LA COLUMNA DE JORGE ASIS EN EL OJO DIGITAL: APUNTES DE OBERDAN ROCAMORA

Carrera para el Jefe

Procesan escandalosamente a dirigentes del automovilismo de Santa Cruz, como posible venganza por una derrota política.
21 de Julio de 2010 RIO GALLEGOS (de nuestro enviado especial, Oberdán Rocamora).- Desde la capital moral de la república, el cronista vuelve a sorprenderse con la enloquecida carrera del presidente Kirchner. Aunque de ningún modo se trata de la venturosa carrera política. Trátase de la competencia automovilística que tanto supo oportunamente estimular. Cuando se encontraba en aquel periplo histórico de la campaña electoral. Cuando corría, igualmente "chupado" como en el automovilismo, ventajosamente detrás del Duhalde que hoy denigra. Sin embargo aquella carrera, la del turismo de carretera, parece, en definitiva, carecer de final. Por lo tanto, de sus consecuencias políticamente jurídicas, nadie puede abstraerse, hoy, de comentar en ningún bar o comercio de esta capital moral, temerariamente fría y en ocasiones nevadas, de Santa Cruz. Porque, insólitamente, resultaron procesados, y hasta fuertemente embargados, los máximos responsables del Automóvil Club de Río Gallegos. A saber, Roberto Adolfo Ilhero, alias El Gordo. Germán Estanislao Soto Millar, argentino naturalizado, de origen chileno, y principal protegido del senador radical Prades. Además, Carlos Alberto Caballero, y Jesús Antonio Rodríguez, alias, vaya a saberse por qué, Tortuga. El paseo del perro muerto Para que se entienda el escandalete, es necesario trasladarse hacia mediados del 2002. Cuando Kirchner se obstinaba inútilmente en despertar adhesiones en la sociedad. Precisamente cuando Curto manifestaba que, llevar a Kirchner como candidato a presidente, era como pasear un perro muerto. Y cuando Solá, por si no bastara, solía burlarse, con cierto despecho, de aquellos gobernadores que iban de un lado a otro, en avión, mientras manifestaban intenciones de ser presidentes. Posiblemente, Solá se refería a la grosera utilización, para aquellos paseos promocionales de la figura del candidato, del Jet que le costó, a la provincia, apenas ocho millones de dólares. Y que estaba destinado difusamente a "fines sanitarios". La carrera está servida La organización de la competencia de turismo de carretera formaba parte de su estrategia de campaña. Iba a costarle un dineral a las arcas del erario provincial. Finalmente se realizó entre el 8 y 9 de marzo del 2003. Debía entonces convertirse, para el candidato, en una fiesta servida. Y una causa institucional. Los directivos del Automóvil Club, cuentan por aquí, se esmeraron para que los carteles "Kirchner Presidente", pudieran verse desde todos los ángulos televisivos de la nación. Y aún puede encontrarse, firme ante los ventarrones, algún cartel que sobreviva. En realidad, lo importante era que Kirchner, para la largada, apareciera en la totalidad de las pantallas. Y que se lo viera, con la bandera a cuadros, para recibir a los ganadores. Por lo tanto valía el esfuerzo de convencer, a las autoridades automovilísticas domésticas, que tramitaran, en el esquivo Buenos Aires, la organización de la carrera. Algunos muchachos, de los hoy procesados, se desplazaron entonces a la capital real. Hacia el trauma permanente de Buenos Aires. Y desde la ACTC, se les despacharon con un pedido de 890 mil pesos para organizarla. A los del ACRG, Automóvil Club de Río Gallegos, les pareció una enormidad. Sin embargo, como para el gobierno tan interesado era una causa superior, los ayudarían, con fervor presupuestario. Y así fue como el estado provincial, envuelto inexorablemente, como principal protagonista, en el proselitismo de Kirchner, pondría lo necesario para la realidad de la carrera. Por intermedio del entonces ministro de gobierno, el supuestamente próximo candidato a gobernador, Julito de Vido. Y con la intermediación de un piloto que no vacila en apellidarse Mazzacane, que portaba el mérito de ser amigo de Icazuriaga. Y con la representación, en nombre del estado, de un cuadro de confianza, Miguel Mayeste. Por lo tanto, se dispusieron, para la cruzada, los manguitos necesarios para modernizar la precaria pista del autódromo de Río Gallegos. Había que construirle un puente de casi cien mil dólares. Reestructurar el sistema de iluminación, ponerle cercos y chiches. Soldaditos de Bendini Trabajaron, incluso, para llegar, hasta cuarenta heroicos soldaditos del ejército argentino, entonces a las órdenes, en la región, del General Bendini. Los enviaba directamente desde la panadería del cuartel. Aunque, eso sí, como severo adicto a la responsabilidad del mando, como protector alimenticio de sus subordinados, Bendini, alias El Flaco, accedió a mandar a los soldaditos con el compromiso, de honor, que les suministraran el desayuno, el almuerzo y la merienda. Para hacerla corta, para que don Asís no corte líneas, aquella fastuosidad de la carrera costó, apenas, un millón y medio de pesos. Casi seiscientos mil dólares que fueron aportados, ante todo, por el estado de Santa Cruz. A través de Vialidad Provincial, que se encargó de los cercos, las lecas. Y hasta del pintoresco puentecito de tarjeta postal. Y lo más gravitante, a través de la Dirección de Servicios Públicos, de Sistemas de Iluminación, que estaban bajo la responsabilidad del señor Mansilla. Alias, acaso para subestimarlo, El Batata Mansilla. Trátase -Mansilla- de un baluarte del peso pesado del lugar, el Rudy Ulloa Igor. A propósito, el Rudy se proponía, con la bendición del Jefe, inventar al Batata Mansilla como candidato a la Intendencia de Río Gallegos. Un Batata que resultaría fundamental en esta historia. La cuestión que, gracias al dispendioso estado provincial, y a la admirable abnegación de los soldaditos valerosos de Bendini, la competencia automovilística/electoral se pudo realizar. Y de no haberse interpuesto, aunque de manera inesperada, el Batata, algunos meses después, hubiera sido todo un éxito. Ideal para olvidarlo. Eufórico, aquel entonces Gobernador Kirchner, se dio el lujo de exhibir la glacial oblicuidad de su mirada penetrante. Al menos durante diez minutos, en todos los televisores del país, en los interesados por el automovilismo deportivo. Poniéndose, como la gansa de Olmedo. Como correspondía, en el fondo, a un Gato mediático. En realidad, para lo que fue, un millón y medio resultó, en definitiva, una inversión módica. Apenas ciento cincuenta mil pesos el minuto. Dos mil quinientos pesos el segundo, menos de mil dólares. Una ganga desde el punto de vista del prestigio político. Porque justamente, aquel 9 de marzo del 2003 se definió el campeonato de Turismo de Carretera. En Río Gallegos, capital también efímera, aparte de la moral, del turismo de carretera. Línea Maginot del Ñoño Perfecto, pero ¿cómo entra, en la escueta parodia, aquel insigne Batata Mansilla? Cuesta entender que dos años después, los señores Ilhero, Soto Villar, Caballero, la Tortuga, es decir, los principales dirigentes del automovilismo de Río Gallegos, los que supieron sacrificarse por la organización de la carrera especialmente encargada para el Jefe, se encuentren, hoy, cruelmente procesados por Administración Fraudulenta en contra del Estado. Y embargados, cada uno, por setecientos mil pesos. Consta en la sentencia -que se encuentra en poder de JorgeAsísDigital-, de una triste jueza convalesciente. Una magistrada que estaba enfermita, de licencia. Aunque la pujanza crispada de la Línea Maginot del pingüinismo, la obligó a curarse, con cierta urgencia, de las consecuencias de cierta sordera psicosomática. Para hacerla regresar, en nombre de la justicia independiente de la nueva política, desde Buenos Aires. Trátase de la doctora Rosa Núñez, alias, para los íntimos, La Rosita. La jurista, una buenaza, había sido designada por el actual presidente Kirchner, cuando era gobernador. Y a instancias del célebre esteticista del derecho patagónico, Pablito González, el Fiscal de Estado. Téngase en cuenta que, el tal Pablito, es reconocido como uno de los cuadros implacables del poderoso que tiene prioritario acceso a la atención del Jefe. El señor Zanini, alias El Ñoño. Pablo González es de los que más conoce, junto con el sensiblemente hacendoso secretario de Hacienda, el señor Campillo, hasta del penúltimo secreto de los fondos desaparecidos de Santa Cruz. Los fondos que, pese a tantos anuncios espectaculares, no comienzan, siquiera, a aparecer. Fondos, en definitiva, más anunciados que regresados. Entonces la doctora Rosita, que es una magistrada diligente, y hasta una dama de bien, había sido secretaria, en el trascendente juzgado de Santiago Lozada. Trátase, Lozada, del gran sobreseedor de su actual tío político. Que es, al mejor estilo Macondo, el actual presidente de la república. Es, además, el yerno potencial de la ministro Alicia Kirchner, y del distante Bombón Mercado. A propósito, algo desbordado, el sobrinísimo juez Lozada, por una vez se excusó. Cuentan por los bares de Gallegos, acaso con el objetivo de desacreditarlo, que se permitió excusarse en el balurdo de la carrera. Porque, dicen, era aficionado a las competiciones automovilísticas. Y semejante adicción podía entorpecerle su objetividad jurídica. Una lástima, en todo caso, que la cuestión del manejo impresionante de los fondos públicos de su tío, no haya invadido su pudor profesional. Batata conducción Antiguo arreglador de alternadores y burros de arranque, competente hacedor de asados gubernamentales, el señor Mansilla, alias Batata, era, hasta meses después de la carrera para el Jefe, un funcionario feliz. Aparte, el Rudy Ulloa Igor, lo postulaba -conseguido el aval del Jefe- para la alcaldía decisiva de Río Gallegos. Trátase -el Rudy- del principal asistente multimediático. Aquel que Kirchner mantiene una cierta injustificada vergüenza de presentar en Buenos Aires. Y poco antes de las elecciones del 2003, el Batata Mansilla andaba, en campaña, de caravana. Y con sus misericordiosos adherentes decidió, en un rapto de inconciencia, hacerse una pasadita por el Autódromo Centenario, actualmente llamado José Muniz. A propósito, se realizaba entonces una carrera de cabotaje. Del entusiasta campeonato local. Téngase en cuenta que había alrededor de tres mil personas en el autódromo. Ideal entonces para que, con su estruendosa caravana de treinta automóviles, y estimulado por la apoyatura calurosa de cien personas, el Batata Mansilla se lanzara, con su gente y los carteles, al grito de Batata Conducción. Sin embargo, algunos señores osados, del control del ingreso, pretendieron simplemente cumplir con sus instrucciones y cobrarles la entrada. La obturación, obviamente, indignó al orgullo mancillado del Batata Mansilla. "Pero a quién le vas a cobrar, anda a...Si todo esto (por el Autódromo) lo hizo el Jefe, y yo soy su candidato", gritaba el amenazante Batata Mansilla. Y arremetió, con firmeza, con su bulliciosa manifestación. De manera que ingresó con su objetivo, altamente proselitista, casi hasta el podio. Y ocurrió que al día siguiente, las autoridades del Automóvil Club de Río Gallegos, decidieron publicar, en los medios locales, una solicitada condenatoria. Calificaban, la actitud del Batata Mansilla, de invasión. Y de pronto el Batata, que hasta el avasallamiento venía bien instalado en la campaña, se sintió desmoronar. Y ni siquiera el paraguas del Jefe, de Kirchner, pudo evitar la posterior derrota electoral. El kirchnerismo vencido, para colmo, en la capital de la provincia del Jefe, ya el Presidente. Y, lo peor, por un radical. Epílogo Acevedo, al asumir como gobernador, mantuvo la osadía de echarlo al Batata Mansilla, del cargo de Director de Servicios Públicos. Sin embargo ningún hombre del Rudy Ulloa Igor queda, en Santa Cruz, al costado del camino. Por lo tanto, Kirchner lo designó al Batata Mansilla, a través de Julito De Vido, como responsable del artificio de Enargas, para la Región Patagónica. Con la legítima supervisión del Batata Mansilla, se acaba de lanzar la obra del Gasoducto de Calafate. Con un presupuesto de miserables ochenta millones de pesos. Hoy el Batata mantiene, en su control, la energía de la Patagonia. Desde el sur ostentoso de Buenos Aires, hasta el final incierto de Tierra del Fuego. Y más aún. Cuentan, algunos desaforados de Belfast, adictos al rigor de la ginebra lenta, que fue precisamente el Rudy Ulloa quien le ordenó, al vicegobernador, al señor Sancho, alias El Pavo, que los radicales del Automóvil Club no podían llevársela, de ningún modo, de arriba. Había entonces que denunciarlos, por administración fraudulenta. Debían justificar hasta el último mango de aquella carrera proselitista. La estética de Pablito González, el Fiscal de Estado, podría encargarse. Con los servicios inalterablemente eficientes de la doctora Núñez, la Rosa, la jueza explicablemente accesible. Una magistrada tan efectiva, acaso, la doctora Núñez, como la doctora Lutri, alias La Gorda Lutri, aunque contenga menores secretos colectivamente irritantes. La alternativa entonces consistía en traerla a la Rosita, aunque se recuperaba de los fuertes equinoccios involuntarios, de cierta sordera espiritual, en el esquivo Buenos Aires. Jorge Asís Digital