POLITICA: POR MATIAS E. RUIZ, EDITOR

Ni Daniel Scioli, ni Mauricio Macri: la Nada

Mientras el cristinismo desespera echando mano de un desprolijo planteo de perpetuación, el devaluado espectro opositor comienza a estudiar con disimulado interés los discursos del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y del Jefe de Gobierno porteño...

02 de Febrero de 2012

Mientras el cristinismo desespera echando mano de un desprolijo planteo de perpetuación, el devaluado espectro opositor comienza a estudiar con disimulado interés los discursos del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y del Jefe de Gobierno porteño. Pero ninguno de los suscriptos remite a alternativas sólidas que puedan mutar en políticas nacionales mínimamente creíbles, en tanto que debe apuntarse la insoslayable incapacidad que les es propia. Mucho menos sueñan con hacerse cargo del comando de una república fallida. (Foto: ElComercioOnline.com.ar)

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El cristinismo oficialista invirtió casi la totalidad del pasado año de 2011 en obsequiarse una victoria en las elecciones presidenciales. Hoy, apenas Matías E. Ruiz / Twitter oficialunos pocos meses después, trasunta en verdad de perogrullo caratular aquel triunfo electoral como pírrico, en virtud de los gruesos errores en que han incurrido los personeros del "modelo". Tropiezos de rigor táctico que oportunamente supo saltear el malogrado Néstor Carlos Kirchner, pero que cobran protagonismo para martillar con fuerza sobre la figura de su viuda: ya no existe margen para argumentar positivamente las supuestas bondades del mercadillo oficial. Inapelablemente recluído en una estrategia defensiva desde el speech, el modelo de acumulación subsiste gracias al vacío que impera en la vereda de enfrente y al sostenimiento, a cualquier precio, de la matriz de subsidios. Esa prerrogativa de subsistencia comienza a exhibir fisuras, que Balcarce 50 termina corroborando ante cada oportunidad en que los arlequines del reino agitan el fantasma de la re-reelección de Cristina. En medio del festival impúdico de la mediocridad dirigencial, un puñado de monigotes celebran la potencial implementación de una suerte de operativo clamor que en su momento y oportunidad se llevó puesto al riojano Carlos Menem, arrojándolo a la hoguera de la consideración ciudadana. El fin del ciclo de vida de lo que se ha dado en llamar kirchnerismo se aproxima. Se trata de un suicidio político confeccionado no ya por partidos políticos rivales, sino por los propios embajadores del poder. Ninguno de ellos -ni siquiera los intelectualmente mejor preparados- acertó a explicar que el Frente Para la Victoria erró al basar su horizonte en un esquema endeble de subsidización estatal que, como es sabido, no podría mantenerse ad infinitum. Peor aún: la suspensión, violenta o gradual, de los mecanismos de beneficencia conducirá a un escenario que se promociona como muy similar al caldero previo a los hechos de diciembre de 2001. Aquel momento de la historia nacional, que debió constituírse en un punto de inflexión para cambiar las cosas, solo solidificó los objetivos de una dirigencia corrupta que aspiraba a mantener el status quo. Vale rescatar que, en esta instancia, no se debe citar exclusivamente a las responsabilidades del kirchnerismo/cristinismo, sino al accionar de la totalidad de la clase política del país.

El Gobierno Nacional ha ocultado los problemas bajo la alfombra, sin jamás atacar las causas. Guillermo Moreno, como alter ego de la Presidente de la Nación, acumula demasiadas presiones en su quehacer operacional y, más tarde o más temprano, deberá arrojar el guante: hoy, se le hace imposible controlar la cotización del dólar paralelo (solo se preocupa por regular el goteo informativo). Sus iniciativas por sostener a como dé lugar el superávit comercial no solo representan un capítulo digno de una comedia de enredos sino que, en simultáneo, terminan refrendando el carácter acuciante de la pobreza de caja del Tesoro. En este mismo marco se circunscribe la voracidad de la AFIP, regenteada por un funcionario cuestionado hasta los tuétanos, Ricardo Echegaray. La personalización y la exacerbada concentración del poder han conducido a un vertiginoso síndrome de teléfono descompuesto: ni el titular de AFIP, ni José Sbatella (UIF) ni Moreno se dirigen la palabra. No existen instrucciones claras. En otros ámbitos de la administración estatal, se suceden escaramuzas similares. Pero el comando de la economía se impone, por obvias razones, a la importancia del resto de las áreas. Moreno es lo que fue Domingo Felipe Cavallo en los noventa, ocasión en el cordobés recibiera el mote de "superministro".

¿Y qué es el kirchnerismo/cristinismo, sino una síntesis perfecta de las prácticas comerciales corruptas del menemismo y los peores modos del pasado Proceso de Reorganización Nacional? No debería extrañar que, próximamente, el gobierno federal ponga a punto mecanismos judiciales para comenzar a poner a reconocidos periodistas tras las rejas. La prensa no podrá escapar al calvario recurriendo a las políticas de autocensura que la Casa Rosada propone, sutilmente, a los medios de comunicación. Un destino oscuro aguarda a reputados columnistas dominicales que no comulgan con la doctrina oficial; deberían ir sabiéndolo. Porque subsiste un problema para la ideología imperante: ya no quedan oficiales militares retirados para seguir arrojando a las celdas. Entonces, hay que ir por más. Esto es lo que ordenan el "modelo" y El, desde la tumba o desde el Hades de los antiguos.

Es en este contexto tan complicado para el país que ciertos referentes de experiencia/prontuario concluyen que el cristinismo debe ser sostenido en el poder porque, después, solo reposa el vacío del abismo. Se contabilizan hoy demasiadas referencias en relación a un escenario calcado del que terminó con Fernando De la Rúa, pero no porque Cristina Fernández esté en riesgo de huir de la noche a la mañana, sino porque el análisis reporta un acuse de daños de alto calibre por parte de un sistema que -se reconoce- hace agua por todas partes. Los momentos aciagos de 2001, cuando menos, permitían algún sitio para la "esperanza": el peronismo se hallaba en posición como para capturar las riendas. La variable justicialista sirvió, pues, para acallar el griterío creciente del "Que se Vayan Todos". El peronismo logró que todos se quedaran.

En la actualidad, acaso uno de los logros más significativos de los Kirchner ha sido demoler el suelo bajo los pies de la oposición. El lomense Eduardo Duhalde le abrió la puerta peronista a "Alien, el Octavo Pasajero". El mutante se desayunó a la tripulación y ahora -conviene no engañarse- el peronismo ha dejado de existir. El radicalismo, por su parte, jamás pudo recuperarse del efecto nocivo que las administraciones alfonsinista y delarruísta imprimieron en el inconsciente colectivo de la opinión pública. El argentino promedio puede tolerar a traficantes de droga a gran escala, lavadores de dinero, homicidas de abultado prontuario, violadores de niños, golpeadores seriales de mujeres y estafadores millonarios que se ríen de las circunstancias a mandíbula batiente. Pero no vota inútiles. La voluminosa Elisa Carrió arrojó la toalla tan lejos como pudo, acaso harta de perder comicios, acaso hastiada de encontrarse a sí misma flanqueada por partidarios que portaban pañales y "chicos de departamento". De Binner y el socialismo, la "izquierda" y De Narváez, mejor ni hablar: no merecen siquiera una cocarda para el ránking del ninguneo. Los argentinos repudiarían el magnicidio de un presidente -a contramano de los estadounidenses- pero aplaudirán cuando se eyecte a uno a fuerza de puntapiés, coscorrones y disparos de armas de fuego. Encarnamos una sociedad conformista y enfermiza, pero (nadie puede negarlo) consistente: nos regocijamos en nuestro optimismo de que aterrice un dirigente varias veces peor que el anterior.

Ahora, y apenas el verano comience a tocar fin, la prerrogativa sistémica del espectro político volverá a agitar nombres de potenciales candidatos para la Presidencia, en tanto unos cuántos ya se han notificado de que las legislativas de 2013 perdieron interés mucho antes de asomar la cabeza. Surgirán -cada vez con mayor vigor- comidillas orientadas a atender a las posibilidades de Mauricio Macri, Jefe de Gobierno porteño, y Daniel Osvaldo Scioli, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

Lo cierto es que, aún cuando Scioli provenga de la motonáutica y los orígenes politiqueros de Macri puedan rastrearse hasta los logros obtenidos por Boca Juniors, ambos trabajan por y para el sistema. El gobernador bonaerense ha nacido en la vaina y allí, aún hoy, remolonea. No en vano, incluso la clase media "blanca" le ha perdido la paciencia, prefiriendo otear hacia el camionero Hugo Moyano como si se tratara de un Homo Novus de tolerable reciclaje. El ex motonauta solo especula con alcanzar el final de su flamante y recién logrado segundo mandato sin que su distrito ocupe las principales tapas de los diarios por la vía de un incendio de proporciones. En el cénit de su cobardía, ni siquiera se ha atrevido a liberar de culpa y cargo a los policías que reprimieron con justicia a militantes furtivos de La Cámpora, en los minutos previos a su reasunción. Enfrascado en la sensación de encontrarse atado de pies y manos (como lo reconociera públicamente), tampoco ha podido poner coto a la problemática de los menores que asesinan a mansalva y que regresan rápidamente a las calles para volver a hacer lo mismo. En su irrefrenable insistencia por agachar la cabeza, compromete su futuro político. Pero parece no percatarse de ello.

El caso de Mauricio Macri podría, a vista de pájaro, remitir a una postal un tanto diferente. Pero no tanto. La caja de velocidades del alcalde capitalino solo parece incluír dos posiciones: primera y marcha atrás. No ha hecho demasiado -a falta de un mejor eufemismo- para aliviar la saturación de los hospitales de la órbita de la Ciudad, pringado de inmigrantes ilegales que copan la totalidad de los turnos y envían a los dolentes argentinos al final de la fila. Cualquier fallo del inocuo y megakirchnerista magistrado Roberto Gallardo resulta más que suficiente para paralizar su acción de gobierno durante meses. Más o menos, idéntico resultado puede cosechar cualquier minúscula manifestación de una decena de personajes de barrios acomodados que protestan por su derecho de estacionar impunemente sus vehículos de alta gama sobre las veredas, con tal de no abonar $500 en la cochera más cercana, ni poner monedas en un parquímetro. Paseadores de canes y cartoneros -si se lo propusieran- podrían perfectamente echarlo a patadas de Bolívar 1. Recientemente, el buen hijo de don Franco ha sumado un fallo de la Justicia para percibir impuestos no cobrados a casinos y salas de juego, diez años hacia atrás ("¿Viste, papá? No soy un inútil"). Aún contando con este beneficio, agita permanentemente las banderas de la asfixia de la caja municipal para imponer incrementos groseros en un servicio de Alumbrado, Barrido y Limpieza que brilla por su ausencia y multiplicar impuestos. Estafa flagrante si las hay, si se la analiza con cuidado (y habrá tiempo para hacerlo, próximamente). Para colmo, la opinión pública porteña se notifica recién ahora sobre el vicio que comparte con sus aparentes "rivales" cristinistas: la práctica del espionaje, por puro deporte.

Tanto Scioli como Macri palidecerían con solo enterarse del estado real de las cuentas del Estado Nacional, para el caso en que alguno de ellos arañase la Presidencia. Estos buenos muchachos -sobra decir- han demostrado una supina incapacidad para encarar situaciones munidas de una tasa de riesgo infinitamente más baja. No sería extraño, pues, hipotetizar que carecen de la iniciativa más elemental para procurar verdadera seguridad a la nación. No sabrían qué hacer para terminar, por ejemplo, con los personeros políticos del tráfico de cocaína a nivel local, muchos de ellos "reputados" legisladores e intendentes. Esos mismos que insisten en declamar que la Argentina solo es un espacio de "tránsito" de la droga... porque, como estrategia de negocios, comercializan solo el 15% aquí, en tanto que el 85% de los embarques viaja a Europa, donde el precio por kilo escala hasta la estratósfera. Difícil imaginar al Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma remitiéndole a Evo Morales la factura de los gastos hospitalarios de sus ciudadanos en la Argentina. Será, entonces, imposible que -el día de mañana- le ordene al mandatario boliviano que su Administración deje de utilizar nuestro territorio nacional para comerciar con la blanca substancia, porque nuestra juventud se muere.

Por sobre todo, ninguno de los mencionados se atrevería siquiera a enviar a la cárcel a sus otrora socios del kirchnerismo cristinista que, para aquel momento, hayan abandonado el poder. ¿Serían capaces de desarticular la matriz de negocios de la familia K y promover al envío de exhortos a bancos y gobiernos extranjeros para que se explique dónde han refugiado sus más de US$ 20 mil millones?

En vistas de lo comentado, no sorprendería que, por estas épocas, casi la totalidad de la dirigencia afirme por lo bajo que nadie piensa siquiera en sentarse en el sillón de Rivadavia, para probarlo.

Preguntaba Jack Nicholson en el celuloide "Mejor, Imposible" (As Good as It Gets), a un grupo de personas aguardando ser atendidas en un consultorio: "¿Y si esto es lo mejor que hay?". Curiosidades: el veterano Antonio Cafiero -a segundos de asumir Néstor Kirchner ante el Congreso- le hizo la misma pregunta a Eduardo Duhalde. El de Lomas de Zamora nunca le contestó: perdió, súbitamente, la voz.


Por Matías E. Ruiz, Editor
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