POLITICA: PABLO PORTALUPPI

Parecidas, pero diferentes

La inflación había cerrado el año anterior con un índice del 24,2%. Para el año en curso, ya había trepado al 335%, aunque el INDEC...

28 de Febrero de 2014
La inflación había cerrado el año anterior con un índice del 24,2%. Para el año en curso, ya había trepado al 335%, aunque el INDEC solo reconocía 182%. El PBI había caído por primera vez en once años en un 2%, contra un crecimiento del 6,1% del período anual previo.
 
En realidad, las dificultades no eran solo de índole económica: La CGT, alineada con el gobierno, tironeaba de un lado y los empresarios -entre desconcertados y temerosos- tironeaban del otro, intentando no echar más nafta al fuego. La Administración no hallaba la forma de lograr un punto de contacto entre distintos sectores en pugna, a criterio de evitar que la economía siguiese desbarrancándose.
 
Desde hacía años, la política monetaria del Banco Central era expansiva y dispensiosa, apoyada en un axioma respaldado por la conducción económica y política frente a que la emisión sin respaldo no solo no generaba inflación sino que, además, otorgaba crédito barato a las empresas para que inviertan y a las personas físicas para que consuman. Pero, con un índice de precios desbocado, el BCRA dio inicio a la implementación de una política monetaria más restrictiva e incrementó la tasa de interés a fin de morigerar la pérdida de reservas y asumiendo que, de ese modo, calmaría la espiral inflacionaria. Y lo haría desde el enfriamiento de la actividad económica. Regía entonces un acuerdo de precios y salarios, aunque la CGT puso en marcha sus mecanismos de presión para conseguir aumentos salariales durante las paritarias, cercanas en el calendario. Los sindicatos se encontraban, por una parte, presionados por su alineamiento político con la Casa Rosada; por el otro, se mostraban temerosos ante la posibilidad de desbordes por parte de las bases, siempre acicateadas por dirigentes de izquierda. El gobierno intentaba por todos los medios que los gremios presentasen prudencia en sus reclamos, delineando una estrategia basada en no otorgar incrementos salariales superiores al 35%; desde Balcarce 50, se ordenaba la anulación o la postergación de paritarias. Y también evitaba siquiera mencionar al paso la temida palabra 'ajuste'.
 
La balanza de pagos comenzaba a deteriorarse, en virtud de la existencia de un dólar oficial barato, que dificultaba las exportaciones y fomentaba las oportunidades para importar. La brecha entre ambas cotizaciones de la moneda estadounidense superaba el 50%, obsequiando espacio para maniobras especulativas. La desocupación era baja -del 4,5%-, pero el escenario de distorsiones amenazaba claramente al empleo que, a esas alturas, ya se mostraba francamente estancado.
 
El Ministro de Economía buscaba auxilio financiero en el exterior pero, naturalmente, se topaba con negativas fundadas en la inestabilidad macroeconómica y política del país. El giro de dividendos al exterior se había restringido, en tanto se había procedido a la expropiación de diversas compañías extranjeras, obviándose los mecanismos de compensación considerados por la ley. A la postre, la Rosada no vio otro camino que depreciar fuertemente la moneda, de forma unilateral. Tras cartón, empresarios e industriales demandaron autorización para trasladar dicha devaluación a sus precios, lo que multiplicó exponencialmente la presión sindical. El Gobierno Nacional, a través de sus voceros, no dejaba de pedir moderación a los sindicatos y sus reclamos.
 
Tras leer estas líneas, el lector desprevenido creería que la presente descripción obedece al presente pero, en rigor, la reseña se corresponde con el bienio 1974-1975, previo al llamado 'Rodrigazo': el 4 de junio de 1975, el flamante titular de la Cartera de Finanzas, Celestino Rodrigo -famoso por trasladarse a su ministerio en subterráneo- devaluó la moneda en un 100%, ajustó las tarifas entre un 75% y un 175%, y dispuso por -Decreto de Necesidad y Urgencia- un aumento salarial del 38%. Todo terminó por desbarrancarse todavía más.
 
Si bien todas las épocas son diferentes, es lícito apuntar semejanzas que aterran:

1) amén de lo expuesto -con sus matices-, los argentinos cuentan hoy con un gobierno peronista, comandado por una mujer que arribó a la primera magistratura de la mano de su difunto marido (aunque Isabel Perón, presidente por aquel entonces, asumió la presidencia ante la muerte de su marido, Juan Domingo Perón; Cristina Fernández de Kirchner lo es debido a los votos obtenidos en 2007, aunque fue promocionada como candidata 'a dedo' por Néstor; Isabel no era otra cosa que una mujer sin mayor trascendencia ni antecedentes, formada en el 'teatro de variedades');

2) Existía una CGT alineada con el Gobierno Nacional, aunque en 1974 no se mostraba dividida como en la actualidad, en tanto respondía a un hombre poderoso, el líder de la otrora poderosa UOM, Lorenzo Miguel -aunque formalmente era conducido por Casildo Herreras-; hoy día, la CGT 'oficial' es conducida por Antonio Caló, una suerte de híbrido al que nadie presta atención;

3) Se registraba la existencia de entidades empresarias de comportamiento timorato y de objetivación pura y estrictamente especulativa, producto del temor que los hombres de negocios siempre le reservaron al peronismo en control del poder;

4) Se multiplicaban la crispación ciudadana y la violencia en las calles en aquella temporada, como subproducto del feroz terrorismo encarnado por Montoneros y ERP; la Argentina actual se muestra sumida en un cúmulo de asaltos y homicidios a diario;

5) Al igual que hoy, el país se caracterizaba por una oposición que no daba la talla: objetivamente, no sabía qué cuernos hacer con el país.
 
Establézcanse, con todo, un conjunto de diferencias entre el hoy y el ayer: en el plano económico, disponemos hoy de la soja salvadora; antes, no; aquel era un mundo azotado por la inflación; mientras que el presente se caracteriza por su franca erradicación. Se cuenta ahora con una madurez democrática bastante más refinada que en los años setenta: no existen ahora estructuras subversivas ni paramilitares de importancia que coloquen artefactos explosivos o que ultimen a objetivos selectivos a discreción. No existe hoy, en igual sentido, un nutrido poder militar bajo control de una figura carismática como entonces lo fue Emilio Eduardo Massera, experto en cortejar a Isabel por vía de flores y bombones. Y cabe citar que, muy a pesar de la declarada incapacidad administrativa de la primera mandataria previo a los años de plomo, aquella llevaba el apellido Perón, con todo lo que ello representaba. Pese a todo, la Señora no debía esforzarse mayormente para llenar la Plaza de Mayo. Cristina invierte hoy su tiempo en no dejar espacios vacíos en el Patio de las Palmeras de la Casa Rosada.
Aquella experiencia finalizó -como es de público conocimiento- mal. De cara al Rodrigazo, la CGT dispuso el primer paro general de la historia contra un gobierno peronista, exigiendo la cabeza de José López Rega, el hombre fuerte del poder, responsable de la llegada de Rodrigo a Economía. La Unión Obrera Metalúrgica se anotó un aumento salarial de más del 100%; las entidades empresarias decidieron montar 'lockout' patronal -un paro, pero al revés. Isabel cosechaba cada vez menos apoyo, aún de parte de sus compañeros peronistas. Casildo Herreras terminaría fugándose a la República Oriental del Uruguay.
 
El Rodrigazo fue una somera consecuencia de las distorsiones económicas acumuladas en el tiempo: un desenlace inevitable. Hoy, quizás sea imposible predecir si el remate será el mismo. Vale la pena imaginar, por un instante, a economistas previendo que todo podría estallar en el corto plazo. Imposible. Se registran matices y circunstancias que también juegan, y que podrían torcer el rumbo de las cosas. De lo que se trata, a fin de cuentas, es de no perder la memoria, ese activo tan escaso entre los argentinos.

Y no es necesario comportar una memoria brillante para hacer notar que ahora -a diferencia de cuarenta años atrás- no existe la amenaza militar. Aunque Cristina Kirchner ya tenga a su propio Massera, aquel que le endulza los oídos.
 

Foto de portada: Tribuna de Periodistas web
 
 
Sobre Pablo Portaluppi

Es Analista en Medios de Comunicación Social y Licenciado en Periodismo. Columnista político en El Ojo Digital, reside en la ciudad de Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Su correo electrónico: pabloportaluppi01@gmail.com. Todos los artículos del autor, agrupados en éste link.