POLITICA: PABLO PORTALUPPI

Confusión

Todo parece estar patas para arriba en el actual horizonte argentino.

02 de May de 2015
Todo parece estar patas para arriba en el actual horizonte argentino. La pretendida revolución que tanto pregona el kirchnerismo se muestra corrompida desde sus cimientos. El Frente Para la Victoria -difícil soslayarlo- forma parte del peronismo, que a la postre se exhibe como una organización política fundamentalmente conservadora. El padre del movimiento justicialista se formó inicialmente en el ámbito castrense, mientras que sus viejos y actuales dirigentes -políticos y sindicalistas- se reducen a meros caciques y patrones de estancia cuyo único norte se reduce a no ceder cuotas de poder en sus terruños, consolidando una perpetuación en base a décadas. La proclamada renovación del espacio se limita a La Cámpora, que no es otra cosa que un núcleo constituído por jóvenes ancianos- su propósito: enquistarse en el Estado ad eternum. ¿Quién fue Héctor Cámpora, sino un dirigente mediocre y parasitario que, siempre a la sombre de Juan Perón, apenas tiene para exhibir una duración de 49 días en la Presidencia? El odontólogo de San Andrés de Giles pasó a la historia por ser un personaje colateral, carente de carácter, que terminaría huyendo de la Casa Rosada con apenas un par de gritoneos del entonces líder.

Por contrario, el neocamporismo difícilmente podría ser catalogado de mediocre; antes bien, es un espectro plagado de cinismo. Aún cuando un puñado de cuadros podrían retornar una sólida formación, la fachada revolucionaria del espectro solo busca salvarse económicamente y desparramar esa salvación entre los propios. Poco tienen que ver con 'Los Reventados', esto es, la militancia peronista de los setenta a la que hace mención el ensayista Jorge Asís en su reconocida novela. Aquellos distorsionaron el ideario de Perón como argumento desde el cual justificar la toma del poder por asalto, obviando que el mandamás había utilizado a las Fuerzas Armadas como trampolín para luego rematar sus días como un Larroque, Kicillof, Recaldepersonaje gris y enfermo. La militancia frentevictorista del siglo XXI declaman amor por Cristina, una señora entrada en años y obscenamente millonaria, acostumbrada a solidificar su patrimonio gracias a la proximidad con el Estado -Provincial o Nacional-. La grotesca contradicción puede detectarse ya en el culto a la viuda: los revolucionarios sub-40 enaltecen a la lideresa que los ayudó a parasitar al Estado para propio provecho. No se diga más. 

En otra oportunidad, la ensoñación revolucionaria de la izquierda peronista se vería interrumpida por el paso al costado del ignoto Cámpora. A posteriori, el ex general Perón se encargaría de eliminar todo vestigio de lo que él llamó 'infiltrados', y mucho de ese rencor debió sobrevivir en el sentir de las generaciones que padecieron el desplante. Acaso con la salida de Cristina Fernández del poder a fin de año, comience a darse por terminado un ciclo que sus patrocinadores etiquetaron de histórico: el de la venganza y el odio. A la sazón, han cambiado los métodos y procedimientos: las armas del hoy no son ya fusiles ni explosivos caseros, sino el carpetazo elaborado por apretadores de la AFIP o el subsistema de intimidación implementado por la ex SIDE - todo un signo de los tiempos.

En los setenta, el peronismo ortodoxo se estremecía ante la eventualidad de la infiltración izquierdista, y el saldo del enfrentamiento ideológico se corporizaría en la masacre de Ezeiza, el 20 de junio de 1973, con el regreso definitivo de Perón al país. En la Argentina que ahora nos ocupa, el partido hegemónico durmió la siesta mientras era penetrado por cuadros que sólo perseguían y persiguen el engorde de la billetera. La sorpresiva muerte de Néstor Kirchner sería el bautismo de fuego para la irrupción brutal de La Cámpora, interregno en el cual el peronismo clásico mostró su verdadero rostro: la cobardía y el celoso cuidado de las propias comarcas. Hace cuarenta años, Juan Perón se proponía como figura ordenadora. Hoy, ya no había líder en quién reposarse. Todo terminó por enredarse barrocamente: Gildo Insfrán se complementó con Amado Boudou; Hugo Moyano, con Recalde Junior; Eduardo Fellner hizo migas con Andrés 'Cuervo' Larroque; Axel Kicillof -le haya gustado o no-, fraternizó con Ricardo Echegaray; Hebe Pastor de Bonafini se asoció a César Milani. El panorama remite a una declarada y gigantesca confusión de personajes; simbología perfecta de lo que históricamente representó el justicialismo (y con la sociedad argentina en el espejo). En el fondo, nada nuevo: ¿o acaso Firmenich y López Rega no se declaraban peronistas?

Pero la confusión parece buscar superarse: ¿es mejor lo viejo o lo nuevo? Kicillof no es un Ministro de Economía potable, pero tampoco lo fue Domingo Cavallo (maestro admirado por el actual titular de Hacienda en sus tiempos en la Universidad de Buenos Aires). Los intendentes del conurbano -conforme es de público conocimiento- representan lo más rancio y pútrido de la política doméstica, pero sus eventuales reemplazos camporistas difícilmente dejarían una mejor imagen que ellos en esos distritos insolubles. Por caso, Juan Manuel Urtubey -elegido tres veces gobernador de la Provincia de Salta- va camino de convertirse en una pálida copia del formoseño Insfrán. El peronismo no supo, no quiso, o no pudo asumir un perfil definido durante la era kirchnerista, mostrándose catatónico en la temporada de Cristina. La Administración orientó sus esfuerzos a la retención y división de organizaciones sociales y no gubernamentales; la oposición -adormecida en el parlamento- nunca buscó convertirse en facilitadora del ruidoso reclamo ciudadano, decepcionado frente a los modos y el autoritarismo de Balcarce 50. En el contexto de referencia, eso que se conoce como 'peronismo' ingresó en un período de letargo, dejando entrever sus propias miserias y transparentando que la crisis de 2001 también lo había afectado sobremanera.

Mientras tanto, el presente panorama permite entrever los detalles de la trampa. Al mismo tiempo en que Mauricio Macri reniega del justicialismo (amén de la trayectoria peronista de su flamante socio, Carlos Reutemann), Sergio Massa asiste enmudecido a la creciente fuga de sus soldados. ¿Fue Massa, alguna vez, peronista? El consenso es que no, explicitándose que su reticencia de cara al espectro justicialista le sumó resquemores entre los veteranos caciques del Movimiento. De tal suerte que muchos actores, dada su carencia de identidad, confluyen hacia Daniel Scioli: los ortodoxos -salvo excepciones- no verán otro camino que apoyar a aquel que siempre se mostró kirchnerista, muy a pesar de las humillaciones padecidas. Peor todavía: el elemento rebelde del neocamporismo terminará resignándose al regazo del Gobernador de Buenos Aires. Precisamente ellos, que gritan liberación y revolución a los cuatro vientos; terminarán sumándose al conglomerado farandulero de un conservador sin ideas ni contenido.

'Jamás nos tiene que faltar un tomate en el bolsillo, un hotel con espejos, unos whiskachos. Con nuestro resentimiento, podemos hacer una ciudad. En pelotas y a los gritos, matando en la selva para que no nos revienten. Tenemos que estar siempre colgados de la liana, agarrados, como garrapatas, tenemos que estar siempre al costado, prendidos'. Así lo retrataba Asís en 'Los Reventados'.

A esto se resume este momento -y todos los que le seguirán.

 
Sobre Pablo Portaluppi

Es Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Periodismo. Columnista político en El Ojo Digital, reside en la ciudad de Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Su correo electrónico: pabloportaluppi01@gmail.com. Todos los artículos del autor, agrupados en éste link.