertebral del movimiento'. Este protagonismo absorbente sólo puede realizarse si se tiene lugar la alianza con el empresariado nacional, es decir, con áquel que acepta que la acumulación del capital de origen autóctono sólo puede consolidarse en el contexto de una alianza de clases en la que el Estado interventor morigera la desigualdad original de los intereses contendientes. De ahí que del policlasismo se derive naturalmente (es decir, sin violencia) la apertura de un abanico ideológico que representa el modo en que los sujetos entienden la amplitud del derecho de propiedad y la compleja estela de consecuencias que despliega la cuestión en la cultura como idea totalizadora; b) El partido es entendido como herramienta electoral: considerado como instrumento, parece indicar el valor subalterno con que se lo estima. El partido -como organización- reúne los requisitos normativos que aseguran su participación en los comicios, por lo que es considerado como el medio que realizará los fines que el Movimiento establece, precisa y aún modifica cuando su conductor, al aclarar el alcance de un concepto, fija pontificialmente su extensión significativa. En una escala axiológica, se establece: Primero la Patria, después el Movimiento y, por último, los hombres, determinando la primacía que comentamos; c) Mientras los Partidos deben suscribir una Carta Orgánica que garantice la participación de los afiliados en un ámbito democrático, la vida del Movimiento puede soslayar algunas vanidades pequeñoburguesas. Perón ha sido formado intelectual y emocionalmente por el Ejército, y ha recepcionado la visión del mundo que la institución le ha insuflado, si bien permanentemente aclara que ha hecho una elaboración crítica de la transferencia cultural consentida. Su formación determina su estilo de conducción: el verticalismo no es un déficit ético del Movimiento, sino la explicación de su eficiencia. A poco de asumir la Presidencia, decide disolver el frente electoral con que triunfara en febrero de 1946. Tras la existencia perentoria de un olvidado Partido Unico de la Revolución -ideado como recurso para terminar con una puja crecientemente violenta por espacios de poder-, por fin, el 23 de Mayo de 1947, Perón se dirige al país por radio: se adjudica la jerarquía de Jefe Supremo del Movimiento, y manifiesta: 'Caducan, en la República, las autoridades partidarias actuales de todas las fuerzas que pertenecen al Movimiento Peronista'.

En la historia reciente de la República Argentina, dos triunfos electorales provocan estupor inicial, pero pueden ser explicados (esto es, descriptos racionalmente), agregando ciertos elementos de interpretación. Carlos Saúl Menem sorprende, en 1989, con un programa de tinte neoliberal, a tono con el signo de esos días y, consecuentemente, elabora una alineación cuasiautomática con la política exterior de los Estados Unidos de América. El presidente de entonces defiende el programa económico y lo justifica, argumentando: 'Si decía antes de asumir lo que íbamos a hacer, no me votaba nadie' (dixit). Lo cual significa que el electorado peronista hubiese rechazado de plano la oferta. Seis años más tarde, en 1995, Menem se asegura un segundo mandato inmediato por cuatro años más, con un apoyo incluso superior aún al obtenido en 1989. El secreto del triunfo reside en que, en todo momento, se aclara que el programa no va a ser modificado.

Cristina Fernández de Kirchner sucede a su esposo en la titularidad del Poder Ejecutivo en 2007, e imprime un giro a la izquierda a su gestión, tomando lentamente distancia del ámbito populista moderado que hereda. En 2011, obtiene el 54% de apoyo, asegurándose un segundo mandato -sumando la adhesión de sectores de clase media y alta.

En 1950, el Jefe del Movimiento reflexiona en torno de la actualización de la doctrina (ese mismo año, se leen -desde el balcón de la Casa Rosada- las Veinte Verdades Peronistas, conceptuadas como afirmaciones esenciales de los fines del Justicialismo): 'Esa doctrina debe ser también elástica. Las doctrinas políticas no pueden ser eternas, aunque sean eternos los principios que las sustentan. Pues, dentro de la doctrina, además de los grandes principios, están contenidas muchas cuestiones de forma que obedecen a las condiciones de tiempo y espacio. La doctrina debe ser actualizada. Quizás dentro de diez o veinte años, lo que hoy decimos del Peronismo y que vemos tan maravilloso, ya sea anticuado. Vale decir que, a la doctrina, hay que mantenerla al día, y hay que hacerla evolucionar, presentando siempre nuevas formas activas de esa doctrina'. Puede afirmarse, entonces, que la estimación de un hipotético anacronismo prepara la justificación de las mutaciones en el área de los medios, y que preserva con ambigüedad deliberada la inmutabilidad formal de los fines. En el trayecto histórico, el Movimiento asume la tarea de instalar en la masa, como sujeto pasivo ('la masa debe ser conducida'), la transferencia y adopción creciente de la doctrina peronista, a los efectos de habilitar su ascenso al plano de sujeto protagonista en tanto clase joven (inicialmente, proletariado industrial), finalmente emancipada.

La segunda pareja de términos que conviven tensionados en el discurso y la praxis justicialistas citan a la Revolución y la Justicia Social.

Hacia fines de 1944, el escritor nacionalista Manuel Gálvez escribe la introducción a la primera recopilación de discursos del Coronel Perón, denominada 'El pueblo quiere saber de qué se trata', y afirma: 'La revolución del 4 de junio significa, para los proletarios, y en cuanto proletarios, el más grande acontecimiento imaginable. Y, dentro de la revolución de junio, nada tan maravilloso como la obra del coronel Perón'. Este, el 1 de mayo de ese año, en un mensaje a los trabajadores, compartió: 'Un deseo superior de justicia fue el motor que impulsó a la revolución triunfante'. La pareja de términos que estudiamos convergen, una y otra vez, en la recopilación y en futuros documentos justicialistas: 'La justicia social era parte del movimiento del 4 de junio, el de la Revolución Nacional. Hasta la revolución, habían reinado la injusticia social y el desorden en las relaciones laborales, como consecuencia de un Estado abstencionista, del Estado liberal, de la politiquería'.

Si el Estado no salía de la pasividad frente al conflicto creciente en las relaciones del capital y el trabajo, la situación podría derivar en el desencadenamiento de la lucha de clases que destruiría a la Nación: tal la tesis que defendía el Coronel. Parece aceptar la idea de lucha de clases como dato objetivo de la historia de las comunidades humanas, pero no tolera la propuesta de una sociedad sin clases como única vía para la construcción de una socialmente justa. En el documento intitulado 'Palabras pronunciadas en el acto de proclamación de su candidatura' (12 de febrero 1946), emerge un léxico común en la literatura marxista: 'Por eso, cuando nuestros enemigos hablan de democracia, tienen en sus mentes la idea de una democracia estática, quiero decir, de una democracia sentada en los actuales privilegios de clase'. Más adelante: 'De este modo, llegaríamos a la conclusión de que futuro Congreso representará un régimen democrático, si trunfan los privilegios de la clase hasta ahora dominante…'.

La justicia social se habrá de alcanzarse reconociendo el enfrentamiento de clases, pero negando la alternativa marxista como ídónea en nuestro medio: 'Las masas inorgánicas son siempre las más peligrosas para el Estado y para sí mismas. Una masa trabajadora inorgánica, como la querrían algunas personas, es un fácil caldo de cultivo para las más extrañas concepciones políticas o ideológicas'. Los nacionalistas, a su vez, se sintieron igualmente desalentados por el curso que tomaban los acontecimientos. Uno de sus representantes, Rodolfo Irazusta, habrá de reconocerlo: 'En lugar de la revolución que queríamos nacional, sobrevino la revolución social'.

En una concentración de obreros de la alimentación, Perón hará convergir una vez más el par de vocablos que estamos siguiendo en el discurso total peronista: 'El contenido fundamental de la revolución ha sido de carácter social, por la simple razón de que el mundo evoluciona hacia lo social y el gobierno de los pueblos va siendo cada menos político, para ser cada día más social (...) La Secretaría de Trabajo y Previsión pasará a la historia como el puente magnífico de la evolución de la burguesía al dominio de las masas'.

Pocos meses después de la Revolución del 4 de Junio, Perón concede una entrevista al matutino chileno El Mercurio, y agrega más elementos desde los cuales definir su particular perfil político: 'Yo, personalmente, soy sindicalista por antonomasia y, como tal, anticomunista, pero creo que debe organizarse el trabajo en forma sindical, de modo que los trabajadores y no los dirigentes ni los agitadores sean los que aprovechen los mayores beneficios'. El Partido Comunista había sucumbido a la presión de Moscú y, como todas las subsidiarias locales del PC, debía colaborar con el 'socialismo en un Estado', el soviético, marchando por las calles de Buenos Aires del brazo del embajador estadounidense. Perón amenazaba con convertirse en una proyecto nazi-fascista, y todo esfuerzo era poco con tal de abortar la temible experiencia en gestación. Su principal dirigente local aportaba su histórica miopía al encumbramiento del audaz Coronel, y escribía: '(...) Los peronistas del 17 de Octubre constituían una ínfima minoría: su crecimiento fue consecuencia de la insuficiente unidad  de las fuerzas democráticas y progresistas (...) Pese a la demagogia "antioligárquica", "anticapitalista" y "antimonopolista", el régimen de Perón se propone establecer el mismo que desean las fuerzas reaccionarias de la oligarquía criolla aliada a los monopolios extranjeros' (en Sobre el Peronismo y la Situación Política Argentina).

El uso impreciso de la serie que venimos comentando parece patentizarse en el instante en que Perón propone la vía de la evolución, impuesta en todo el mundo tras la revolución bolchevique, a fin de transitar armoniosamente el fin del dominio burgués y la recepción de la sociedad de masas: 'Nosotros no hemos hecho más que interpretar éste "ambiente del mundo", conscientes de que quien esté en contra de la evolución está perdido. Asentir a la evolución era, asimismo, precaverse contra la revolución que es destrucción de valores, es acumulación de desgracias y sacrificios'. Décadas después, cuando el ala juvenil que había optado por la violencia armada le reclamó al jefe del Justicialismo la revolución tan anhelada, éste constestó más de una vez que, 'entre la sangre y el tiempo, había elegido el tiempo'.

J. W. Cooke fue un joven diputado por el justicialismo en su primer gobierno y, pronto, militó en el ala izquierda del Movimiento. Consideraba que, en 1952, Perón debía dar por concluída la etapa de consolidación del frente nacional burgués y pasar a la transformación socialista: 'Los peronistas somos los comunistas de Argentina', decía -no sin un atisbo de picardía. Tras el golpe de 1955, la Revolución Libertadora lo encarceló. Fue entonces cuando recibió una carta de Perón, fechada en Caracas, el 2 de noviembre de 1956: 'Por la presente, autorizo al compañero Don John William Cooke (...) para que asuma mi representación en todo acto o acción política. En este concepto, su decisión será mi decisión, y su palabra la mía (...) En caso de fallecimiento, delego en el doctor John William Cooke el mando del Movimiento. [Firmado]: Juan Perón'.

Es muy probable que todo intento por desentrañar el misterio del peronismo aplicando categorías acuñadas en los países centrales, o pretendiendo describir un pensamiento político estructurado, homogéneo, académicamente pulcro y legible sin contradicciones, termine en desaliento y fracaso.

Los enunciados del discurso peronista no intentan describir el mundo a partir de una visión unidimensional, ni buscan transferir información. Los textos tiene por objetivo seducir al sujeto-recipiente (la masa), a los efectos de captar su voluntad y de suscitar su simpatía cuando el mensaje llegue a quienes, por razones culturales, no han desarrollado la digestión crítica de la literatura política.

Perón diseñó lo ideológico como un instrumento eficiente, en razón de su deliberada ambigüedad significativa e ingenuidad formal para la construcción de Poder, su acumulación y administración.

 
Sobre Sergio Julio Nerguizian

De profesión Abogado, Sergio Julio Nerguizian oficia de colaborador en El Ojo Digital (Argentina) y otros medios del país. En su rol de columnista en la sección Política, explora la historia de las ideologías en la Argentina y el eventual fracaso de éstas. Sus columnas pueden accederse en éste link.