POLITICA: PABLO PORTALUPPI

Los argentinos frente al espejo

Estudios de opinión -publicados recientemente en distintos medios- consignan que la imagen positiva de...

08 de Abril de 2015
Estudios de opinión -publicados recientemente en distintos medios- consignan que la imagen positiva de la Presidente Cristina Fernández ha recuperado terreno, tras haberlo perdido luego de la violenta muerte del Fiscal Alberto Nisman; estos guarismos -si acaso corresponde darles crédito- se sitúan en cercanías de un sorprendentemente elevado 45%. Encuestas de idéntico origen refieren que Daniel Scioli lidera la intención de voto para la primera magistratura, con inmejorables chances de anotarse una victoria en primera vuelta (provisto que el voto opositor se disperse entre Mauricio Macri, Sergio Massa y Margarita Stolbizer). Un escrito -con pocos días de publicación- del escritor Jorge Asís así lo certifica. Asoma una conclusión: si los números de referencia acusaran algún dejo de realidad, el país remitiría con contundencia a un complejo caso de diván.

A diferencia de lo que se cree comúnmente, el actual moméntum argentino se presenta bastante peor al que regía apenas conocida la novedad del deceso de Nisman, hace ya casi tres meses atrás. En aquellos conmocionantes días de enero al menos, el país pareció adentrarse en un sinceramiento doloroso, aunque necesario. La denuncia del malogrado letrado merecía ser investigada y su muerte necesitaba ser esclarecida. Las cloacas del Estado Nacional parecían quedar al descubierto, y la sociedad creía tomar consciencia de la necesidad de contar con un valiente Poder Judicial. También los jueces y fiscales parecieron comprender su verdadero rol, conforme algunos de ellos convocaron a una demostración pública que hoy ha quedado en el olvido. El pasado brumoso de algunos de los convocantes pareció pasar desapercibido; y la ciudadanía se adueñó de las calles del macrocentro porteño con sus paraguas para protegerse de esa lluvia que se obstinó en colorear con una pincelada épica aquella jornada. Las grandes urbes en las provincias también se hicieron eco de la convocatoria. La pregunta entonces remitía a la manera en que Cristina se plantaría frente a la sociedad harta, o a cómo hubiese hecho Scioli para impedir que su candidatura se deshiciera en pedazos. Otros fantaseaban que, de una vez por todas, la administración de justicia iría a fondo con las causas abiertas contra funcionarios de la Administración. En medio del fuerte cimbronazo que provocó la muerte de Nisman, se había encendido un pequeño foco de entusiasmo.

Pero el entusiasmo inicial duró poco. La política del avestruz volvió a interponerse en la relación entre dirigencia y gobernados. La tragedia mutó a comedia, y el país volvió a enviar una oportunidad de oro al basurero. A posteriori, sobrevino la columna de La Nación en donde se compartían detalles de cara a un pretendido pacto de no agresión entre magistrados y gobierno. El capítulo finalizó con la denuncia de Nisman a punto de dormir el sueño de los justos, con el juez Claudio Bonadío pudiendo ser apartado de la causa que más preocupa a la viuda de Kirchner (Hotesur), y con el conteo poco feliz de la sociedad comercial entre Alfredo Lijo (hermano del juez) y Julio de Vido.

¿Pactaron los jueces con el Gobierno Nacional a raíz de la supuesta alta imagen positiva de Cristina? ¿Cuál sería la responsabilidad de la prensa, al haber contribuído a enaltecer ciegamente a figuras judiciales casi al punto de la santificación? ¿No existiría, acaso, una exageración del optimismo? ¿Nadie se ha preguntado entre la discrepancia entre el hecho de que la violencia y la falta de seguridad estén al tope de las preocupaciones sociales, y el aparente primer puesto de Daniel Scioli en las encuestas, habida cuenta de que el mencionado se caracteriza por una evidente carencia a la hora de ofrecer soluciones? Nuevamente, este cúmulo de cuestionamientos debería tener destino de diván.

El largo brazo de la Administración Kirchner se extiende hacia límites en general insospechados. Se multiplican los dirigentes autopromocionados como opositores cuando, en rigor, comulgan en su fuero íntimo con el oficialismo -quizás más de lo que se piensa. Como se ha repetido ya hasta el hartazgo, el grueso de las principales luminarias del Frente Renovador ha militado en el Frente Para la Victoria -o bien han oficiado de comisarios políticos del espectro-, empezando por el propio Sergio Massa. Cuando el ex alcalde de Tigre derrotó al FPV en las Legislativas de 2013, pocos repararon en que el éxito obtenido tal vez no portaba necesariamente la etiqueta de 'oposición'. Con toda probabilidad, si Sergio Tomás Massa no se hubiese presentado, el candidato oficialista, a la sazón Martín Insaurralde, se hubiese impuesto con comodidad. Para ponerlo en blanco sobre negro: estos últimos años han sido testigos del exceso de optimismo y -ya se sabe-: cuando esto ocurre y después la realidad se ocupa eficaz y crudamente de arrastrar a todo mundo a la realidad, el golpe puede ser brusco. Algo de esto sucedió en las postrimerías del 18F.

Más allá de la falsedad o del volumen de credibilidad de las expectativas, cierto es que la sociedad argentina se exhibe francamente tolerable ante los episodios de corruptela, o ante la propia inflación. Panorama que dista sobradamente del que caracteriza a Chile o a Brasil; allí, las jefes de Estado recién asumidas (o reelegidas, en el caso de Rousseff), ya muestran una caída en su popularidad -la corrupción es, en ambos casos, la responsable de esos precipicios.

Muy por el contrario, Cristina Fernández de Kirchner -amén de lo gravoso de los relatos que hacen a las peripecias de Amado Boudou, a los eventos lindantes con el Caso Nisman, o a Hotesur S.A.- conservaría una cuota de credibilidad atendible. El crecimiento exponencial de la inflación, con ya más de cien meses superando los dos dígitos, tampoco parece hacer mella en las aspiraciones preelectorales de CFK.

Se ha sugerido que la explicación para este extraño fenómeno debería rastrearse en los recurrentes 'booms' económicos experimentados por la Argentina a lo largo de los últimos cincuenta años: acaso de modo surrealista, el inconsciente colectivo interpreta como un logro que la Casa Rosada haya logrado evitar un empeoramiento catastrófico de las variables macro. El carácter mediocre de la economía, lo insostenible de la política de subsidios, el vergonzoso déficit energético, la escasez que hace a las reservas del Banco Central de la República, el cepo y la escasez de insumos para la producción han pasado a formar parte de un lejano segundo plano. En el epicentro de la problemática y el desborde, es protagonista una sociedad fracturada que celebra su costumbrismo de vivir al margen de la ley. En pocas líneas: aquel que rebosa de soberbia, pedantería y megalomanía es celebrado por exitoso.

La República Argentina se destaca hoy por un profundo patetismo. A la postre, el remate perfecto coincidiría con ver en 'Bailando...' de Marcelo Tinelli a Sandra Arroyo Salgado o a Diego Lagomarsino.

 
Sobre Pablo Portaluppi

Es Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Periodismo. Columnista político en El Ojo Digital, reside en la ciudad de Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Su correo electrónico: pabloportaluppi01@gmail.com. Todos los artículos del autor, agrupados en éste link.