NARCOTRAFICO Y ADICCIONES: JUAN A. YARIA

Argentina: redes de trata y 'nuevos desaparecidos'

6.500 padres, profesionales y operadores terapéuticos fueron, recientemente, noticia...
10 de Septiembre de 2017
Hombre... Hombre: no es posible vivir enteramente sin piedad.

Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky

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6.500 padres, profesionales y operadores terapéuticos fueron, recientemente, noticia, tras reunirse en la provincia argentina de San Juan, el jueves y viernes próximo-pasados. En lo personal, he de decir que quedé sorprendido. Vi muchas madres con hijos muertos a partir de una serie de episodios en sus carreras adictivas. Otras, mencionaban hijas desaparecidas, luego de vincularse a redes subrepticias de tráfico de personas -el cual deriva en fenómeno social subyacente que rara vez es cubierto por los matutinos. Así, por ejemplo, un pequeño municipio de Rawson (San Juan) se atrevió a generar una convocatoria, demandando a viva voz la construcción de una cultura preventiva. Conciudadanos de todas las provincias concurrieron -también fueron de la partida chilenos y peruanos.

En cierta oportunidad, una madre se me acercó, para relatarme que su hijo había muerto; otra hizo lo propio: a duras penas, confesó que su hija había desaparecido. Estas sufridas pero valientes personas constituyen asociaciones de padres que luchan denodadamente contra las adicciones, a criterio de que otros padres no deban hacer frente a tan disruptivo trance. Entendí que correspondía felicitarles, por cuanto habían transformado el dolor, el duelo y el trauma en un ejemplar esquema de reparación y trabajo social. Lo cierto es que lograron obsequiar de sentido a sus padecimientos. Esta suerte de movilización sanadora de la sociedad llamó favorablemente la atención de muchos. El remisero que me trasaladó al regreso, me relató que se encontraba feliz, porque su hijo estaba 'cuidado' en una escuela privada -su postura se resumía en que las escuelas públicas de su localidad de residencia ya habían sido inapelablemente tomadas por el tráfico de drogas. El chófer se sintió impotente, y se vio en la necesidad de solicitarme consejo. A tal efecto, le extendí la invitación correspondiente, a criterio de que se acercase a grupos de recuperación y prevención social, más allá de que percibiera que su hijo se hallaba protegido.

Trata, desaparecidosY ha de consignarse que numerosas familias desconocen exactamente qué hacer, de cara al drama que experimentan. Se multiplican los hijos 'perdidos' en el mundo de las drogas, e inhabilitados para actuar; ellos necesitan de gran ayuda. Mientras el Estado desarma redes dedicadas al narcomenudeo, del otro lado del mostrador deambulan decenas de miles de padres que conforman aquello que hemos bautizado como un 'mundo de nadies'. Es que ellos también se hallan perdidos, pero en la eterna noche del 'trauma puro' -entendido como aquel proceso que resulta casi imposible de elaborar, digerir, relatar o siquiera simbolizar.

Lucía se acercó a mí a comienzos del año anterior, en compañía de sus padres -invadidos por las lágrimas. Su aspecto denotaba un claro abandono de sí misma. Podía percibirse: ella estaba a punto de 'desaparecer', y sus padres habían perdido ya toda esfera de autoridad. Lucía, por estas horas, debate su destino entre distintos grupos; éstos núcleos (en donde se consume drogas periódicamente) luchan por conquistarla. El 'dealer' la quiere para sí. En la perspectiva del vendedor callejero, una mujer es una mercadería de alto valor agregado, por cuanto resulta 'multiuso' (ya fuere como objeto sexual o para su empleo en tareas de tráfico, etcéteras). A la postre, el siempre comentado Síndrome de Estocolmo hará el resto, a raíz de que es el distribuidor quien está en control del alimento (drogas) que la víctima necesita con desesperación. El Síndrome de Estocolmo consigna una poderosa dependencia, no solo frente a las drogas sino frente al esclavizador. Remite a una reacción psicológica en donde la víctima de un secuestro o de una retención en contra de su voluntad desarrolla una dinámica relacional de complicidad, nutrido por un complejo vínculo afectivo. Escenario en donde la perfecta analogía retrotrae a la macabra realidad de los campos de concentración y los campos de tortura.

La aquí descripta es una novela repetida, a la que hemos asistido en innumerables ocasiones. La mujer ingresa a un grupo de nuevos desaparecidos, y pocos se ocupan del destino o los padecimientos de los integrantes de ese núcleo. La captura del otro se consolida a partir de etapas bien diferenciadas: a) una dosis de negligencia familiar en la educación de los límites, sopesada por fracturas en la pareja de padres (incomunicación, separaciones cruentas); b) fracasos académicos evidenciables luego de los primeros consumos, registrados alrededor de los 12 años de edad; c) la generación de un ciclo entre consumo de drogas (habitualmente marihuana y/o alcohol) y depresiones, o fenómenos de distanciamiento emocional ante la realidad; d) procesos de abulia en el paciente, que sobrevienen junto a una crisis de excitación mientras la voluntad se doblega -lo cual remite a uno de los principios claves en el ingreso de la dependencia, como lo es la aparición de la noluntad (nolición, como acto de no querer); e) la carrera del consumidor remata, de esta manera, en el ultraje (violaciones reiteradas, participación en 'combos' sexuales, su empleo como fuerza laboral en el delivery minorista de drogas).

En no pocos casos, la persona/víctima desaparece, tras vincularse a algún espectro de 'trata' (por lo general, nucleamientos asociados a organizaciones multidelictivas, en donde el objetivo de la sociedad es la comisión de distintos delitos, no de uno sólo); eventualmente, habrá de trabajar servilmente en provincias del país, o bien en suelo extranjero (naciones limítrofes con la Argentina). En el peor de los casos, el individuo pierde la vida, sin que nadie pregunte por él. Con algo de fortuna, algún familiar dedicado la rescatará, poniéndola en contacto con un centro de recuperación, tras algún pasaje judicial.


Asistir a las familias

La cuantificación del estrés padecido por las familias de las víctimas es en extremo elevado -en tal sentido, la vida se asemeja a un 'trauma puro'. Asimismo, la sobrecarga traumática no es factible de ser elaborada: se potencia la cantidad de noches sin dormir, registrándose la aparición de personajes extraños en el hogar; hay episodios de sobredosis, procesos delirantes que parten de intoxicaciones, reproches entre los padres, y agudos fenómenos psicosomáticos (crisis hipertensivas, picos de glucemia).

Es por eso que el trabajo de reconstrucción de estos castigados sistemas familiares implica la necesidad de acoger el padecimiento; darle palabra a esta sobrecarga traumática. Lo que corresponde es apostar pacientemente a que la totalidad del grupo se abra a la ayuda, eliminando reproches y acusaciones. Al cierre, que palabras, llantos y el sincero reconocimiento comiencen a aflorar.

La necesidad de consumir (no habremos de soslayar que estas jóvenes, en general, no cuentan con más de dieciocho años de edad) les resulta imperativa, dada la declarada inmadurez del sistema nervioso -estructuras frontales superiores del cerebro pobremente desarrolladas. De tal suerte que la adolescencia se transforma en una edad de altísimo riesgo, a sabiendas de la plenitud e impunidad con que hoy operan las redes delictivas en prácticamente la totalidad de los barrios en las grandes ciudades de la República Argentina.

Las temeridades que mayor peligro entrañan para la vida, como ser la conducción bajo los efectos del alcohol, los estados de ebriedad de duración extendida -solitarias o en grupo-, y las relaciones sexuales sin protección, constituyen fenómenos habituales en esta etapa. Así las cosas, más del 30 por ciento de los jóvenes conductores fallecidos en el año 2003 tras estrellar sus vehículos habían estado bebiendo. Más de la mitad de todos los casos novedosos de VIH se registran en personas de menos de 25 años, lo que hace de las infecciones provocadas por el SIDA la séptima causa de mortalidad en el grupo de edad de 13 a 24 años. En los Estados Unidos de América, estudios profesionales han consignado que dos jóvenes estadounidenses quedan infectados con VIH, a cada hora.


Ser tutores de resiliencia
 
Al asistir a un escenario de dolor y adversidad potenciados, los terapeutas habremos de ser verdaderos 'tutores', que ayuden a superar aquéllos pacedimientos. Habrá de ponderarse que en toda persona existe la posibilidad de superación porque, si han llegado a nosotros, es porque se proponen cambiar. A través de la variable crucial de la empatía, el propósito como terapeutas consistirá en unirnos a ellos e instalar una esperanza, más allá de que estimen que todo está perdido.

Hoy, el trabajar dedicado y en profundidad sobre estos sistemas familiares, deviene en un imperativo.

 
Sobre Juan Alberto Yaría

Juan Alberto Yaría es Doctor en Psicología, y Director General en GRADIVA, comunidad terapéutica profesional en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Los artículos del autor en El Ojo Digital, compilados en éste link.