ESPECTACULOS | POR LAURA MARTIN
Oscar González Oro, la pesadilla de Radio Diez
Quienes conocen al señor González, conocen también, al señor González Oro. Sí, el mismo que viste y canta. Un señor que todas las mañanas, aúlla por radio diez, y que particularmente, reúne un importante club de admiradoras Admiradoras un tanto mayores, algunas jovencitas, porque no también, y hasta en algunos casos, algún que otro señor.

La construcción de la Subjetividad
La necesidad de explicar algunas cuestiones acerca de la construcción de la subjetividad, se vuelve fundamental, para poder comprender, o por lo menos, intentar comprender de manera más acabada, el importante número de audiencia que tiene el programa del señor Oscar González Oro.
Ahora bien, a través de la educación, las normas sociales, la familia, y los medios de comunicación, se han ido desarrollando, a lo largo de la historia, diversas formas de dominación. Es decir, los mensajes que se difunden desde las diversas esferas sociales, influyen de manera absoluta, en las formas de actuar, pensar y sentir. Esto es, en la construcción de la subjetividad de los seres humanos. Seres humanos, que por momentos, y de acuerdo a su posición dentro de la sociedad, se convierten en sujetos sujetados. Sujetados por informaciones erróneas, por reflexiones carentes de sentido común, impartidas por los últimamente conocidos, seudo intelectuales.
Comunicadores sociales, o mejor dicho, intentos frustrados de comunicadores, que demuestran, día tras día, que el sentido común, no es el más común de todos los sentidos, sino todo lo contrario.
Sucede, que como ocurre con los movimientos migratorios, los medios de comunicación, de alguna manera, intentan modificar, o bien acentuar el pensamiento del otro referente. Ejemplo : cuando una cultura penetra en una determinada región, lo que hace, es subsumir la cultura autóctona a la propia; no se respeta la identidad. Algunos programas de radio y televisión pretenden hacer algo similar.
En lugar de construir un ideal, a partir de la diversidad, se buscan cerrar los caminos del intelecto, llevando al reduccionismo de las mentalidades. Así, los intentos por manipular la construcción de la subjetividad de los individuos, a través de los cambios de discurso o de la ambigüedad de los mismos, es una característica inherente de las sociedades modernas.
¿Personaje o persona?
Es la pregunta que invita a hacernos, el señor González Oro. El comunicador social de corte panqueque. Aquel que quiere aparentar algo que no es, un intelectual, cuando solo se lo puede considerar -y con muy buena voluntad- como un pseudointelectual. Aunque más que pseudo, puede pensárselo también como a un reproductor de discurso, que hasta hace meses atrás él mismo repudiaba. Discurso hegemónico.
Porque a cierta altura de la vida, trocar tu ideología es un hecho sencillamente inadmisible, es como cambiar de equipo de fútbol, y pasar de ser, hincha de Boca, a ser hincha de River, o de Independiente, a Racing; y viceversa.
Sin embargo, el comunicador social, si bien continúa siendo de river, parece haber modificado -para no ser demasiado radical con la apreciación- su postura frente al orden social establecido. Es decir, González Oro, fue cambiando su discurso ostensiblemente, aunque también, solapadamente. Y su programa, dejó de ser aquel lanza mísiles contra hegemónico.
Porque González Oro, ahora, intenta presentarse como un hombre racional, hasta moderador, en algunos casos. Un Oscar, que no está, ni de un lado, ni del otro. Y de este modo, alegando objetividad y supuesto sentido común, imparte mensajes ambiguos que confunden a los oyentes. Oyentes, en su mayoría cholulos de él, que no ponen en práctica su pensamiento, para discernir entre lo auténtico y lo no auténtico. Dado que, el ahora estudiante de psicología, es un verdadero simulacro. Es el canto al doble discurso, que compran todos aquellos que prefieren vivir en la ignorancia, antes que enfrentarse con la realidad social, política y económica que nos toca vivir.
Además, debemos sumarle, que el señor Oscar, tiene una forma lamentablemente vulgar de dirigirse hacia ciertos sectores sociales, o bien, para no hablar de sectores, tiene una costumbre ciertamente ordinaria, al referirse a las señoras que pasan con las bolsas de hacer compras por enfrente, o por la puerta de la radio. Porque para quienes no saben, radio diez, es como una pecera, que tiene vista panorámica hacia la calle. Y eso, le da al señor González Oro, la impunidad de burlarse de las personas que visualmente le desagradan.
O también, habla mal de algunas minorías vecinas que habitan nuestro país. Motivo por el cual, muchas veces, no ha podido salir de la radio al finalizar su programa, ya que los agraviados, le organizaban escraches en la puerta de la pecera.
En lugar de hacer eso, el señor Oscar ¿no debiera estar informando?
Parece mentira que jactándose de ser tan ceremonial y exquisito, haga esos comentarios. Pero los hace, olvidándose, que más allá de no estar en pantalla, a él, todos lo conocen, es decir, se conoce su estética. Ya un poco despojado de pelo, de labios gruesos, como las tan conocidas salchichas parrilleras y con la carga de la llamado en el barrio, pancita cervecera. Una pancita, que se adueñó de él, y parece no tener intenciones de abandonarlo. Entonces, el conocido popularmente, Negro Oro, no está en condiciones de hablar de la figura de nadie.
Y todo sin maldad, como dice él. La persona, no el personaje, ya que de personaje, González Oro, en la radio, no tiene nada.
Forma parte del medio pelo argentino, tan bien explicado y analizado por Jauretche. Es el prototipo autoreferencial, que quiere llevar todos sus actos, a lo más alto. Es el típico macho cabrío. El déspota grotesco que todas las mañanas aúlla al estilo de la señora Susana Giménez, con la única diferencia que, por lo menos, esta última cuenta con glamour. Palabra conocida por Oscar, pero imposible de experimentar. Lo que ocurre también, es que a Oscar, se le subió Punta del Este, y cree que cruzar el charquito, implica ser, un hombre paqueterrimo pero por más intento que haga, lo llamado in por la gente de Punta, en él, siempre queda como out.
El programa
El programa del señor Oscar, arranca de lunes a viernes a las nueve de la mañana en punto. Porque por alguna razón desconocida, a las nueve de la mañana, la radio más potente en incoherencias, no emite el clásico noticiero que se pasa cada media hora.
Seguramente la explicación pueda ser, que como el programa de Oscar, es el de más audiencia de la radio, se obvie el noticiero, aprovechando que el programa anterior, es una máquina imparable de noticias. O tal vez, la respuesta resida, en que como últimamente las noticias no son muy buenas, en este país, más del mal que del bien, pegarle al informativo, inmediatamente, un programa paradójicamente muy escuchado pero literalmente terrorífico, es como mucho.
Entonces, a las nueve, comienza la emisión de lo que han dado en llamar, El Oro y el Moro.
Un estilo magazine, por llamarlo de alguna manera, que termina siendo nada.
Análisis banales, noticias mal comentadas, etc. Ni Oscar González Oro, ni Eduardo Feinman, lo hacen debidamente, aunque este último, es un poco más rescatable, a la hora de informar. Excepto cuando se subordina a la cabeza del programa.
Independientemente de las objeciones y críticas, el programa, es muy escuchado. Ocurre, que muchas señoras urgentes, escuchan a quien consideran un sex simbol. Otros, lo escuchamos para ver hasta donde llegan él y sus compañeros, puesto que por momentos, la emisión, se torna insoportable. Y lo insoportable, se agudiza aún más, cuando el Plácido Domingo frustrado, se pone a cantar. Sin embargo, algunas sexagenarias, y otras un poco más mayores, enloquecen cuando González Oro canta. También existen aquellas personas que no escuchan el programa en sí. Muchos dejan la radio encendida porque informa cada media hora, y hay señoras que desean saber el porcentaje de la humedad, para ver como tienen que arreglar su cabellera.
En cuanto a quienes lo acompañan en el estudio, la única rescatable, es la señora Marcela Tauro. Una periodista en serio. Una señora que no vende simulacros, que dice lo que piensa, informa y siempre conserva su lugar. No obstante, a ella, suelen no darle, el lugar que merece.
Del resto, casi sin palabras. Mejor dicho breves adjetivos que los definen en su totalidad:
* El señor Eduardo Feinman : un engreído subordinado.
* El señor Luis Pedro Tony, el vacío y el sin sentido viviente.
* El señor Lito Pintos, un grosero al estilo de González. Otro quiero, y no puedo.
* El Doctor Claudio Zinn, médico del terror. Con una seguridad en apariencia inapelable, puede llegar a decir, cualquier barbaridad.
Todos ellos conforman, como las galletitas, un surtido. Cuando abrís la bolsa, siempre, sacas las más feas, o las que menos te gustan. En el caso de este programa, la que menos habla, es la mejor, la señora Marcela Tauro, del resto, tenemos para el hartazgo.
Característica fundamental, una cultura de contratapa, que nisiquera, la saben aprovechar. Un conocimiento que pende de un piolín, pronto a cortarse. Un conductor, que cuando no sabe, se vuelve agresivo, guarango, eleva el tono de voz, y tiende a querer traspasar su personalidad vacía, al otro, al entrevistado. O también, suele cortar la comunicación telefónica, al mejor estilo de una novia enojada, al borde de un ataque de nervios.
González Oro, convengamos, no cuenta con herramientas suficientes como para entrevistar a cualquier persona, mucho menos del ámbito de la cultura, o las ciencias. Su forma de tratar al teólogo, filósofo y escritor, Rubén Drí, es una prueba de ello. Por si no lo saben, Drí, es un hombre mayor, ex sacerdote y de gran trayectoria académica. Un señor, ante todo, al que se lo bastardeó indiscriminadamente, por no coincidir con su postura, frente a la situación por la que atraviesa la Universidad de Buenos Aires.
En cambio, el señor Oscar, tiene mejor llegada, para realizar entrevistas banales, como las realizadas a las cantantes Thalía y Xuxa, entre otras.
Es decir, que Oscar González Oro, haga un programa con todas las letras, es una utopía. Si estudia psicología, podríamos decir, que hacer un programa, verdaderamente rico en información, que imparta conocimiento, y se reflexione de la mano del pensamiento crítico, es un verdadero concepto límite.
Pos Data
Finalmente, una de las últimas consideraciones podría ser: Oscar, el éxito indiscutido de la radio. Porque también hay que ser justo, y decir la verdad.
Más allá de lo conceptos aquí vertidos, el programa de Oro, es el de más audiencia, no solo de la radio, sino también, dentro de la franja horaria.
Seguramente, algo tendrá. Quizás sea, su impunidad mediática. La manera, literalmente extrovertida de presentarse todas la mañanas. Algo de carisma, para sus seguidores, realmente fieles. Vaya uno a saber.
Ahora, como de justeza se trata, también cabe decir, que el nivel cultural de quienes lo escuchan, ya sea, por la simple razón de adorarlo, o por avalar su labor, es ciertamente pobre y legitimador de un tipo de periodismo burdo. Reproductor de un discurso ambiguo, confuso, donde brilla por su ausencia la opinión bien fundamentada, y en donde la baratería mental se encuentra pegada al conductor y a los hombres que lo acompañan.
Un conductor, con delirios de grandeza. Conductor que tiene más ganas de ponerse las plumas revisteriles, que informar todos la mañanas. Es decir, un conductor que quiere hacer muchas cosas, pero.... Un quiero, y no puedo.
Lo cierto es, que de seguir por este camino, el del eterno sarcasmo y la burla, el señor Oscar González Oro, puede terminar siendo, el burlador burlado.