El Abierto de Australia en su versión 2007 terminó de dar el tiro de gracia a la hipocresía reinante en el circuito profesional de tenis, donde el dopaje es el verdadero protagonista.
El chileno Fernando González bien pudo tener un día de suerte al derrotar a Rafael Nadal, pero la fortuna, por sí sola, no puede explicar lo sucedido. Como oportunamente lo destacara El Ojo Digital -recogiendo informes de fuentes fidedignas del circuito, además de provenientes de medios internacionales-, Rafael Nadal se encuentra en una fase descendente no sólo de su producción tenística, sino también en su ingesta de cócteles para mejora del rendimiento.
El resultado por el que triunfó el chileno -6-2, 6-4 y 6-3- es utópico por donde se lo mire. No sólo por lo inverosímil del resultado, sino también por el hecho innegable de que Nadal en modo alguno es inferior al sudamericano. La forma en que González humilló al mallorquín tiene poco de deportivo y demasiado de sospechoso. Por estos días, es harto conocido que Nadal está obligado por sus entrenadores y su médico a continuar en la fase descendente de su suplementación, dado que ha sido puesto en la mira por la ATP en los recientes controles, y los tenistas estrella son previamente informados de esta situación. De otro modo, no saldrían impunes de un examen.
Por su parte, Fernando González volvió a inscribir su juego en el oscuro ámbito de la sospecha. Al tiempo que muchos de sus rivales -en su momento el propio Nadal- deben rendir cuentas por sus increíbles hazañas dentro del court, el chileno debe hacer lo propio para justificar el monumental cambio que exhibe su físico, claramente diferente al que ostentaba apenas un año atrás. Su definición muscular -especialmente en cuádriceps e isquiotibiales- poco tiene de natural. Semejante vasculación solo puede explicarse a través de los más novedosos programas de suplementación que la ATP continúa autorizando -por debajo de la mesa- en sus controles, siempre en pro del negocio del tenis. De nada sirve a los medios chilenos envalentonarse por el juego de su niño prodigio, exacerbando cuestiones nacionalistas en una nación necesitada de logros deportivos. Los medios masivos de comunicación mundiales deberán hacer justicia con la cuestión del dopaje en el ámbito del deporte blanco, o bien revelándola hasta en sus más íntimos detalles, o bien reconociéndola y solicitando su abierta regulación, como en el caso de la NBA -liga profesional de básquetbol de los Estados Unidos-.
Sin quererlo, el deportista español ha dado pie a la sospecha, cuando destacó que su dolor en muslos e isquiotibiales -gemelos- fue en gran parte responsable de la debacle : la ausencia de suplementación en un tenista da lugar a la aparición de dolores y molestias que en la fase más alta de la ingesta se disimularían sin problemas. El mallorquín ya insinúa la presencia de una nueva lesión, excusa predilecta de quien debe dar un descanso a las "ayudas externas" por un tiempo. Yendo más a lo técnico, los mencionados dolores acusan la producción excesiva de ácido láctico, proceso que se da en estructuras musculares debilitadas y sin la asistencia de los suplementos clásicos del tenis, que incrementan la producción de glóbulos rojos -y por ende, la provisión de oxígeno- en la sangre.
El caso de Rafael Nadal, por otro lado, no es distinto al del tenista argentino caído en desgracia y cercano a abandonar las canchas, Guillermo Coria, quien se vio obligado a interrumpir violentamente su suplementación luego del seguimiento estricto al que la ATP lo había sometido. La consecuencia de la decisión de su equipo está a la vista, en virtud de los pobrísimos resultados y su virtual ausencia del circuito. Cualquier experto en la materia sabe que aquí no hubo "persecución contra argentinos". El análisis es por lo demás sencillo, y en su momento el prestigioso periódico La Nación de Buenos Aires así lo sentenció : "existe un doping del primer mundo y otro del tercero". Los tenistas argentinos no pueden seguir escatimando en deportólogos y asesores médicos. Quedar solo en manos del personal trainer es un pecado que se paga con creces y con las reprimendas oficiales del caso. De otro modo, habría que preguntarle a Mariano Puerta y a su incontrolable preferencia por la hormona de crecimiento. El en persona se dirige a su laboratorio predilecto en el barrio porteño de Núñez -en su automóvil importado alemán- para retirar el producto.
Rafael Nadal, Fernando González, el propio Roger Federer y otros tantos, deberán comenzar en ir pensando en dar cuenta de la cuestión del dopaje o doping en este deporte. Los aspectos referidos a las presiones personales y de los aficionados ya son conocidas por todos. De nada sirve echarles la culpa de los reiterados abusos de los profetas aggiornados de la química y la aplicación que se hace de ella en los courts.
El Ojo Digital Deportes
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