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La TV basura no se rinde : Latin American Idol, un aquelarre de esperpentos y mediocridad

Latin American Idol es el más novedoso juguete de la mercadotecnia del ridículo en la tevé : no se sabe quién lidera el ranking de estupidez, si los participantes, los televidentes y seguidores del show... o los propios conductores, los impresentables Gustavo Sánchez, Jon Secada y "Mimí".

Que la juventud de la América Latina atraviesa un momento tenebroso en cuanto a sus ambiciones y proyectos no es novedad. Los jóvenes que no se han dedicado a engrosar las filas de las maras o pandillas de Estados Unidos y América Central, han optado por autodestruirse bajo la cobija del consumo de drogas, alcohol y demás. Aquel escasísimo porcentaje que ha escapado a la delincuencia y el infraconsumo invierte demasiado tiempo en lo superfluo, y, dentro de este círculo, están aquellos que consumen y participan en el nuevo show macabro que se ha dado en llamar "Latin American Idol".

Luego de la versión inicial americana, American Idol -o, simplemente "Idol" para los fans-, los avispados cerebros marketineros de Sony Entertainment Television y FremantleMedia se decidieron a consumar una versión targeteada a los televidentes y consumidores de lo mundano que residen en el subdesarrollo del concierto latinoamericano.

Pues -quién osaría dudarlo-, si pocas esperanzas quedaban para los no pudientes del subcontinente, peor es la expectativa futura que se puede tener para los consumidores de este nuevo sistema de control mental. Sistema que ni siquiera disimula su intención abiertamente neonazi de uniformar el la percepción que el globo tiene del latino. Porque, al fin y al cabo, todos los que viven al sur del Río Bravo son exactamente iguales cuando se habla de preferencias de consumo. Para los arquitectos de esta nueva comunicación, tampoco existen diferencias culturales, educativas, económicas, etc. No importa la variable que se utilice para medir. También pensarán que en todos los rincones de Latinoamérica hacen más de 30 grados promedio por día, que todas las naciones de la región son republiquetas bananeras y que sus habitantes utilizan camisas floreadas por igual, que tienen acento caribeño y que su actividad favorita para los ratos libres es el consumo y tráfico de estupefacientes.

Y, señor lector, aquí viene lo más triste de todo : el latino promedio alimenta esa imagen y contribuye a estereotiparla; imagen que luego consumen, mastican y pregonan europeos y americanos del norte.

Es que el latinoamericano productor de tevé exhibe una habilidad especial para tomar los modelos horripilantes que vomita regularmente la televisión yankee y reproducirla en formato ciento por ciento latino. ¿Ud. qué esperaría de una copia calcada sobre un paupérrimo original?

Mientras que los productores estadounidenses de la tele pierden millones de horas adaptando contenidos para las distintas regiones de los Estados Unidos de América, a Sony le bastaron pocos minutos para diseñar la versión latina de American Idol y exportarla, sin modificaciones, al subdesarrollo. Y bien vale la pregunta, ¿en qué se parecen un chileno y un argentino a un uruguayo? ¿Qué diablos tienen en común colombianos y bolivianos? ¿Imaginarán dentro de poco los yanquis que los gauchos galopaban sin descanso entre Bogotá, Caracas, las islas hispanoparlantes del caribe y las pampas argentinas?

Nuevamente, el peor enemigo del latinoamericanismo es el latinoamericanismo per se. En su afán de crítica contra el Imperio, el latino aprovecha para someterse al modelo cultural-comercial en el primer minuto que sigue a la queja.

Tal es el formato de Latin American Idol, copia fiel del impresentable original, y con presentadores, consumidores y participantes igualmente impresentables : un panel de tres monigotes representando los roles del "bueno, el malo y el feo", y aprovechando para humillar al primer proyecto de cantante que tengan a la mano. Aunque lo correcto es declarar que aquellos que se presentan merecen la peor de las humillaciones, pues debe ser bajísimo el nivel de autoestima de una persona para pretender obtener la aprobación de un jurado de esperpentos. Los monigotes del caso vienen a ser el ex cantante Jon Secada, el "productor-de-todo-lo-latino" Gustavo Sánchez y una supuesta cantante autobautizada "Mimí". Jon Secada no es otra cosa que un cantante caído en desgracia y cuyo empleo actual sólo hubiera podido dárselo Sony para jurado en Latin American Idol. El voluminoso Gustavo Sánchez es un supuesto empresario musical de dudoso currículum vitae y a Mimí, francamente, no la conocen ni sus progenitores. Y aquí, la viva prueba del desinterés por los americanos a la hora de implementar las técnicas mercadológicas para promocionar el mamarracho en los países del sur : en la Argentina, será difícil encontrar a alguien que conozca a alguno de los mencionados monigotes del jurado de Latin American Idol. Como mucho, un 1% habrá oído hablar alguna vez de Jon Secada, pero estas personas seguramente tendrán más de 30 años, y claramente, caen fuera del target pensado por los productores para la región, o al menos para la Argentina. Porque, para mencionar lo obvio, para que un esperpento como Latin Idol aspire al éxito entre los televidentes, como mínimo, quienes ven el programa deberían confiar en los antecedentes del panel. Pero la pregunta de cualquier argentino que haya visto el programa es, ¿Y quiénes son estos tipos? Nadie gira la cabeza cuando oye hablar de Jon Secada y mucho menos de Mimí. Cuando menos, el comentario más popular se acerca a "¿quién es el gordo desagradable y soberbio que maltrata a todos los participantes?" -en clara referencia a Gustavo Sánchez-. Muchos argentinos alzarían sus puños en señal de ira contra Sánchez, si se enteraran de que el mencionado jurado es el responsable de haber "descubierto" al impresentable Chayanne. Y, seguramente, querrían liquidarlo sin perder tiempo. Por otro lado, el único participante argentino del team es el animador "Monchi" Balestra, un personaje del que en toda la República nadie ha oído hablar jamás...

Proyectan Sony Entertainment y FremantleMedia que, al momento de la finalización de las emisiones, Latin American Idol habra freído los jóvenes cerebros indefensos -o abiertamente masoquistas- de millones de habitantes de entre 14 y 30 años que viven desde México hasta la argentina Tierra del Fuego. Es decir, que los gobiernos de la región no tendrán más remedio que cuadruplicar geométricamente los presupuestos destinados a salud mental y tratamiento de capacidades mentales disminuídas de las generaciones presentes y futuras.

En el caso de la Argentina, ya los televidentes se habían expuesto al daño permanente de PopStars y Operación Triúnfo, de origen España. En el caso de esta última producción, los oídos de millones de personas debieron pagar el precio de tener que soportar al patético y amateurísimo David Bisbal.

El mundo de la música latina es, ciertamente, deleznable. Existen factores comunes que normalmente pasan por exaltar la masculinidad inexistente de cantantes sin talento, para recordar el nombre de Chayanne y trayendo a colación al decadente Ricky Martin. Vaya idéntica crítica cuando se intenta destacar la sensualidad de la tercermundísima colombiana Shakira.

La maquinaria marketinera caníbal exalta las supuestas cualidades de los pseudoartistas y los impulsa hacia una fama que ni siquiera ha nacido del verdadero esfuerzo. Este es un mundo en donde absolutamente todo es mentira, o, mejor dicho, donde todo es artificialmente manufacturado. Las afirmaciones del tipo : "Me encontraron cantando en un callejón" o "Mi madre me escuchaba cantar en la ducha", son endosadas a la o el aspirante que no encuentra modo de disfrazar que una noche de sexo violento con el productor fue lo único necesario para el lanzamiento al estrellato.

Y, ya una vez en la senda del éxito de la estrella latina, en prácticamente todos los casos se oculta la participación de los más prominentes barones regionales de la droga, cuyos aportes financieros se convierten en decisivos para impulsar carreras artísticas. Para el traficante de drogas, el estrellato latino es ideal para construir fachadas y frentes donde se lavan miles de millones de dólares anualmente, dado que las autoridades estadounidenses ya conocen de memoria casi todos los modus operandi tradicionales de blanqueo.

A tal respecto, no pocos han reparado en las sospechas crecientes de los tours de artistas a través de la región. Para nombrar un caso, las cifras exageradas -medidas en millones de dólares- gastadas por los promotores de Shakira en su última visita a la Argentina, han llamado notablemente la atención. Las cifras invertidas en medios y prensa superaban demasiado holgadamente al ROI -retorno sobre la cantidad invertida- que se ganó por venta de entradas para los recitales. La inversión se vuelve aún más exagerada si se considera que, al día de la fecha, un porcentaje miserable y casi inexistente del mercado de la música adquiere copias originales de sus pseudoartistas favoritos. Un porcentaje mayoritario descarga las canciones desde Internet y el peer to peer. Otro porcentaje compra copias ilegales, esas que pueden adquirirse por menos de cuatro dólares en cualquier esquina de la Ciudad de Buenos Aires y las grandes ciudades del interior.

Cuando de relación entre dineros de la droga y producciones musicales se trata, mucho podrían explicar Shakira, Luis Miguel, la mexicana Thalía, Ricky Martin, Chayanne, Ricardo Arjona y otros tantos. Hasta el propio Jon Secada podría ilustrar sobre el tema, dada su relación con Emilio Estefan, uno de los "pioneros". Y por supuesto que tampoco Gloria podría desentenderse de la cuestión... Siempre en esta tónica, otro tema interesante lo constituyen las visitas demasiado regulares que ciertas estrellas latinas hacen a los grandes distribuidores de drogas en sus mansiones, a los efectos de brindar recitales privados, obviamente, muy bien pagos. Recordar el caso del cantante Juan Gabriel, de quien se reveló recientemente que visitó a los hermanos Rodríguez Orejuela en Colombia para amenizar sus fiestas. La información fue revelada por Fernando Rodríguez -hijo de uno de los capos, presos ahora en Estados Unidos-, y quien próximamente pondrá a la venta un libro de su autoría con relatos del mundo del tráfico de drogas. Incluso el querido Chespirito (Roberto Gómez Bolaños) figura en la lista de habituales performers.

En definitiva, y concluyendo sobre Latin American Idol, puede decirse sin temor a error que esta producción habla por sí sola de su esencia, en la forma de un aquelarre de esperpentos, extrema mediocridad, y algo más. Aunque, desde luego, no es nuestra intención ofender a las brujas del planeta.


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28 de noviembre de 2007
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