ESTADOS UNIDOS: PHILIP GIRALDI

¿Sugieren las filtraciones a alto nivel una conspiración en Estados Unidos?

Los funcionarios de la seguridad pueden verse a sí mismos como patriotas, pero sus métodos alimentan peligrosos precedentes.

20 de May de 2017

En mis tiempos en la CIA, había dos sitios en el edificio central de Washington adonde uno podía ir y que eran zonas de libertad de expresión -sitios en los que era seguro explayarse sobre funcionarios de altura sin ser necesariamente amonestado e incluso reprendido. Tales sitios eran el cuarto Histórico de Recolección de Inteligencia (fuera de la biblioteca), allí donde jamás nadie iba a revisar libros, y la oficina de almacenamiento de suministros, en el sótano. La oficina de suministros tenía varios rincones oscuros y estanterías disimuladas, donde era posible revistar de manera anónima y carecía completamente de supervisión, en la creencia de que los oficiales de inteligencia de la CIA jamás harían una parada ni siquiera portando un lápiz (único elemento necesario para que pudieran hacer el trabajo).

Desconozco si tales cuartos aún existen pero, en ocasiones, pienso en ellos cuando sobreviene la cuestión de las conspiraciones gubernamentales. Tengo esta visión de dos o tres conspiradores escondidos en el rincón detrás de los suministros de oficina en 1975, conversando sobre cómo deshacerse del Senador Frank Church quien, por aquel entonces, dirigía una importante investigación del congreso relativa a los malos hábitos de la CIA.

Brennan, CIASi hubiese tenido lugar tal reunión, imagino que el Washington Post se enteró de ella al día siguiente, dado que los oficiales de inteligencia son sociales y están predispuestos a hablar. Este ha sido mi problema principal en lo que respecta al debate en algunos sitios, sobre la Comisión del 9/11. El informe de la comisión, en efecto, dejó pasar numerosos ángulos importantes, a los efectos de proteger ciertos intereses gubernamentales pero, si acaso hubiese habido una conspiración genuina que involucrara un escenario en el que centenares de personas buscaron demoler las Torres Gemelas con explosivos, tal historia hubiese salido a la luz pública hace mucho tiempo.

Dos meses atrás, yo hubiese descartado como fantasía cualquier idea de una conspiración motorizada por las agencias de seguridad de los Estados Unidos con miras a destruir a Donald Trump. Pero, hoy día, ya no estoy tan seguro. Muchos de mis amigos -ex oficiales de inteligencia- están haciendo cada vez más preguntas. Y vale la pena mencionar que ninguno de nosotros simpatizamos con lo que la Casa Blanca ha estado diciendo y haciendo -más bien, al contrario. Con todo, alertar al país frente a preocupaciones referidas a un golpe blando en proceso, orquestadas por agencias de seguridad e inteligencia con miras a convertir en nulos los resultados de una elección nacional, en modo alguno significa intentar proteger a Donald Trump ni a su comportamiento errático. Antes bien, se trata de una defensa de la Constitución.

Donald Trump dijo el miércoles próximo-pasado que '¡Esta es la mayor caza de brujas contra un político en la historia americana!'. Y podría estar en lo cierto. El se refería a la citación del muy respetado Robert Mueller (por parte del Fiscal General Adjunto, Rob Rosenstein), como consultor independiente para investigar 'cualquier vínculo y/o coordinación entre el gobierno ruso e individuos asociados con la campaña del presidente Donald Trump, y cualquier asunto que surja o pudiere surgir directamente de tal investigación'.


Las explosivas declaraciones de Trump ponen a cualquiera -incluso a sus más febriles simpatizantes- sobreaviso, pero existen dos cuestiones sobre las que él ha comentado reiteradas veces, y que resultan esenciales para comprender qué es lo que está sucediendo. Primero, la investigación sobre Rusia y los trumpistas ha sido una alta prioridad en el FBI y también en el congreso, durante ya casi un año. Sin embargo, nadie ha producido evidencias que ilustren que alguien haya quebrantado alguna ley, ni siquiera que haya hecho algo malo. Segundo, y más importante, la pontificación sobre Trump y Rusia ha sido motorizada por una serie de filtraciones de información que han provenido desde lo más alto del aparato de la seguridad nacional -tales filtraciones no han sido investigadas con seriedad.

Este involucramiento del FBI y la CIA en la campaña, ya fuere de manera inadvertida o bajo planificación previa, fue particularmente evidente en los numerosos informes que salieron a la luz y que fueran filtrados a los medios de prensa en tiempos de la campaña, y llegando incluso al día de la asunción del nuevo presidente. Las filtraciones de ese tipo de información, a los efectos de incluir información técnica de inteligencia y originada en Programas de Acceso Especial (SAPs) con material 'codeword', exige autorización de altísimo nivel, así como también la capacidad de configurar contactos clandestinos con jugadores de alto vuelo en los medios -algo que va más allá del grueso de las capacidades de los empleados en la CIA y el FBI.

Filtraciones similares han estado emergiendo desde aquel entonces. Confeso que el toparme con el relato detallado de lo que el presidente Trump conversó con el embajador ruso Sergey Lavrov, que incluyó material que corroboró que probablemente hicieron mayor daño de lo que en realidad fue compartido en documentos, sugiere que la posibilidad de algo similar a una conspiración está, de hecho, funcionando. Dados los cerrados controles de seguridad de la transcripción luego de determinarse que contenía información sensible, uno podría argumentar razonablemente que las filtraciones a los medios provinieron directamente del propio Consejo de Seguridad Nacional de Trump, o bien desde los más altos estamentos burocráticos del DNI (la Dirección Nacional de Inteligencia), la CIA, o el FBI.

Ayer viernes, las fuentes anónimas atacaron de nuevo, revelando que 'Michael Flynn y otros consejeros de la campaña de Donald Trump estuvieron en contacto con funcionarios rusos y otros en el Kremlin, en al menos dieciocho llamados telefónicos y emails, durante los pasados siete meses de la campaña presidencial de 2016'. Este tipo de información debió provenir de lo más alto del FBI, y hubiese comportado acceso solo para unos pocos pero, aún cuando las filtraciones de lo que se entiende es información altamente clasificada ha estado teniendo lugar por demasiados meses ya; nadie ha sido despedido, ni arrestado.

El énfasis puesto en Rusia deriva del consenso existente entre el gobierno y los medios al respecto de que Moscú ha estado detrás del ataque cibernético contra las computadoras del Comité Nacional Demócrata (DNC), y ello condujo a exponer lo que el DNC estaba haciendo para destruir al candidato Bernie Sanders. Ahí está también el consenso que versa que el ataque ruso tenía el objetivo de dañar a la democracia estadounidense y, al mismo tiempo, ayudar a la campaña de Trump -narrativa que el presidente ha descripto como 'inventada', visión que comparto. La totalidad de las afirmaciones son tomadas por el público omo invariablemente ciertas, conforme lo mensurado por el circuito de tomadores de decisión en Washington, llegándose hoy al punto en que la propia Casa Blanca concede que existió interferencia rusa en la elección.

En ocasiones, la histeria relativa a Rusia produce relatos exagerados en el mainstream media, incluyendo el artículo completamente especulativo de la semana pasada, en donde se preguntaba si acaso el entourage del ministro de relaciones exteriores ruso Lavrov había buscado infiltrar un dispositivo para grabar conversaciones en la Casa Blanca, mientras el funcionario la visitaba. En rigor, éste es el tipo de relato que pudo haberse inspirado en una filtración de parte de alguien en el Consejo de Seguridad Nacional quien, in situ y de manera personal, obsevó el contexto de la reunión y estaba en capacidad de brindar detalles que sirviesen para corroborar la historia.

No obstante ello, y a pesar del pensamiento arrasador del circuito de Washington, se ha repetido ad nauseam por personas como quien esto escribe, que no existe evidencia concreta que se haya dado a conocer, a los efectos de respaldar ninguna de las afirmaciones vertidas sobre Rusia y Trump. Existe más evidencia de que la Casa Blanca fue infiltrada por Ankara -a través de los buenos oficios de Michael Flynn- que por parte de Moscú, pero el congreso estadounidense no ha exigido se realice investigación alguna sobre el lobby de Turquía. Ray McGovern, ex analista de carrera en la CIA, incluso ha especulado con que la Agencia podría haber sido la verdadera fuerza que ordenó el pirateo informático contra el DNC, dejando tras de sí un rastro pensado para que se señalara luego a los rusos. Las preocupaciones de McGovern surgen de la reciente revelación de WikiLeaks que ilustra que la CIA había desarrollado capacidades de ataque informático para hacer, precisamente, eso.

McGovern, al igual que yo, también está preguntándose por qué el ex Director de la CIA, John Brennan, no ha sido citado por el Comité del Senado que hoy analiza el Rusiagate. El ex Director de la Dirección Nacional de Inteligencia, James Clapper, ha testificado ya dos veces, mientras que el ex Director del FBI James Comey y el actual Director de la NSA Mike Rogers, y la ex oficial de carrera del Departamento de Justicia Sally Yates ya se han presentado en una oportunidad a prestar declaración. La ausencia de Brennan es conspicua, conforme fue el oficial de carrera en la seguridad nacional más vinculado a la Administración Obama, contaba con todas las herramientas para falsear la conexión rusa, y ha sido invulado de manera plausible a la acción de 'alentar' a la inteligencia británica para que proporcione información que perjudique a Michael Flynn.

Por estas horas, sospecho que, en efecto, existe un grupo en la cúpula del sistema de seguridad nacional de los Estados Unidos que desea remover a Donald Trump, y que lo ha buscado durante cierto tiempo. Si tal cosa es cierta, estimo que han estado operando con el objetivo declarado durante al menos, todo el año pasado. No se trata de una conspiración tradicional ni de una cofradía que suele reunirse y complotar en mancomunidad, pero sospecho que los miembros saben qué es lo que están haciendo -en un sentido amplio- y que están tomando intervención toda vez que pueden aprovechar para desestabilizar a Trump. Su programa es sencillo: convencer al país de que el presidente y su equipo se conjuntaron con los rusos para arreglar la elección de 2016 a su favor, lo cual, aunque ello pueda demostrarse y no sea necesariamente cierto, ofrecería motivos para un impeachment o juicio político. Se ven motivados por la creencia de que la remoción de Trump debe hacerse 'por el bien del país', y están dispuestos a hacer lo que estiman es un error cometido por los votantes estadounidenses. Se ven asistidos en sus esfuerzos por los medios masivos de comunicación, lo cual concuerda tanto con los métodos empleados como con el objetivo general -todo a tono con formas y procedimientos.

Rescatar al país de las manos de Trump ciertamente suena atractivo. Sospecho que los Comeys, Clappers y Brennans, junto con una miríada de ex funcionarios de carrera que se muestran regularmente en televisión -de estar involucrados- se ven a sí mismos como grandes patriotas. Pero habrán de comprender que el instrumento romo que están empleando es más peligroso que el actual ocupante de la Casa Blanca. Un golpe blando, ingeniado por las agencias de seguridad e inteligencia del país, sería algo más amenazante para la democracia que cualquier cosa que Trump -o incluso los rusos- pudiere hacer.


Artículo original en inglés, en http://www.theamericanconservative.com/articles/do-high-level-leaks-suggest-a-conspiracy/

 

Sobre Philip Giraldi

Especialista en contraterrorismo; ex oficial de inteligencia militar de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América (CIA). Se desempeña como columnista en medios de EE.UU., y Director Ejecutivo del Council for the National Interest. Otrora articulista en la revista The American Conservative, Giraldi publica ahora en el sitio web Unz.com. En español, en El Ojo Digital.