INTERNACIONALES: PAUL HOLLANDER

Vladimir Putin: antiamericanismo y autoritarismo ruso

Por estas horas, resulta contundentemente claro que las expectativas optimistas nutridas por el colapso de la ex Unión Soviética...

11 de May de 2015
Por estas horas, resulta contundentemente claro que las expectativas optimistas nutridas por el colapso de la ex Unión Soviética no se han concretado. Se registraron altas expectativas en su momento, no solo ante la posibilidad de que la Rusia post comunista se convirtiera en una sociedad democrática, sino de cara a la eventualidad de una ola democrática que se multiplicara en todo el globo. Estamos ahora en cercanías de ingresar a lo que el prominente historiador Francis Fukuyama llamó el 'fin de la historia' -esto es, la 'universalización de la democracia occidental liberal como forma definitiva de gobierno humano'-. Similares expectativas sobrevinieron en tiempos recientes, en respuesta a lo que se llamó la breve 'Primavera Arabe', entendida como facilitadora de la transformación de las autocracias del mundo árabe en democracias representativas.

Nada de lo anterior sucedió, ni en el mundo árabe ni en la Rusia post comunista. Aún cuando las condiciones imperantes en la Rusia actual no son tan idénticas a las empleadas durante la era soviética, la continuidad entre la Rusia de Putin y el antiguo modelo soviético ha sido incontestable. La oposición política y el disenso han sido ampliamente silenciados, y los críticos del régimen -incluyendo a numerosos periodistas- han sido encarcelados, asesinados e incluso enviados al exilio. El gobierno domina los medios masivos de comunicación, especialmente las señales de tevé. La censura y la autocensura restringen la libertad de expresión del público. Las incipientes tendencias sociales, culturales y políticas lindantes con el pluralismo que emergieran bajo Boris Yeltsin han sido reprimidas por su sucesor.
 
La política exterior de Putin es agresivamente nacionalista, antioccidental y antiestadounidense. Los padecimientos de la era soviética en el pasado distante de Rusia han resucitado. Putin ha mostrado pocos miramientos a la hora de emplear la fuerza, con miras a fogonear su agenda expansionista. Ha ampliado el control ruso sobre áreas que antes pertenecieron a Georgia, anexó Crimea, incitó y armó a separatistas en el este de Ucrania, y desplegó tropas rusas en esa zona. Putin parece mostrarse interesado en reconstruir la Unión Soviética -o un parecido de aquélla- y sugiere de tanto en tanto que su colapso constituyó la 'más grande tragedia geopolítica' del siglo pasado. El líder ruso ha sido un aliado cercano y patrocinador de la dictadura de Basher al-Assad en Siria, y ha proporcionado recientemente a Irán un poderoso sistema de misiles. Vladimir Putin se ha mostrado dispuesto a mejorar sus relaciones con China y Cuba, dos regímenes de naturaleza autoritaria.
 
Por su parte, el antiamericanismo de Putin es un factor crítico de cara a estos desarrollos. Su aparente apoyo de roles culturales, valores y modo de vida ayuda a explicar su hostilidad contra los Estados Unidos, que es hoy el agente principal de modernidad y autodeterminación en el globo. El antiamericanismo de Putin se combina con el aroma de inferioridad y superioridad que se ha exhibido como predisposición rusa natural hacia el mundo occidental. Putin entiende que Rusia no obtiene el respeto que merece de parte de Occidente.
 
Al igual que el resto de los antiestadounidenses, Putin y sus partidarios despliegan un sentido de que han sido victimizados por Estados Unidos, la única superpotencia vigente. Esta percibida victimización ayuda a la hora de reivindicar su sentido de superioridad moral. El germen de realidad que parece validar la mentalidad de Putin fue la expansión de la OTAN en las naciones otrora pertenecientes a la esfera soviética de Europa Oriental y los Estados Bálticos, que fueron parte de la ex URSS. Los líderes rusos han percibido esta expansión como una amenaza directa, una suerte de complot contra la seguridad y la dignidad de Rusia. La expansión de la OTAN resuena con la noción de encierro capitalista que los soviéticos abrazaban en los años treinta, y que en su oportunidad emplearon para justificar la represión a nivel doméstico. Putin y muchos ciudadanos rusos parecen genuinamente incapaces de asimilar que una OTAN en desfinanciamiento crónico, y las naciones que la sostienen, tienen poco interés o capacidad militar para hacer frente a la aventura rusa expansionista.
 
Otro componente clave del sentimiento antiestadounidense de Putin -y del antiamericanismo en general- es el impulso a presentarse como chivo expiatorio de Estados Unidos, exagerando su poder o su voluntad política. El factor 'chivo expiatorio' genera simpatía, dado que provee una explicación clara y moralmente satisfactoria de cara a un amplio rango de padecimientos, y quita presión a la parte agredida frente a cualquier responsabilidad frente a las propias dificultades o fallos. Rusia puede, desde luego, culpar a la expansión de la OTAN y a las sanciones económicas interpuestas contra Rusia, en respuesta a su intervención en Ucrania que, desde el punto de vista de Putin, ha sido puramente defensiva. La cuestionable y bien afirmada percepción de la amenaza externa a lo largo de la historia soviética y rusa ofrece al presidente ruso un análisis racional para defender la agresión militar -particularmente versus Ucrania- y la concentración creciente de poder estatal que se emplea de manera efectiva como poder personal de Putin.
 
La personalidad de Putin y su biografía ciertamente han desempeñado un rol clave en el renacimiento del autoritarismo ruso. El hecho de que Putin haya sido un antiguo oficial de operaciones de la ex KGB que, según se dice, aspiraba a este llamado desde temprana edad, no es un aspecto menor en su existencia. A diferencia de sus predecesores, sin embargo, Putin no es un ideólogo, sino un nacionalista ruso tradicional con un fuerte interés en el poder personal y el privilegio, aumentado por un ethos autoritario. El presidente ruso disfruta del apoyo popular porque los rusos también son nacionalistas como él; ellos lamentan la desaparición del status de superpotencia de que gozaba la ex URSS, y se reúnen en torno de un líder que promete crear orden y estabilidad.
 
Condiciones sociales, culturales e históricas de alcance más amplio han favorecido la persistencia o la re-emergencia del autoritarismo ruso. Así las cosas, no debería sorprender que Rusia no se haya convertido en una sociedad tolerante, confiable y pluralista, dadas las tradiciones autocráticas internalizadas por su pueblo. En contraste, las naciones del antiguo bloque soviético de la Europa Oriental han sido mucho más exitosas a la hora de crear sociedades pluralistas y descentralizadas, porque muchas de ellas exhiben una historia diferente y se han vuelto más occidentales.
 
Finalmente, es importante tener presente que los sistemas políticos estables y durables han sido históricamente raros, y limitados a un puñado de sociedades. La democracia política no es una condición 'natural' cuyo florecimiento uno debería esperar alrededor del mundo. La combinación surgida entre la personalidad de Vladimir Putin y su biografía, las tradiciones históricas rusas, y la dificultad genuina y universal a la hora de crear instituciones pluralistas sirven a los efectos de explicar la persistencia del autoritarismo en Rusia.


Traducción al español: Matías E. Ruiz | Artículo original en inglés, en http://www.atlasnetwork.org/news/article/vladimir-putin-anti-americanism-and-russian-authoritarianism

 
Sobre Paul Hollander

Es Profesor Emérito de Sociología en la Universidad de Massachusetts Amherst, y asociado en el Centro Davis para Estudios sobre Rusia y Eurasia en la Universidad de Harvard. Es, a la vez, autor de quince libros, y se encuentra actualmente completando un estudio profundo sobre el enaltecimiento del héroe en tiempos recientes. Publica sus artículos y trabajos en la web del think tank estadounidense The Atlas Network.